Una noche con Julieta

MICHEL HERNÁNDEZ
michelher@granma.cip.cu

Son casi las 9 y 30 de la noche. El público se muestra eufórico, hilarante, entregado. Ya han desfilado por el escenario del Teatro Nacional Rochy Ameneiro, Santiago Feliú y los jóvenes instrumentistas Rodrigo García y Alejandro Calzadilla. Luego los técnicos y el equipo de la Rueda Producciones regresan a las tablas para ultimar detalles.

Foto: Anabel Díaz MenaJulieta Venegas en concierto.

Los espectadores se encienden cada vez más. Aplauden. Gritan. Reclaman. Entre ellos muchos mexicanos. De Michoacán, Tijuana y el Distrito Federal. Pero la mayoría son cubanos que llegaron al teatro desde bien temprano. Todos esperan a la protagonista del concierto, enmarcado en la Jornada Mundial de la Eliminación de la Violencia contra las mujeres y las niñas. Entonces, sin anunciarse, sale Julieta Venegas a escena. Muy pocos la descubren al primer intento. Lógico. Aterrizó casi en penumbras. Sin protagonismos. Sin hacer alarde de su condición de estrella. Parece, más bien, otra integrante de su banda. Con un colorido vestido azul, coloca sus manos al piano para comenzar a correr esa aventura maravillosa, lúdica y festiva, que significó su regreso a la Isla tras casi diez años de ausencia.

La cantante, pianista, compositora e intérprete, acumula varios premios Grammys y está considerada como una figura cimera del pop rock latino. Sin embargo, aún conserva ciertos rasgos de la personalidad que la acompaña desde que comenzó a darle cuerpo a sus fantasmas a través de la música. Precisamente esa sutil apariencia de chica frágil es uno de esos rasgos que te dejan rendido a sus pies. Con todo, la "Tori Amos" mexicana conquistó al público a la primera: "Hola, mis queridos cubanos", lanzó y todos cayeron bajo su dulce encanto.

Su show respetó aquella idea que aún es posible enamorarse, recuperarse de los amores rotos y soñar despierto. En su voz, ora dulce, ora intensa, planea el mejor estilo de las exponentes femeninas de la música latinoamericana, la filosofía del rock alternativo, y la convicción con que el pueblo mexicano ha construido la fortaleza de su milenaria cultura. Sus canciones son de una supuesta inge nuidad. Se mueven entre alegres y festivas. Como un espectáculo de variétes. O como una de esas obras de arte pop que encandilan de colores la vista. Pero su sencillez es solo aparente, sobre todo cuando enseña a la Julieta más temperamental, esa que analiza las conductas del ser humano e impulsa a las mujeres a romper todo tipo de ataduras, lo que ha constituido una constante en su carrera desde el principio. La muchacha del acordeón no tuvo problemas para conectar con el público. Ni hizo falta que interpretara clásicos suyos como Eres para mí, Canciones de amor o Limón y Sal, para que el teatro vibrara sin reposo hasta el final de la noche, en la que hizo gala de un perfecto equilibrio entre la canción de autor y el pop, una etiqueta que desde siempre le ha endilgado la crítica. No obstante, Julieta no pierde oportunidad para desprenderse de dicho rótulo. "Yo no me considero una artista de pop, aunque tengo mis cruces con el pop y el rock. Se ha manejado que el pop se liga con la mujer sexi y es cierto que hay muchas chavas que se ponen como supersexis, porque creen que eso es parte de ser una artista. Pero lo que hay que perseguir en la música es tu identidad, tu camino", dijo a este redactor pocos minutos después de finalizar el concierto, en el que hizo apreciar la felicidad del amor, de lo efímero y de las pequeñas cosas. Algo que, sin duda, siempre se agradece. Sobre todo en estos días en que el mundo anda de cabeza.

 

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