De jefes y responsabilidades

FÉLIX LÓPEZ

Cuando se habla de indisciplinas en una institución, empresa o unidad de prestación de servicios públicos, la cadena de responsabilidad tiende a romperse por el eslabón más débil. Es hacia allí donde, por generalidad, se les atribuye mayor incidencia en el incumplimiento de planes y labores, desvíos de recursos, mala atención al público y una interminable lista de aspectos negativos que no siempre involucran a jefes, directores y encargados de responder por el correcto funcionamiento de las cosas.

Dicho esto —y sin eximir a trabajadores o empleados públicos de su responsabilidad ética, legal y material en el cumplimiento de sus deberes laborales—, llamamos la atención sobre una práctica que es necesario extirpar del escenario económico y social de Cuba: la actuación conservadora e irresponsable de muchos jefes, que existen y sobreviven por una autoridad asignada y no por un liderazgo conquistado, que se parapetan detrás de un buró para ordenar y asignar tareas en lugar de participar y dar el ejemplo.

Es obvio que allí donde las cosas marchan bien existe un trabajo en equipo, hay un buen colectivo laboral y también un buen jefe. Lo que sí es imposible de encontrar es un sitio mal dirigido (con un mal jefe) que tenga éxito y resultados. De ahí la importancia de que a la luz de la actualización del modelo económico cubano, se les esté pidiendo a los cuadros y directivos más eficacia y rigor en el cumplimiento de sus tareas. Porque un jefe, como un capitán de barco, puede llevar la nave a puerto seguro, dejarla al pairo, o zozobrar.

Ejemplos sobran a nuestro alrededor y en la vida diaria. Si usted se va a quejar por el mal servicio en un restaurante, lo más seguro es que el administrador no esté presente en el lugar. Si usted busca explicación a una traba burocrática inexplicable, con suerte terminará sentado frente al burócrata. Si el conductor de un transporte público conduce a exceso de velocidad y no cuida su equipo de trabajo, es muy probable que su jefe no le exija cotidianamente lo contrario. Si una empresa es morosa en el pago de sus deudas, su jefe también es moroso en el cumplimiento de su deber. Si un ministerio no está aportando lo que la economía del país espera y necesita de él, su ministro es el máximo responsable.

Es evidente de que hablamos de un tema que pertenece a todos los niveles de dirección. Se necesitan en todas partes jefes responsables, con competencia, con preparación económica y jurídica, con liderazgo entre sus colaboradores, con claridad sobre su rol y compromiso con la actividad que realiza. Y esos jefes deben ser adecuadamente remunerados, en correspondencia con sus responsabilidades y resultados, una condición indispensable para que sus colaboradores, desde los sindicatos y las organizaciones políticas, puedan exigirles hacer bien las cosas o proponer su democión.

Lo anterior no es una utopía. Aunque no ocurre con la recurrencia que tal vez se necesita, a ningún colectivo laboral, sindical, o partidista, se le impide decir lo que verdaderamente piensa sobre la actuación de sus jefes.

Como dijo el compañero Raúl en la clausura de la Primera Conferencia Nacional del Partido: "Es preciso acostumbrarnos todos a decirnos las verdades de frente, mirándonos a los ojos, discrepar y discutir, discrepar incluso de lo que digan los jefes, cuando consideramos que nos asiste la razón, como es lógico, en el lugar adecuado, en el momento oportuno y de forma correcta, o sea, en las reuniones, no en los pasillos. Hay que estar dispuestos a buscarnos problemas defendiendo nuestras ideas y enfrentando con firmeza lo mal hecho".

A veces ocurre que tras un jefe incompetente se acomoda un colectivo inerte; o tras un jefe corrupto algunos subordinados encuentran "licencia" para hacer de la corrupción un modo de vida; o tras un jefe inmovilista y conservador una empresa termina dándole pérdidas a la economía estatal, sin que eso sea motivo de vergüenza colectiva.

El tema tiene infinidad de aristas y todas apuntan a una alta responsabilidad. Por ejemplo, atraer trabajadores con competencia y talento es algo que está más relacionado con la reputación de la institución o de la empresa, pero el retenerlos allí sí es algo asociado, en gran medida, a las características de un buen jefe. Aquí hablamos de la gestión del capital humano, de la importancia de saber juzgar el desempeño de sus colaboradores, palabra que solo sabe usar un buen dirigente, porque los demás suelen nombrar a los obreros, posesivamente, como sus "subordinados".

Hace solo unos días, al intervenir en el Consejo de Ministros ampliado, el compañero Raúl se refirió a la necesidad de trabajar con rigor y disciplina, para eliminar la desorganización que conduce al derroche, al robo y a la negligencia: "Tenemos que cumplir lo que se acuerde y respetar las leyes pues de lo contrario será difícil avanzar en la actualización del modelo económico". Su reclamo, sin duda, era para todos los cubanos, pero de manera especial para los encargados de llevar las riendas, dirigir y enseñar cómo se hacen bien las cosas.

 

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