Desde Haití

Los guías de La Citadelle

AMELIA DUARTE DE LA ROSA Enviada especial

En algún paraje del kilómetro cinco, entre Milot y la villa Choiseul por donde los vehículos ya no pueden transitar, viajeros de todo el mundo se congregan diariamente para subir —a pie o en caballo— el pico Laferrière. En la cima, justo a 945 metros de altura, se erige la fortaleza militar más grande de América Latina, símbolo de la historia y la independencia haitiana.

FOTO DE LA AUTORA Philomene y Totó, al fondo la Citadelle.

Apenas llegan los grupos de visitantes, decenas de nativos, guías espontáneos y vendedores de suvenires entienden que ha llegado la hora de actuar. Ofrecen casi desesperadamente los más disímiles elementos tangibles y subjetivos de la circunstancia simbólica del lugar.

"La Citadelle es un castillo en construcción y no en fundación", me dijo una vocecita tímida en perfecto español. "¿En serio?", le pregunté. "Sí, si quieres te explico, ¿es la primera vez que subes?", pues si —le contesté— te parece bien si me lo cuentas en el camino. Por supuesto, me respondió. ¿Cómo te llamas? Philomene y este es mi primo Totó.

No llegaban al metro 40 de altura, pequeños y flacos —en realidad— para sus 12 y nueve años respectivamente. Andaban en pantaloncitos cortos, pulóveres y sandalias. Les brindé dos pomos de agua y emprendimos la subida.

Con una solemnidad increíble empezaron a explicarme: "La Citadelle se comenzó a construir en 1805 por orden del rey Henri Christophe. Abarca un área total de diez mil metros cuadrados, tiene forma de barco y muros defensivos de hasta 40 metros de altura. En su construcción, que demoró 14 años, trabajaron alrededor de 20 mil haitianos. Nunca se utilizó militarmente y estuvo mucho tiempo abandonada, por eso no es un castillo en fundación. En 1982 la UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad junto con el Palacio de Sans Souci y los edificios de Ramiers".

A pesar del sol y lo difícil del camino, parecían dos jiribillas. No paraban de hablar, de contarme la historia y de señalarme las comunas del valle, el puerto y lugares de Cabo Haitiano, un panorama de toda la llanura del norte al cual se tiene acceso desde la montaña. A mitad del recorrido, cuando ya andaba yo con el último aliento a media garganta y a punto de hacer la típica pregunta ¿falta mucho?, me enseñaron el primer cimiento. "Mira, los cimientos están construidos directamente sobre la roca, este se llama Sangre de vaca. Para unir las piedras se usó una mezcla de cal, melaza y sangre de vaca y chivo".

"¡Vamos, ya falta poco!", me dijeron sonriendo y fue imposible rechazar ese ánimo. "Eso que ves más adelante son las canalizaciones, podemos cortar camino si quieres". Aquello me pareció demasiado peligroso y empinado pero la ansiedad por llegar era muy fuerte, además confiaba en mis guías. Escalamos por un paraje enyerbado y casi al alzar la vista tenía a pocos pasos la imponente construcción.

Entrar a La Citadelle fue exactamente como lo había imaginado. Un halo de misticismo y tranquilidad ronda el lugar. En su interior guarda no solo los restos inhumados de Christophe, sino miles de historias tristes, trágicas y curiosas a la misma vez. Apenas pude me subí a uno de sus enormes muros. Dicen que en los días claros se divisa la costa este de nuestra Isla a 140 kilómetros de distancia. Me fue imposible. El sol era muy fuerte y mi vista definitivamente no alcanzaba a ver nada desde tan lejos.

A la hora de bajar, en la salida esperaban los pequeños. Quedaba poco por contar y comencé a preguntarles por sus vidas. Ahí supe que además de español, hablan francés, inglés y por supuesto, creole; que la necesidad de ganarse algo de dinero los había llevado a conocer la historia y a aprender idiomas. Después de clases subían La Citadelle dos y hasta tres veces en el día con los turistas. Ambos estudian en Milot, muy cerca de las ruinas del Palacio Sans Souci, copia caribeña del Versalles francés y residencia del otrora emperador Christophe.

Me confesaron que querían ser médicos y con un poco de vergüenza también dijeron que les gustaba cantar. De modo que bajamos cantando, desafinados pero sonrientes. Ni siquiera me di cuenta de cuando regresé al kilómetro cinco y dejé atrás La Citadelle. Me despedí de ellos pidiéndoles que no dejaran de estudiar. Les di todo lo que tenía, y un beso en cada frente. Decidí no cargar con ningún souvenir, de ese viaje ya tengo el mejor recuerdo. Prefiero, como ahora, cerrar los ojos para mantenerlo vivo en mi memoria y esperar a que los pequeños no carguen con la estirpe condenada de quien ha nacido sin tener la oportunidad que se merece.

 

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