Aunque
el poeta César López asistió en calidad de homenajeado a la tertulia
Amor de Ciudad Grande, muy poco de sí mismo nos dijeron esas
palabras suyas con las que en hermosos versos o espontáneas
anécdotas anduvo entregando sentimientos e historias en la urdimbre
de la tarde.
Conducida la velada por Alpidio Alonso, que cita una vez al mes a
un poeta, en la capitalina librería El Ateneo para que comparta el
espacio con otro bardo cuya voz grabada se deja escuchar, reservó
para la ocasión al mexicano Octavio Paz, con su poema de amor
Como quien oye llover.
La concisa pero puntual presentación que hizo el anfitrión de su
invitado lo resumió, entre otros puntos, como uno de los poetas
cubanos más significativos en la segunda mitad del siglo XX y hasta
la actualidad, graduado de Medicina en la Universidad de Salamanca,
estudioso acérrimo de Dulce María Loynaz, Luis Cernuda y Lezama, y
al que estuvo dedicada una de las Ferias Internacionales del Libro,
y que ostenta, entre las más notables distinciones, la de Premio
Nacional de Literatura y Miembro de Número de la Academia Cubana de
la Lengua.
Sin embargo, entre esas y otras referencias que sobre él se
pueden encontrar, no reza ese modo de responder en el diálogo
pausado que sabe sostener echándole mano a algún verso clásico que
está siempre a flor de labios, ni esa manera suya de mirar a "los
grandes", como suele decir para referirse a esos seres a los que el
mérito poético o patriótico le merecen tal calificativo, y de
preferir siempre dignificar a los otros, incluso cuando comparte con
ellos experiencias similares.
"Este año algunos grandes de la cultura cubana están cumpliendo
cien años: Mirta Aguirre, Mariano, Portocarrero, Virgilio... ". La
lectura de los poemas Mundo de Portocarrero, de Quiebra de
la perfección, y En el centenario del nacimiento de Virgilio
Piñera, aparecido en una reciente publicación dedicada al
insigne dramaturgo, son para esas figuras sus homenajes.
En uno de los más emotivos momentos del encuentro este
santiaguero nos habló de Frank País, quien fuera su amigo de
juventud y cuyo asesinato lo marcara profundamente. "Silencio en
voz de muerte, es mi primer libro y está dedicado a Frank, y fue
escrito en España en los años 1957 y 1958, y publicado en Cuba, en
1963, porque considerábamos que no debía ver la luz aquí mientras
los asesinos gobernaban la Isla. Consultamos para su publicación a
Doña Rosario, su madre, y ella, generosa como era, lo aceptó.
El poema No puedo hablar de él como no era, que introduce
el libro, es el escogido para la ocasión. La voz se le conmueve y
lee: "No puedo hablar de él como no era: / No fue poeta. / Los
versos que escribiera balbuceaban la voz, / iban saliendo, / pero
por muchas cosas se quedaron / a mitad de camino (... ) No fue
padre. / Se guardó su simiente en la pureza / de los hijos futuros.
/ Fue un niño a quien recuerdo / diciendo afirmativamente y siempre:
/ Quiero. / ¡El ser que mutilasteis, / asesinos, / era, en resumen,
todo lo posible!
Después del aplauso que sella la enérgica lectura nos regala
décimas y sonetos de Quiebra¼ y muestra, como la joya de arte
que es, el libro Estampas tristes y jocosas, concebido por la
pintora Julia Valdés, donde alternan ilustraciones suyas con los
textos del poeta.
Finalmente López, y antes de que el poema Eternidad invada
la sala en la voz grabada de Dulce María Loynaz para regalárselo
especialmente a quien ha sido uno de sus más acuciosos estudiosos,
nos habla de su divisa: "Hay que seguir sumando".