El valiente padre recibió golpes y amenazas de muerte para que
retirara los cargos, y por haber divulgado el hecho —que llevó a su
pequeña a prenderse fuego en un intento de suicidio— contrario a lo
que hacen la mayor parte de las familias musulmanas por vergüenza o
temor a represalias.
Historias similares ocurren con una alarmante frecuencia en
Afganistán, donde el entorno hostil que rodea a la mujer clasifica
en la nomenclatura de subsistencia humana femenina en condiciones de
tragedia extrema, violencia política y destrucción, de acuerdo con
estudios de Naciones Unidas y organizaciones no gubernamentales.
En esta nación centroasiática solo el 5 % del mal llamado sexo
débil sabe leer o escribir, mientras son recurrentes las noticias
sobre ataques con ácido contra estudiantes y maestras en las pocas
escuelas que aún funcionan tras una década de guerra.
Cifras de UNICEF indican que unas 15 mil mujeres afganas mueren
cada año por causas relacionadas con el embarazo, debido a las
pésimas condiciones de vida, la precaria alimentación y la escasez
de personal médico en el país, donde solo el 23 % de la población
tiene acceso al agua potable y el 12 % a saneamiento adecuado, lo
cual atenta también contra la salud de las féminas.
"En Afganistán convertirse en una mujer adulta equivale muchas
veces a sufrir una niñez plagada de abuso sexual y de desamparo
social", publicó recientemente el periódico Khaama Press en un
artículo que criticaba la violencia por segregación de género,
situación que —según describe— se ha agravado "por la presencia de
los señores de la guerra y las tropas extranjeras".
Tal como ha denunciado la Asociación de Mujeres Revolucionarias
Afganas (RAWA), desde el 2001 a la fecha esta República islámica se
ha convertido en un paraíso terrenal para la corrupción y el
narcotráfico, al tiempo que han aumentado los niveles de pobreza,
analfabetismo, desnutrición y mortalidad infantil. La violencia es
el pan de cada día y el descontento social, debido a la
inestabilidad política y a la no representatividad del gobierno, es
cada vez mayor. Un contexto de caos que se torna en extremo
peligroso para las mujeres.
Cuando EE.UU. y sus aliados iniciaron la supuesta guerra
antiterrorista, prometieron entre otras cosas que la situación de la
mujer mejoraría considerablemente. Sin embargo, los cambios en ese
sentido no han sido sustanciales.
"El 60 % de las niñas menores de 15 años son obligadas a casarse
forzosamente, en contra de la voluntad de la familia. Señores de la
guerra y talibanes van a las casas de estas familias pobres, que no
tienen elección, y obligan a las hijas a casarse, y si no aceptan,
las matan. Otras veces, las compran. Sufren, además, raptos, ataques
con ácido en la calle y en escuelas, y más del 80 % es víctima de la
violencia doméstica. Y el gobierno no hace nada", asegura la
organización en su sitio web.
"Al principio los afganos se ilusionaron con los eslóganes de
libertad y democracia, con las promesas de eliminación del
terrorismo, los valores sobre derechos humanos o la liberación de la
mujer oprimida. Pero hace ya tiempo se dieron cuenta de que esas
eran solo justificaciones para conseguir sus propios intereses
económicos. EE.UU. no se ha preocupado ni de la seguridad, ni de la
libertad de la población", enfatiza RAWA.
Muchas mujeres han quedado desamparadas porque sus esposos o
representantes masculinos han muerto en la guerra, o como
consecuencia de la inseguridad nacional, y optan por huir hacia
territorios vecinos o quitarse la vida. De ahí que Afganistán se
ubique entre los países de mayor índice de suicidio femenino a nivel
internacional.
Cuando en el 2007 la política afgana Malalai Joya intentó alzar
la voz para criticar el trato inhumano que padecen sus congéneres
como expresión de la ilegalidad imperante en el país, algunos
miembros del Parlamento decidieron silenciarla. Por asumir esa
actitud, fue despojada de sus responsabilidades en la provincia de
Farah, pues se le acusaba de insultar a sus colegas parlamentarios
en una entrevista de televisión.
Desde entonces, "la gente sigue buscándome para entregarme
evidencias sobre la ola de violencia y secuestros contra mujeres y
niños, pero como fui apartada del Parlamento no puedo hacer nada
para ayudarlos, solo escuchar y contar las historias al mundo",
asegura Joya al recordar que "tristemente hay miles de Bashiras en
Afganistán".