Una tenaz historia de sueños postergados guía la experiencia
compartida de propósitos, esperanza y resistencia del pueblo
haitiano.
¿Cómo es posible? ¿De cuánta voluntad habría que disponer? ¿No es
cierto? Te preguntas una y otra vez, mientras un desolador impacto
visual te responde en silencio, como quien otorga la razón.
Recorres las agitadas calles de la capital haitiana y
experimentas una sensación única, que de golpe resulta inexplicable,
pero que con certeza se mueve entre la nostalgia y el anhelo.
Nostalgia porque el presente fuese otro, y anhelo por poder dejar
una estela de esperanza en tu paso por esta adolorida tierra.
El asombro recibe como todo digno anfitrión al recién llegado.
Supongo que es lo normal ante cualquier descubrimiento, solo que
aquí se experimenta de manera especial.
La incertidumbre se apodera de tus pensamientos ante la
extraordinaria capacidad de los nativos, quienes como pocos en el
mundo se sobreponen a una vida fortuita basada para muchos en la
suerte de vender alguna que otra mercancía por unos pocos
gourdes.
El contraste también te da la bienvenida. La ciudad es
frecuentemente transitada por modernos y enormes carros, y
custodiada desde lo alto por distintivos y lujosos edificios, los
cuales no consiguen minimizar la realidad que reflejan los rostros
de hombres, mujeres, niños y ancianos que esperan porque la dicha se
pose a sus pies, mientras sus cuerpos guardan señales de dolor y
resistencia.
Y en un ciclo sin fin, como la vida misma, vuelan las
interrogantes; quizás solo la exacta oportunidad de estar aquí me
permita comprender lo que ocurre. Hasta entonces solo queda esperar
porque el indetenible paso del tiempo, junto a la grandeza del
hombre en querer mejorar lo que es, y de la que nos advirtió Alejo
Carpentier, sostengan en pie la fe en un nuevo comienzo.