Las mismas palabras habían sido pronunciadas apenas minutos antes
por Roberta Jacobson, subsecretaria estadounidense para el
Hemisferio Occidental, según el diario derechista El Universal de
Caracas.
"Nuestra posición es clara: esperamos que los venezolanos tengan
la posibilidad de expresar sus preferencias de liderazgo de manera
justa y libre", destacó Jacobson, poniendo implícitamente en duda el
valor del sistema electoral venezolano.
Dicen que lo ridículo no mata. Hammer y Jacobson tal vez no se
enteraron de que el expresidente norteamericano Jimmy Carter aseveró
hace unos días que el sistema electoral venezolano es el de mayor
calidad en el mundo y el de Estados Unidos, "uno de los peores".
Una vez más en noviembre próximo, con la confrontación Obama-Romney,
el actual sistema electoral —cuyas reglas fundamentales fueron
establecidas en 1787—, la corrupción generalizada a través de las
contribuciones millonarias ahora ilimitadas de las corporaciones a
los fondos de campaña y la enajenación político-cultural, hacen
descartar toda esperanza de una elección presidencial realmente
democrática.
Estados Unidos, el país que tanto pretende imponer su versión de
la democracia en cada rincón del mundo, posee uno de los sistemas
electorales más complejos, incomprensibles e incongruentes del
planeta.
Bastan algunas observaciones. Caso único en el mundo, cada estado
o municipio determina el método de votación: papel con lápiz, cartón
con bolígrafo, tarjeta perforada, aunque cada vez más se favorece el
voto computarizado, manejado por empresas dominadas por intereses
republicanos. Los sistemas de votación dependen de cada estado y,
dentro de este, de cada condado.
En cada elección, miles de votantes, aunque formalmente
inscritos, son luego excluidos de las listas electorales mediante
una serie de trucos como —entre muchos otros— el "caging",
que permite eliminar a un elector si no contesta a una solicitud
hecha por correo a su dirección.
La gran mayoría de las víctimas de tales procesos de exclusión
son negros, latinos o miembros de minorías raciales, un sector de la
población más propenso a votar por los demócratas. Un ejemplo: en la
Florida, más del 30 % de los hombres negros no pueden votar por
tener antecedentes penales.
El Washington Post calculó en más de seis millones, en todo el
país, la cantidad de personas contabilizadas más de una vez.
De acuerdo con las quejas expresadas al terminarse el escrutinio
del 2004, las irregularidades el día de la votación son
innumerables: además de la supresión deliberada del voto en zonas
cuyos electores apoyan a los demócratas, de las urnas electrónicas
que cambian el voto, de la anulación arbitraria de sufragios, el
cómputo del voto es deliberadamente manipulado en numerosos
distritos. El voto por correo es constantemente objeto de fraude. En
el condado miamense de Broward, en el 2002, se determinó que 104 mil
votos fueron omitidos por las máquinas y hasta 55 mil boletas,
perdidas en el correo.
El ciudadano norteamericano no vota por su candidato preferido,
sino a favor de un partido que designará Grandes Electores, cuyo
Colegio Electoral luego elegirá al presidente, sin obligación alguna
de respetar el deseo del elector o a dar la presidencia al candidato
con más votos. En el 2000, Al Gore tuvo la mayoría de los votos y
George Bush recibió la Casa Blanca por el número de votos en el
Colegio Electoral.
El diseño y el rediseño de las circunscripciones se hace
periódicamente en función de los intereses de los elegidos, según la
ubicación de su clientela electoral.
Las presidenciales tienen lugar siempre un martes, cuando la
mayoría de los electores está en el trabajo.
Los medios de comunicación, que viven de la publicidad comercial
de los grandes consorcios y se benefician de las campañas
millonarias de los grandes partidos, ignoran sistemáticamente a los
candidatos de los terceros partidos. Y evitan criticar al conjunto
del sistema.
Según sondeos, una gran mayoría de los electores desea elegir al
presidente en sufragio universal. De manera evidente, a pocos
políticos les conviene cambiar un sistema que les asegura, en muchos
casos, reelecciones casi automáticas.
Y aún así el vocero del Departamento de Estado, Mike Hammer,
sigue repitiendo inepcias, sugiriendo que el sistema electoral de
Estados Unidos es un modelo para la humanidad.