Aniversario 36 del crimen de Barbados

El difícil momento de Julio

SHEYLA DELGADO GUERRA

Resulta difícil escribir del dolor cuando todavía se sufre. Y el crimen de Barbados es una herida abierta en nuestra historia, que jamás cerrará... aun si llegara a hacerse justicia.

Es el mismo dolor que apenas deja hablar a Julio César González Tirador cuando recuerda aquella tarde del miércoles 6 de octubre de 1976 en que recibió la lacerante noticia.

"Estaba entrenando a un grupo de atletas en la Escuela Superior de Cultura Física Manuel Fajardo (hoy Instituto) cuando se acerca Miguelito Fuentes Quiala, futbolista y secretario de la UJC en el centro. Entonces le lanzo una broma sobre Leonardo MacKenzie, un floretista muy promisorio (22 años) y además de amigo, un hijo. Tenía siempre una alegría contagiosa y le encantaba el baile... Ya se le había hecho el proceso de crecimiento como militante de la organización juvenil y a su regreso le sería entregado el carné, por eso en cuanto veo a Miguelito le hago el comentario... ", rememora González Tirador, quien fuera entrenador de espada y florete, maestro y compañero de estudios para la licenciatura en Cultura Física de varios de los esgrimistas que perdieron la vida en el macabro sabotaje.

La expresión de Fuentes Quiala fue amarga y lapidaria. "No, Julio. Hay algo más serio. Parece que el avión en que venían los muchachos se cayó al mar". Eran alrededor de las tres de la tarde.

Tras una prolongada pausa por aquel momento, retoma la entrevista: "Han pasado 36 años y todavía me cuesta trabajo asimilar tan lamentables pérdidas. En ese momento no teníamos la certeza de lo que había sucedido, pero cuando te dan una noticia así... duele de verdad... Nos cambiamos de ropa y fuimos al INDER para informarnos mejor. La confirmación del sabotaje conmocionó a todos, y más cuando supimos que se trataba de un crimen tan brutal".

La tragedia había comenzado a las 12:23 a.m. (hora de Barbados) de ese miércoles luctuoso. Mientras la nave CU-455 —de nuestra línea aérea— sobrevolaba las costas barbadenses, una explosión entre las filas de los asientos siete y 11 sembró el miedo en las personas a bordo, seguida de otro estallido en el baño trasero de la cabina de los pasajeros, que condenó a 73 seres humanos al fondo del Mar Caribe. Además de la delegación deportiva, fallecieron tripulantes y trabajadores de Cubana de Aviación (incluyendo al capitán, primer Héroe Nacional del Trabajo en el Sindicato Nacional de la Aviación Civil) y de la Flota Camaronera del Caribe, 11 jóvenes guyaneses y cinco coreanos. La mayoría de sus cadáveres no se pudo recuperar.

"Sobrevinieron días muy duros. Tuve que darles la noticia a los padres de MacKenzie y de Arencibia (José Ramón Arencibia, 23 años, espada y florete).

"Con Arencibia también tenía una relación muy familiar. Trabajé con él desde la EIDE, fui su entrenador y después hicimos parte de la licenciatura juntos. Su sueño era ser periodista, de hecho, escribía sus cosas y lo hacía bien. En aquel tiempo llegaban menos plazas de la especialidad y no le llegó la beca, entonces yo le dije que no perdiera la esperanza. Le quedaba un mundo por delante y podía licenciarse en Cultura Física primero, y después matricular en algún curso de Periodismo. Entendió y como le apasionaba la esgrima, entró al Fajardo.

"En los Centroamericanos de Caracas, 1976, compitió tanto en espada como en florete individual (en esta última prueba obtuvo oro). Él y Monchy (Ramón Infante, 27 años, espada) venían entrenando conmigo desde el año 1967. Imagínate, los sentía mis hijos".

La nave CU-455, de Cubana de Aviación, que salió herida de muerte del aeropuerto Seawell, en Barbados, traía consigo esperanzas y sueños que quedaron truncos. Y entre los pasajeros, estaban personas muy queridas por Julio.

"Allí venía además Demetrio Alfonso, presidente de la Confederación Centroamericana y del Caribe de Esgrima —desde su fundación en 1972 hasta aquel fatídico crimen—, alguien a quien la esgrima cubana le debe mucho; Luis Morales "Billito", secretario de esa organización y director técnico de la Comisión Nacional de Esgrima, pero ante todo un gran amigo; Nelson Fernández (22 años, florete), joven muy aplicado y con mucho por dar todavía; Ricardo Cabrera, con grandes perspectivas en el deporte y buen estudiante de Arquitectura, a quien le di clases por un tiempo y recuerdo siempre apacible, metódico, estudioso... Una vez llevamos a los muchachos a ver una película de guerra y él, que no gustaba de ver nada de violencia, fue el único que se quedó dormido.

"Tantas vidas, tantos hermanos. Era la primera vez en la historia de estos campeonatos centroamericanos y caribeños que la esgrima cubana arrasaba con todas las preseas de oro y se posicionaba en el primer lugar por equipos. Conocía a los 24 compañeros que conformaron la delegación deportiva y de todos conservo un grato recuerdo, una anécdota. Milagros, Orlando, Julio Herrera, Jesús Méndez, Cándido, Jesús Gil, Nancy... Lo que hicieron con ellos no tiene nombre, y peor aún es saber que no se haya hecho justicia. Es un dolor que apenas se alcanza a describir", confiesa a Granma.

Con voz entrecortada, revela: "¿Los momentos más difíciles después del crimen? Tener que avisarles a familiares de mis compañeros y atletas sobre el abominable acto terrorista; ayudar a identificar lo que quedó del cuerpo de Arencibia; y aquella velada en la Plaza de la Revolución en que Fidel despidió a nuestros mártires. Pero, sobre todo, perderlos a todos y a la misma vez... Mi hija Lisy, que era muy pequeña, me veía llorando y me preguntaba el porqué. No podía entenderlo".

Justo en vísperas de conmemorarse mañana el aniversario 36 del siniestro —perpetrado por terroristas al servicio de la CIA— y el Día de las Víctimas del Terrorismo de Estado, Cuba entera es luto y homenaje, evocación y lucha. Fidel lo sentenció. Los 57 hijos de esta tierra que vieron apagados —en instantes de enorme desesperación— su alegría, metas y deseos de reencuentro con los seres queridos, no están ni olvidados ni muertos. Y mientras lloremos a nuestros hermanos, seguirá temblando la injusticia.

 

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