Las elecciones del 2012 en Estados Unidos

¿Habrá nuevo clímax tras el debate en Denver?

Ramón Sánchez-Parodi Montoto (*)

Desde hace más de un mes, cuando republicanos y demócratas celebraban sus respectivas convenciones nacionales en medio de amenazas ciclónicas, la campaña electoral presidencial de Estados Unidos ha estado sumida en tiempo borrascoso.

El principal damnificado ha sido Mitt Romney. No consiguió que la convención nacional republicana le diera un impulso sostenido a su campaña. En la segunda mitad del pasado mes, su imagen se afectó por las críticas inoportunas a la actuación del gobierno de Obama en ocasión de los ataques a las embajadas norteamericanas en Egipto y Libia durante las protestas por la cinta antimusulmana producida en Estados Unidos y, sobre todo, por las peyorativas declaraciones sobre el electorado demócrata pronunciadas durante una reunión con grandes donantes republicanos el pasado mes de mayo, que fue grabada subrepticiamente y difundida por la revista Mother Jones.

Los medios de prensa expresaron de manera unánime el criterio de que Romney tendría que "ganar" el primer debate presidencial para evitar que su aspiración a llegar a la Casa Blanca se "fuese a pique" prematuramente. (Empleo ganar entre comillas de manera intencional para subrayar que "ganar" es la medición subjetiva del desempeño de cada candidato en el debate por parte de los medios de difusión y del sondeo inmediato entre los electores).

Con esta expectativa se celebró en la noche del miércoles pasado en la Universidad de Colorado, en Denver, el primer debate entre los candidatos, transmitido por la cadena Public Broadcasting System (PBS) y moderado por Jim Lehrer. Ambos rivales respondieron preguntas y confrontaron ideas y concepciones sobre aspectos relacionados con el empleo, la salud pública, los impuestos, el papel del gobierno federal y la forma de gobernar.

Después de haber pasado varios días preparándose en virtual reclusión, ambos candidatos prefirieron "jugar al seguro" en su comparecencia y se ciñeron al guion preestablecido. La actuación fue plana, aunque con ocasionales fintas y estocadas que no llegaron a fondo. Nada de lo que se dijo en los 90 minutos que duró el debate fue nuevo. Se repitieron las mismas respuestas, fórmulas, argumentos y propuestas ya dichas una y mil veces y hasta cientos de miles de veces en discursos y la propaganda electoral durante la larga campaña que comenzó hace 18 meses, en abril del 2011. Ambos candidatos "predicaron para los conversos", como dice el refrán inglés.

La primera impresión recogida es que Romney "ganó" el debate por amplio margen. La táctica empleada por él fue "forzar la pelea"; interrumpió a su rival; reclamó al moderador por su actuación; intentó imponer su tren de argumentación y temas, y lo hizo de manera cautelosa, respetuosa y bien articulada, dejando una imagen de combatividad y empatía con el electorado.

Obama se comportó distinto a Romney. Aparentemente aplicó la fórmula "No drama Obama" con que su equipo de campaña lo ha caracterizado desde las elecciones del 2008 y evitó lucir pedante o ampuloso o atacar personalmente a Romney. Al igual que Romney, fue respetuoso y amable. Resultó en una imagen apagada en contraste con la vitalidad de su contrincante. No fue una buena noche para Obama y así lo ha reconocido su equipo de campaña, que anuncia cambios de estilo para el próximo encuentro del 16 de octubre.

Es curioso apuntar que el asunto más comentado del debate en las redes sociales fue la referencia de pasada que hizo Romney de que en sus planes de gobierno estaba eliminar la propia PBS y como consecuencia, desaparecería el serial Sesame Street y su simpático personaje Big Bird (la Gallina Caponata o Abelardo Montoya, según las respectivas versiones española o mexicana de la serie).

En resumen, luego de presenciar la totalidad del debate, puedo concluir que en Denver el panorama electoral se mantuvo sin cambios sustanciales, pero hay que observar los acontecimientos durante las próximas dos semanas. Obama mantiene una cómoda ventaja en los asaltos finales de la pelea, cuando con cada día que pasa, las posibilidades de modificar el panorama se hacen cada vez más inviables. A Romney le corresponde dar un vuelco a la situación.

Al candidato republicano casi todo se le ha ido complicando desde el principio de la campaña, revelando que la razón está en su imposición como candidato presidencial a un partido, cuyas bases más dinámicas le hicieron una fuerte resistencia desde el momento en que dio a conocer de manera formal su aspiración a la presidencia de Estados Unidos. Además, su mensaje, basado en promover políticas para favorecer a las grandes corporaciones como agentes idóneos para la recuperación económica del país, no ha facilitado ampliar su base de apoyo ni conseguido atraer a su redil a una importante parte de la población norteamericana, mayoritariamente inclinada a votar demócrata, entre los que se destacan las mujeres, los jóvenes, los afroamericanos, los latinos, los judíos y los trabajadores de menos ingresos (el famoso 47 %). Las encuestas revelan que, por amplio margen, Romney no es considerado atrayente por los votantes y consideran que ni entiende ni se preocupa por sus problemas.

Tampoco le ha funcionado a Romney su plan de campaña electoral por estados, instrumento clave para ganar la elección, sobre todo cuando la tradición demuestra que los candidatos demócratas comienzan con una sustancial ventaja de votos electorales. En este caso, la cifra se fija en 237 votos de 19 estados para Obama, frente a 206 votos de 23 estados para Romney, quedando por definir 95 votos de ocho estados indecisos o pendulares. Esta situación se ha mantenido así desde antes de las convenciones nacionales.

El plan de Romney era arrebatarle a Obama los votos electorales de Michigan (16), Pennsylvania (20) y New México (6), pero eso hoy luce fuera de toda posibilidad. Sin embargo, Obama está en condiciones de presentarle una fuerte batalla en un estado que se consideraba votaría republicano: North Carolina, con 15 votos electorales, lo cual resultaría desastroso para Romney y señal de una posible abrumadora victoria demócrata en noviembre.

Pero la verdadera clave está en los ocho estados del "campo de batalla". La mayor parte de los modelos de pronóstico, que integran diversos factores y no solamente las encuestas de preferencia de los votantes, señalan que Obama tiene mayores probabilidades de ganar en casi todos, especialmente en Ohio (18 votos electorales), New Hampshire (4), Virginia (13), Wisconsin (10), Iowa (6) y Nevada (6). Se considera que en Colorado (9) y Florida (29), la disputa es más cerrada.

Con esta situación, y a solo 31 días para llegar al 6 de noviembre, lo único que parece interponerse a la posibilidad de una victoria demócrata es que Obama se desempeñe mal en los próximos debates; un acontecimiento imprevisible que hunda su candidatura; o que la mayoría de los modelos de pronóstico estén equivocados.

Como diría Horacio: ¡Carpe diem!

(*) Fue Jefe de la sección de Intereses de Cuba en Washington entre 1977-1989 y Viceministro de Relaciones Exteriores

 

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