El más combativo Siqueiros renace en Los Ángeles

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Desde hace un mes, exactamente en coincidencia con el aniversario 80 de su primera exposición al público (9 de octubre de 1932), la célebre obra América tropical, de David Alfaro Siqueiros, volvió a cobrar su esplendor y fuerza originales en la ciudad norteamericana de Los Ángeles.

Su reanimación rebasa el interés lógico que toda restauración del patrimonio artístico de gran valor implica de por sí. Al devolver al público esta realización, que clasifica entre los más relevantes ejemplos del muralismo mexicano, se hace justicia a una obra contra la cual se ejerció en su tiempo una brutal censura, al punto que fue recubierta por una gruesa capa de pintura blanca apenas seis meses después de su terminación.

Perseguido por sus ideas políticas, Siqueiros (Chihua-hua, 1898–Cuernavaca, 1974) abandonó México en 1932 y se instaló en California por más de seis meses. Cuando llegó a territorio norteamericano, ya era reconocido como un artista de vanguardia, que había logrado fundir los hallazgos de las nuevas corrientes europeas con el espíritu revolucionario de su tiempo. Él mismo contaba con experiencia en los campos de batalla de la Revolución mexicana y militaba en el Partido Comunista de ese país, en cuyo órgano de prensa, El Ma-chete, colaboró y conoció al cubano Julio Antonio Mella. Precedido por Diego Rivera y José Clemente Orozco, Siqueiros integraba la trinidad más importante del muralismo mexicano.

En Los Ángeles acometió un primer trabajo, Mitin callejero, en la escuela de arte Choui-nard, pero este, pese a su radicalismo temático, no causó alarma, quizá por verse reducido a un ámbito frecuentado por artistas y elementos pro-gresistas.

América tropical sí logró estremecer a las clases dominantes y los líderes políticos de la ciudad. Imaginen el estupor de unas y otros cuando vieron, a escala gigantesca sobre la pared frontal del Italian Hall, sede del Plaza Art Center, en plena calle Olvera, la figura de un indio crucificado sobre el cual se cierne el águila imperial, y en los extremos, armados con fusiles, un maya y un aymara apuntando al ave.

Las reacciones no se hicieron esperar; senadores, representantes y hombres de negocios se pronunciaron contra el mural y compulsaron a la Alcaldía para que anulara la obra, bajo el pretexto de que desentonaba con la estética prevista para el desarrollo urbanístico de la zona. Nunca dijeron explícitamente que el origen del malestar estaba en la alegoría revolucionaria radical.

En 1960 la capa de pintura blanca sobrepuesta comenzó a diluirse y era posible ver algunas de las partes del mural. Pero sin una adecuada preservación y sometido al sol y al deterioro de una zona urbana venida a menos, quedó arruinado, mas no del todo, como se comprobó ahora en que un minucioso trabajo de restauración le devolvió, si no al ciento por ciento diríase bastante, su vitalidad.

Oculto, pero no olvidado, América tropical comenzó a formar parte de la memoria de los angelinos, sobre todo de la creciente población chicana y de recientes inmigrantes. La leyenda encarnó en el muralismo cultivado por el movimiento chicano en los años sesenta y setenta y también en el grafiti movilizador de los sindicatos y las organizaciones de reivindicación de los derechos civiles.

Restaurado por el Instituto de Conservación del Getty Museum, América tropical no solo recupera el testimonio de una etapa decisiva de la obra de David Alfaro Siqueiros, sino que ha vuelto a ser un referente del arte comprometido con el cambio social.

 

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