Apenas llegan los grupos de visitantes, decenas de nativos, guías
espontáneos y vendedores de suvenires entienden que ha llegado la
hora de actuar. Ofrecen casi desesperadamente los más disímiles
elementos tangibles y subjetivos de la circunstancia simbólica del
lugar.
"La Citadelle es un castillo en construcción y no en fundación",
me dijo una vocecita tímida en perfecto español. "¿En serio?", le
pregunté. "Sí, si quieres te explico, ¿es la primera vez que
subes?", pues si —le contesté— te parece bien si me lo cuentas en el
camino. Por supuesto, me respondió. ¿Cómo te llamas? Philomene y
este es mi primo Totó.
No llegaban al metro 40 de altura, pequeños y flacos —en
realidad— para sus 12 y nueve años respectivamente. Andaban en
pantaloncitos cortos, pulóveres y sandalias. Les brindé dos pomos de
agua y emprendimos la subida.
Con una solemnidad increíble empezaron a explicarme: "La
Citadelle se comenzó a construir en 1805 por orden del rey Henri
Christophe. Abarca un área total de diez mil metros cuadrados, tiene
forma de barco y muros defensivos de hasta 40 metros de altura. En
su construcción, que demoró 14 años, trabajaron alrededor de 20 mil
haitianos. Nunca se utilizó militarmente y estuvo mucho tiempo
abandonada, por eso no es un castillo en fundación. En 1982 la
UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad junto con el Palacio de
Sans Souci y los edificios de Ramiers".
A pesar del sol y lo difícil del camino, parecían dos jiribillas.
No paraban de hablar, de contarme la historia y de señalarme las
comunas del valle, el puerto y lugares de Cabo Haitiano, un panorama
de toda la llanura del norte al cual se tiene acceso desde la
montaña. A mitad del recorrido, cuando ya andaba yo con el último
aliento a media garganta y a punto de hacer la típica pregunta
¿falta mucho?, me enseñaron el primer cimiento. "Mira, los cimientos
están construidos directamente sobre la roca, este se llama Sangre
de vaca. Para unir las piedras se usó una mezcla de cal, melaza y
sangre de vaca y chivo".
"¡Vamos, ya falta poco!", me dijeron sonriendo y fue imposible
rechazar ese ánimo. "Eso que ves más adelante son las
canalizaciones, podemos cortar camino si quieres". Aquello me
pareció demasiado peligroso y empinado pero la ansiedad por llegar
era muy fuerte, además confiaba en mis guías. Escalamos por un
paraje enyerbado y casi al alzar la vista tenía a pocos pasos la
imponente construcción.
Entrar a La Citadelle fue exactamente como lo había imaginado. Un
halo de misticismo y tranquilidad ronda el lugar. En su interior
guarda no solo los restos inhumados de Christophe, sino miles de
historias tristes, trágicas y curiosas a la misma vez. Apenas pude
me subí a uno de sus enormes muros. Dicen que en los días claros se
divisa la costa este de nuestra Isla a 140 kilómetros de distancia.
Me fue imposible. El sol era muy fuerte y mi vista definitivamente
no alcanzaba a ver nada desde tan lejos.
A la hora de bajar, en la salida esperaban los pequeños. Quedaba
poco por contar y comencé a preguntarles por sus vidas. Ahí supe que
además de español, hablan francés, inglés y por supuesto, creole;
que la necesidad de ganarse algo de dinero los había llevado a
conocer la historia y a aprender idiomas. Después de clases subían
La Citadelle dos y hasta tres veces en el día con los turistas.
Ambos estudian en Milot, muy cerca de las ruinas del Palacio Sans
Souci, copia caribeña del Versalles francés y residencia del otrora
emperador Christophe.
Me confesaron que querían ser médicos y con un poco de vergüenza
también dijeron que les gustaba cantar. De modo que bajamos
cantando, desafinados pero sonrientes. Ni siquiera me di cuenta de
cuando regresé al kilómetro cinco y dejé atrás La Citadelle. Me
despedí de ellos pidiéndoles que no dejaran de estudiar. Les di todo
lo que tenía, y un beso en cada frente. Decidí no cargar con ningún
souvenir, de ese viaje ya tengo el mejor recuerdo. Prefiero, como
ahora, cerrar los ojos para mantenerlo vivo en mi memoria y esperar
a que los pequeños no carguen con la estirpe condenada de quien ha
nacido sin tener la oportunidad que se merece.