Conocer, por ejemplo, cuáles fueron los deportes que a más
análisis se sometieron y mayor cantidad de "positivos" arrojaron:
entre los olímpicos, el fútbol (28 mil 578-172), el atletismo (23
mil 799-234) y el ciclismo (19 mil 139-321); con el béisbol (20 mil
140-141) de segundo entre los que no aparecen en el programa de los
Juegos; además de las sustancias prohibidas cuya detección resultó
más recurrente (los anabolizantes, como la testosterona, en un 59,4
% de los casos).
Aunque tal vez lo más notorio sea que durante el 2011 los 33
laboratorios acreditados por la AMA realizaron 15 mil controles
menos, pero detectaron más "resultados atípicos" que un año atrás,
registrando la tasa más alta desde que en el 2008 comenzaron a
medirse estos indicadores. Y ello arroja una buena moraleja.
Hubo un tiempo, hace no mucho, en que pesimistamente se llegó a
pensar que la lucha contra el dopaje suponía una persecución
estéril, muy parecida a la del coyote y el correcaminos o a la del
gato y el ratón en los dibujos animados (obviamente, el correcaminos
y el ratón representarían el dopaje).
Pero los datos son irrebatibles. Lo cierto es que la lucha contra
las sustancias prohibidas en el deporte mundial se ha reforzado y
resulta cada vez más efectiva, aunque la disminución de los análisis
demuestre que ni las dependencias del Comité Olímpico Internacional
son inmunes a la crisis. De modo que el control cada día es más
riguroso y enfocado. Antes solo se practicaban análisis durante las
competencias, ahora se realizan más fuera de ellas, gracias a un
muestreo inteligente.
Lo que raya con esa realidad, sin embargo, es que siga habiendo
dopaje y los infractores no desistan. Es decir, seguro habrá que
esperar al 2013 para conocer el reporte de la AMA sobre el 2012,
pero ya sabemos que los Juegos Olímpicos de Londres registraron 13
casos, casi los mismos que Beijing 2008, incluyendo el de la
bielorrusa Nadzeya Ostapchuk, despojada del título en la impulsión
de la bala, al dar positivo a un esteroide como la methenolona.
Raya, porque el dopaje es uno de esos pocos, poquísimos temas,
que han logrado un consenso universal y está mal. Está mal, porque
equivale a hacer trampa, adultera la competencia y profana el
espíritu olímpico. Está mal porque atenta contra la salud y promueve
la filosofía de que el éxito lo es todo y vale conseguirlo a
cualquier precio. Está mal y lo saben el COI, la AMA, el Papa y la
OMS —que acaban de condenarlo en el 35 Congreso Mundial de Medicina
del Deporte—, la sociedad toda y los propios infractores... Pero
sigue habiendo dopaje.
Así que no es fortuito que escándalos como los casos Festina y
BALCO, el Informe Mitchell, la Operación Puerto y la Operación Galgo
sigan destapándose en la cobertura deportiva de los medios; que el
exfutbolista argentino Matías Almeyda levante otra gran polvareda
denunciando las prácticas de dopaje que atestiguó en el Calcio
italiano durante los años noventa y lo mismo haga el estelar
excerrador canadiense Eric Gagne, al afirmar que, cuando jugó con
Los Ángeles Dodgers, el 80 % de sus compañeros se dopaban. Nada
nuevo en las Grandes Ligas del Béisbol estadounidense, donde el
dominicano Melky Cabrera acaba de renunciar al título de bateo en la
Liga Nacional, tras dar positivo por testosterona.
Y es que las "patatas podridas" siempre terminan saliendo del
saco. Tarde o temprano lo hacen, como lo atestigua Lance Armstrong,
al que la mancha del dopaje puede acabar borrándole de un plumazo
sus siete Tours de Francia, luego de acosarlo durante años. Solo
falta que la Agencia Estadounidense Antidopaje (USADA) —que ya lo
sancionó de por vida—, presente las pruebas a la Unión Ciclista
Internacional (UCI) el próximo 15 de octubre, desde que excompañeros
como Floyd Landis y Tyler Hamilton lo acusaron abiertamente,
admitiendo haberse dopado ellos mismos.
Pasará a engrosar la lista de los tramposos. Manchada su
reputación, nadie sabrá cuáles fueron sus verdaderos logros ni lo
recordarán como un atleta que venció al cáncer y tanto ha hecho para
luchar contra esa enfermedad.
Aunque, la moraleja más triste es la que deja para el ciclismo,
en general, y el Tour de Francia, en específico: Si se prueba que es
culpable, desde 1993 no habrá existido en la ronda gala ningún
"podio limpio". Sin duda, un dato escalofriante. Una moraleja más de
hasta dónde puede carcomer el dopaje al deporte.