"Armstrong no tiene cabida en el ciclismo", proclamó Pat McQuaid,
el presidente de la UCI, quien confesó sentirse "asqueado" tras
haber leído el extenso informe de la USADA, donde más de 20 testigos
—incluyendo a 11 excompañeros suyos— describían detalladamente cómo
el ciclista texano hizo trampa sistemáticamente a lo largo de su
carrera, al montar "el programa de dopaje más sofisticado de la
historia del deporte".
Quién ganó entonces esos siete títulos es algo que solo se sabrá
el próximo viernes, cuando la UCI se pronuncie al respecto; aunque
la propia dirección del Tour de Francia abogó por declararlos
desiertos, puesto que otros corredores presentes en el podio esos
años como el suizo Alex Zülle, el español Joseba Beloki, el italiano
Ivan Basso y los alemanes Jan Ullrich y Andreas Klöden estuvieron
envueltos antes o después en casos de dopaje, y si se mira más
abajo, el panorama no es menos desolador.
En cualquier caso, si algo es cierto para los efectos de la
anotación, es que Armstrong, borrado de un plumazo su palmarés, ya
no será más el ciclista invencible que se impuso al cáncer para
coronar más Tours que nadie en la historia, sino solo el que acabó
en el puesto 36 de 1995, la única edición que pudo completar
"limpio". Eso, y que el récord de victorias vuelve a ser del belga
Eddy Merckx, del español Miguel Induraín y los franceses Jacques
Anquetil y Bernard Hinault, todos igualados con cinco.
Para Armstrong, no obstante, ello solo se vislumbra como el menor
de sus problemas, tras la avalancha de querellas legales y pérdidas
millonarias que se le enciman en caída libre. Por lo pronto, sus
principales patrocinadores ya le han dado la espalda y la Federación
Francesa de Ciclismo ya pidió que el estadounidense reembolse los
2,9 millones de euros que ganó en premios, para dedicar esos fondos
al desarrollo del ciclismo entre los más jóvenes y a acciones para
la prevención del dopaje.