La
respuesta de Estados Unidos al reciente ataque a su sede diplomática
en Libia, por el que murieron el embajador Christopher Stevens y
otros tres diplomáticos, es la intensificación de su ofensiva contra
la red Al Qaeda en el norte de África.
Violencia por violencia, para no perder la costumbre. Esa resultó
ser la contestación de un país que no cesa de agredir la soberanía
de los pueblos en el mundo. Una nación a la que no le importa
destruir patrimonios culturales vetustos por expandir su dominio,
que flagela impunemente según la voluntad de la Casa Blanca, cuyos
soldados torturan a los ya torturados.
El diario The Wall Street Journal informa que, de manera anónima,
oficiales estadounidenses aseguraron que el gobierno del presidente
Barack Obama anuncia un despliegue adicional de aviones sin piloto,
de los tipos Predator y Reaper.
Subrepticia y maléficamente, dicho plan incluye el entrenamiento
de militares para ayudar a los países del norte africano a combatir
el terrorismo y exterminar las milicias de Al Qaeda en el Magreb
Islámico (ADMI), a continuación de fuertes críticas a la
administración demócrata por subestimar el riesgo de seguridad
previo al atentado en Bengasi el 11 de septiembre, que casualmente,
coincidió con los polémicos impactos de dos aeronaves contra las
torres gemelas, que tantas pérdidas causó a los estadounidense y
otras muchas más ha ocasionado en el Oriente Medio, pues desde
entonces Estados Unidos liberó su guerra contra el terrorismo,
claro, sin hacerse antes una radiografía y actuar a nivel interno.
Washington primeramente culpó por los acontecimientos en Libia a
un filme antimusulmán, para después atribuirle la responsabilidad al
ADMI.
La prensa norteamericana comunica que el embajador Stevens envió
varios cables a la Casa Blanca los días previos a su muerte,
informándole de supuestas amenazas en Bengasi y del aumento del
extremismo islámico.
El edificio no estaba custodiado por una unidad del Cuerpo de
Infantería de Marina, tal como está establecido. Y las naciones del
Oriente Medio no logran guarecerse de la destrucción, la sangre y la
muerte, que llueve sobre ellas, a veces, en verdaderos vendavales,
lo que no debería estar establecido.