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Un Quijote memorable y algo más
TONI PIÑERA
Un
cierre espectacular: así se puede catalogar la última jornada de la
temporada de concierto del Ballet Nacional de Cuba, el pasado
domingo, en la sala García Lorca, cuyo broche de oro colgaron dos
bailarines; una Viengsay Valdés que lleva lustros poniendo en alto
el nombre de su compañía, y el juvenil y diestro partenaire Osiel
Gounod, quien se apodera de la escena y el auditorio cuando aparece.
Juntos hicieron la tarea de enardecer al público en el tercer acto
de Don Quijote. Ella, dueña de un personaje bordado en el
tiempo, Kitri, y de unos interminables balances que parecían romper
récords de equilibrio, segura al máximo, con la sonrisa a flor de
piel, y una pantomima efectiva, dejó en claro que está en un
excelente momento de su amplia y larga carrera, que tantas alegrías
nos ha regalado. Él, en pocas palabras, un virtuoso, provisto de un
alto nivel técnico, impresionante en sus solos: saltos, giros
descomunales, y, a pesar de su juventud, un acompañante seguro, y
audaz. Solo subrayar: ojo con el estilo, no perder la elegancia de
las poses, la limpieza de los movimientos... , para alcanzar la
perfección.
 Viengsay
Valdés y Osiel Gounod.
En la coda, ambos dieron el toque brillante. Como sucede en estos
casos, los protagonistas marcaron el paso de la compañía que, en
términos generales, mantuvo el aire y el espíritu de siempre.
Nuestra versión de Don Quijote es en extremo agradable, en
términos de diseño de vestuario, escenografía y coreografía, por
demás optimista. Aspecto que ronda siempre a los bailarines. Jessie
Domínguez y Camilo Ramos impregnaron de particular aliento a la
Mercedes y Espada, respectivamente, aunque en ese acto su tiempo en
escena es bien corto. Otros personajes dieron realce a la jornada:
el sutil Camacho de Ernesto Díaz y el siempre simpático Lorenzo de
Félix Rodríguez, así como el Sancho Panza (Javier Sánchez),
adecuados en estilo y salpicados de histrionismo. El juvenil Edward
González (Don Quijote), por supuesto, necesita estudiar más e
interiorizar el difícil personaje para dotarlo de las complejidades
dramáticas del mismo, como eterno enamorado, enajenado/soñador, con
destellos de humor, amén que es el centro de la acción del ballet.
La continuidad y el empeño le señalarán el camino en el tiempo.
Un instante lírico, que marcó con el signo de su calidad también
la función, fue Didenoi, firmado por Maruxa Salas, que
acapara muchos lauros, entre ellos el de mención en el Concurso
Iberoamericano de Coreografía, CIC 2004. En ella, tres bailarines,
liderados por la excelente Verónica Corveas junto con los noveles
Miguel Anaya y Raúl Morera, dijeron a la perfección el personal
vocabulario expresivo dictado por ese trabajo. Fugaz, pero con una
estela de buen gusto y medida, marcando el estilo, a pesar de ser
muy jóvenes, fue el paso de Dayesi Torriente y Víctor Estévez, con
el cuerpo de baile, en la armónica pieza de Alicia Alonso: En las
sombras de un vals, que alcanzó un hálito singular con esos
intérpretes. Acentos, conocida obra de Eduardo Blanco que
hace vibrar al auditorio, en esta ocasión no alcanzó su éxtasis (¡no
fue mal bailada!), los bailarines exhibieron condiciones y técnica,
pero faltó el extra, eso que se traduce en la madurez escénica, el
dejarse llevar por la música y que el baile/movimiento los atrape en
su justo ritmo. |
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