Contra
viento y marea se ha sostenido el Festival de La Habana de música
contemporánea, foro que la UNEAC, con la colaboración del Instituto
Cubano de la Música, realiza ahora por vigésimo quinta ocasión. Los
compositores llevan la voz cantante en este empeño que permite no
solo confrontar sus creaciones con el público, sino también acercar
a este a lo que se hizo en el siglo XX y lo que va siendo la tónica
de la actual centuria en la llamada música de concierto.
Cabría, sin embargo, preguntarse si todos los vientos son
propicios o si resulta conveniente atemperar las mareas, de modo que
saquen a la superficie lo que verdaderamente vale la pena. La
jornada inaugural en la Basílica Menor de San Francisco de Asís, por
ejemplo, confundió la necesaria diversidad estética con la
incoherencia en el diseño del programa, lo cual redundó en la
desorientación del público que a estas alturas puede preguntarse
cuál fue el criterio rector de cada entrega del Festival, con
independencia de la excelencia de los intérpretes.
No obstante, hubo momentos relevantes como para no olvidar.
Asistimos al estreno mundial del Trío no. 6, de Alfredo Diez
Nieto, para dos violines y piano, a cargo de los mejores
intérpretes, Evelio Tieles, Alfredo Muñoz y María Victoria del
Collado, partitura reveladora de la vitalidad creadora de un
compositor que consigue una vez más una expresión conceptual
identitaria encauzada con impecable rigor estructural.
El segmento dedicado a la memoria del brasileño Heitor
Villa-Lobos atravesó un atajo poco frecuentado de su obra, el
repertorio sacro, pero sin lugar a dudas el instante culminante de
la presentación del Coro Polifónico de La Habana, bajo la apasionada
conducción de la maestra Carmen Collado, se situó en Babalú en La
Habana Vieja, conmovedora página de Roberto Valera que evoca a
uno de los entrañables personajes del folclor urbano. La inclusión
en el programa de la Collado de Canto de los cafetales, de
Alejandro García Caturla, y ¡Canta!, de Guido López Gavilán,
fijó un mensaje que no debe perderse en los Festivales: el empate de
la vanguardia fundacional con la que honra actualmente la música
vocal cubana.
Por la ruta de una de las selecciones del Ensamble Alternativo,
agrupación creada por la maestra Greta Rodríguez con un empaste
sorprendente, hubiera sido pertinente particularizar, en otro
momento del Festival, los aportes de los autores cubanos a nuestro
cine, como fue el caso de Un cuadro familiar, de Juan Piñera,
para la banda sonora de El viajero inmóvil, de Tomás Piard.
Otro hilo conductor posible, pero discontinuo en el programa,
provino de la magnífica ejecución de Suite de seis piezas para
piano, de José Ardévol, por Lianne Vega. El público agradecería
que se concentrara en un mismo programa el recorrido por las
instancias históricas de nuestras vanguardias.
Como una isla —valiosa, pero sin conexión alguna con lo que vino
después— se nos presentó el comienzo: un desempeño de altísimos
quilates por parte del violonchelista ruso-cubano Maksim Fernández
Samodaiev y la pianista rumana Mónica Florescu al interpretar Out
of the World (1993), del ruso Alfred Schnittke, versión de
cámara del epílogo de una obra mayor para ballet, Peer Gynt,
basado en el drama homónimo del noruego Henrik Ibsen.
El legado de Schnittke (1934-1998) es poco frecuentado entre
nosotros. Dentro de su abundante obra, por momentos podía ser el más
conservador y tradicionalista de los compositores de la época
soviética (Concierto para piano y orquesta de cuerdas o
Concierto para viola y orquesta) como también el más propositivo
y avanzado (Sinfonía no. 1 o cualquiera de sus cuartetos de
cuerdas). La partitura que sonó en La Habana le debe no poco a
Shostakovich y Prokofiev. Gran dramatismo compartido por el piano y
el cello. Sin embargo, contra la obra conspira el elemento
electroacústico de fondo, innecesario y perturbador.