Cuando se habla de indisciplinas en una institución, empresa o
unidad de prestación de servicios públicos, la cadena de
responsabilidad tiende a romperse por el eslabón más débil. Es hacia
allí donde, por generalidad, se les atribuye mayor incidencia en el
incumplimiento de planes y labores, desvíos de recursos, mala
atención al público y una interminable lista de aspectos negativos
que no siempre involucran a jefes, directores y encargados de
responder por el correcto funcionamiento de las cosas.
Dicho esto —y sin eximir a trabajadores o empleados públicos de
su responsabilidad ética, legal y material en el cumplimiento de sus
deberes laborales—, llamamos la atención sobre una práctica que es
necesario extirpar del escenario económico y social de Cuba: la
actuación conservadora e irresponsable de muchos jefes, que existen
y sobreviven por una autoridad asignada y no por un liderazgo
conquistado, que se parapetan detrás de un buró para ordenar y
asignar tareas en lugar de participar y dar el ejemplo.
Es obvio que allí donde las cosas marchan bien existe un trabajo
en equipo, hay un buen colectivo laboral y también un buen jefe. Lo
que sí es imposible de encontrar es un sitio mal dirigido (con un
mal jefe) que tenga éxito y resultados. De ahí la importancia de que
a la luz de la actualización del modelo económico cubano, se les
esté pidiendo a los cuadros y directivos más eficacia y rigor en el
cumplimiento de sus tareas. Porque un jefe, como un capitán de
barco, puede llevar la nave a puerto seguro, dejarla al pairo, o
zozobrar.
Ejemplos sobran a nuestro alrededor y en la vida diaria. Si usted
se va a quejar por el mal servicio en un restaurante, lo más seguro
es que el administrador no esté presente en el lugar. Si usted busca
explicación a una traba burocrática inexplicable, con suerte
terminará sentado frente al burócrata. Si el conductor de un
transporte público conduce a exceso de velocidad y no cuida su
equipo de trabajo, es muy probable que su jefe no le exija
cotidianamente lo contrario. Si una empresa es morosa en el pago de
sus deudas, su jefe también es moroso en el cumplimiento de su
deber. Si un ministerio no está aportando lo que la economía del
país espera y necesita de él, su ministro es el máximo responsable.
Es evidente de que hablamos de un tema que pertenece a todos los
niveles de dirección. Se necesitan en todas partes jefes
responsables, con competencia, con preparación económica y jurídica,
con liderazgo entre sus colaboradores, con claridad sobre su rol y
compromiso con la actividad que realiza. Y esos jefes deben ser
adecuadamente remunerados, en correspondencia con sus
responsabilidades y resultados, una condición indispensable para que
sus colaboradores, desde los sindicatos y las organizaciones
políticas, puedan exigirles hacer bien las cosas o proponer su
democión.
Lo anterior no es una utopía. Aunque no ocurre con la recurrencia
que tal vez se necesita, a ningún colectivo laboral, sindical, o
partidista, se le impide decir lo que verdaderamente piensa sobre la
actuación de sus jefes.
Como dijo el compañero Raúl en la clausura de la Primera
Conferencia Nacional del Partido: "Es preciso acostumbrarnos
todos a decirnos las verdades de frente, mirándonos a los ojos,
discrepar y discutir, discrepar incluso de lo que digan los jefes,
cuando consideramos que nos asiste la razón, como es lógico, en el
lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta, o sea,
en las reuniones, no en los pasillos. Hay que estar dispuestos a
buscarnos problemas defendiendo nuestras ideas y enfrentando con
firmeza lo mal hecho".
A veces ocurre que tras un jefe incompetente se acomoda un
colectivo inerte; o tras un jefe corrupto algunos subordinados
encuentran "licencia" para hacer de la corrupción un modo de vida; o
tras un jefe inmovilista y conservador una empresa termina dándole
pérdidas a la economía estatal, sin que eso sea motivo de vergüenza
colectiva.
El tema tiene infinidad de aristas y todas apuntan a una alta
responsabilidad. Por ejemplo, atraer trabajadores con competencia y
talento es algo que está más relacionado con la reputación de la
institución o de la empresa, pero el retenerlos allí sí es algo
asociado, en gran medida, a las características de un buen jefe.
Aquí hablamos de la gestión del capital humano, de la importancia de
saber juzgar el desempeño de sus colaboradores, palabra que solo
sabe usar un buen dirigente, porque los demás suelen nombrar a los
obreros, posesivamente, como sus "subordinados".
Hace solo unos días, al intervenir en el Consejo de Ministros
ampliado, el compañero Raúl se refirió a la necesidad de trabajar
con rigor y disciplina, para eliminar la desorganización que conduce
al derroche, al robo y a la negligencia: "Tenemos que cumplir lo
que se acuerde y respetar las leyes pues de lo contrario será
difícil avanzar en la actualización del modelo económico". Su
reclamo, sin duda, era para todos los cubanos, pero de manera
especial para los encargados de llevar las riendas, dirigir y
enseñar cómo se hacen bien las cosas.