Desde
hace más de un mes, cuando republicanos y demócratas celebraban sus
respectivas convenciones nacionales en medio de amenazas ciclónicas,
la campaña electoral presidencial de Estados Unidos ha estado sumida
en tiempo borrascoso.
El principal damnificado ha sido Mitt Romney. No consiguió que la
convención nacional republicana le diera un impulso sostenido a su
campaña. En la segunda mitad del pasado mes, su imagen se afectó por
las críticas inoportunas a la actuación del gobierno de Obama en
ocasión de los ataques a las embajadas norteamericanas en Egipto y
Libia durante las protestas por la cinta antimusulmana producida en
Estados Unidos y, sobre todo, por las peyorativas declaraciones
sobre el electorado demócrata pronunciadas durante una reunión con
grandes donantes republicanos el pasado mes de mayo, que fue grabada
subrepticiamente y difundida por la revista Mother Jones.
Los medios de prensa expresaron de manera unánime el criterio de
que Romney tendría que "ganar" el primer debate presidencial para
evitar que su aspiración a llegar a la Casa Blanca se "fuese a
pique" prematuramente. (Empleo ganar entre comillas de manera
intencional para subrayar que "ganar" es la medición subjetiva del
desempeño de cada candidato en el debate por parte de los medios de
difusión y del sondeo inmediato entre los electores).
Con esta expectativa se celebró en la noche del miércoles pasado
en la Universidad de Colorado, en Denver, el primer debate entre los
candidatos, transmitido por la cadena Public Broadcasting System
(PBS) y moderado por Jim Lehrer. Ambos rivales respondieron
preguntas y confrontaron ideas y concepciones sobre aspectos
relacionados con el empleo, la salud pública, los impuestos, el
papel del gobierno federal y la forma de gobernar.
Después de haber pasado varios días preparándose en virtual
reclusión, ambos candidatos prefirieron "jugar al seguro" en su
comparecencia y se ciñeron al guion preestablecido. La actuación fue
plana, aunque con ocasionales fintas y estocadas que no llegaron a
fondo. Nada de lo que se dijo en los 90 minutos que duró el debate
fue nuevo. Se repitieron las mismas respuestas, fórmulas, argumentos
y propuestas ya dichas una y mil veces y hasta cientos de miles de
veces en discursos y la propaganda electoral durante la larga
campaña que comenzó hace 18 meses, en abril del 2011. Ambos
candidatos "predicaron para los conversos", como dice el refrán
inglés.
La primera impresión recogida es que Romney "ganó" el debate por
amplio margen. La táctica empleada por él fue "forzar la pelea";
interrumpió a su rival; reclamó al moderador por su actuación;
intentó imponer su tren de argumentación y temas, y lo hizo de
manera cautelosa, respetuosa y bien articulada, dejando una imagen
de combatividad y empatía con el electorado.
Obama se comportó distinto a Romney. Aparentemente aplicó la
fórmula "No drama Obama" con que su equipo de campaña lo ha
caracterizado desde las elecciones del 2008 y evitó lucir pedante o
ampuloso o atacar personalmente a Romney. Al igual que Romney, fue
respetuoso y amable. Resultó en una imagen apagada en contraste con
la vitalidad de su contrincante. No fue una buena noche para Obama y
así lo ha reconocido su equipo de campaña, que anuncia cambios de
estilo para el próximo encuentro del 16 de octubre.
Es curioso apuntar que el asunto más comentado del debate en las
redes sociales fue la referencia de pasada que hizo Romney de que en
sus planes de gobierno estaba eliminar la propia PBS y como
consecuencia, desaparecería el serial Sesame Street y su
simpático personaje Big Bird (la Gallina Caponata o Abelardo
Montoya, según las respectivas versiones española o mexicana de la
serie).
En resumen, luego de presenciar la totalidad del debate, puedo
concluir que en Denver el panorama electoral se mantuvo sin cambios
sustanciales, pero hay que observar los acontecimientos durante las
próximas dos semanas. Obama mantiene una cómoda ventaja en los
asaltos finales de la pelea, cuando con cada día que pasa, las
posibilidades de modificar el panorama se hacen cada vez más
inviables. A Romney le corresponde dar un vuelco a la situación.
Al candidato republicano casi todo se le ha ido complicando desde
el principio de la campaña, revelando que la razón está en su
imposición como candidato presidencial a un partido, cuyas bases más
dinámicas le hicieron una fuerte resistencia desde el momento en que
dio a conocer de manera formal su aspiración a la presidencia de
Estados Unidos. Además, su mensaje, basado en promover políticas
para favorecer a las grandes corporaciones como agentes idóneos para
la recuperación económica del país, no ha facilitado ampliar su base
de apoyo ni conseguido atraer a su redil a una importante parte de
la población norteamericana, mayoritariamente inclinada a votar
demócrata, entre los que se destacan las mujeres, los jóvenes, los
afroamericanos, los latinos, los judíos y los trabajadores de menos
ingresos (el famoso 47 %). Las encuestas revelan que, por amplio
margen, Romney no es considerado atrayente por los votantes y
consideran que ni entiende ni se preocupa por sus problemas.
Tampoco le ha funcionado a Romney su plan de campaña electoral
por estados, instrumento clave para ganar la elección, sobre todo
cuando la tradición demuestra que los candidatos demócratas
comienzan con una sustancial ventaja de votos electorales. En este
caso, la cifra se fija en 237 votos de 19 estados para Obama, frente
a 206 votos de 23 estados para Romney, quedando por definir 95 votos
de ocho estados indecisos o pendulares. Esta situación se ha
mantenido así desde antes de las convenciones nacionales.
El plan de Romney era arrebatarle a Obama los votos electorales
de Michigan (16), Pennsylvania (20) y New México (6), pero eso hoy
luce fuera de toda posibilidad. Sin embargo, Obama está en
condiciones de presentarle una fuerte batalla en un estado que se
consideraba votaría republicano: North Carolina, con 15 votos
electorales, lo cual resultaría desastroso para Romney y señal de
una posible abrumadora victoria demócrata en noviembre.
Pero la verdadera clave está en los ocho estados del "campo de
batalla". La mayor parte de los modelos de pronóstico, que integran
diversos factores y no solamente las encuestas de preferencia de los
votantes, señalan que Obama tiene mayores probabilidades de ganar en
casi todos, especialmente en Ohio (18 votos electorales), New
Hampshire (4), Virginia (13), Wisconsin (10), Iowa (6) y Nevada (6).
Se considera que en Colorado (9) y Florida (29), la disputa es más
cerrada.
Con esta situación, y a solo 31 días para llegar al 6 de
noviembre, lo único que parece interponerse a la posibilidad de una
victoria demócrata es que Obama se desempeñe mal en los próximos
debates; un acontecimiento imprevisible que hunda su candidatura; o
que la mayoría de los modelos de pronóstico estén equivocados.
Como diría Horacio: ¡Carpe diem!