Españolerías japonesas

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Foto: Anabel Díaz MenaDesde que la guitarra irrumpió en Japón, los habitantes de ese archipiélago, muy afines por tradición a los instrumentos cordófonos, han reverenciado el sonido de las seis cuerdas pulsadas, y a partir de la segunda mitad del siglo XX han consolidado un sistema docente orientado a asimilar los recursos de la escuela española, aunque en el trato con las posibilidades contemporáneas de expresión, la brújula apunta a un nombre cubano, Leo Brouwer.

En una entrevista que le concediera en 1991 a este redactor el maestro Ichiro Suzuki, definió del siguiente modo los paradigmas de los guitarristas japoneses de su generación: Andrés Segovia, Narciso Yepes y Leo Brouwer. Pero también nos dijo: "En los setenta esas influencias estuvieron filtradas por un intérprete nuestro que popularizó por televisión la guitarra de concierto, el señor Shomura".

No sospechaba entonces que íbamos a tener el privilegio de tener entre nosotros a Kiyoshi Shomura el pasado domingo en una de las fecundas jornadas de su compatriota Yoshikazu Fukumura, al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) en la sala Covarrubias —conciertos coordinados por la Japan Foundation, la embajada de Japón en La Habana y el Instituto Cubano de la Música—, escoltado por otros tres notables guitarristas japoneses, dos de ellos conocidos y apreciados en la Isla por su participación en los Festivales Internacionales de Guitarra organizados por Brouwer, Shin Ishi Fukuda y Yasugi Ohagi, este último segundo premio en el concurso de 1998, y otro, Daisuke Suzuki, avalado por ser el intérprete por excelencia de la obra de Toru Takemitsu, quien, por cierto, fue amigo de Leo, que lo homenajeó con dos extraordinarias piezas, Hika para guitarra sola, y Concierto da réquiem, para guitarra y orquesta.

Los cuatro coincidieron en la entrega final de una velada dedicada en su mayor parte a la música del español Joaquín Rodrigo (1901–1999), cuando ejecutaron el Concierto andaluz, compuesto en 1967 especialmente para el célebre cuarteto Los Romero, también aplaudido en La Habana no hace tanto tiempo, gracias al poder de convocatoria de Leo. Siempre será una fiesta escuchar ese concierto, no solo por la magnificencia de sus pasajes guitarrísticos, sino por la desprejuiciada y visceral identificación del autor con los aires populares de su tierra. Como diría el maestro Jesús Ortega, el Concierto andaluz sabe a copla, zarzuela, saeta y bolero.

Antes, Shomura había interpretado otra renombrada pieza de Rodrigo, Fantasía para un gentilhombre (1954). De audición noble y aparentemente fácil, la partitura exige del intérprete una doble orientación estética —y ese fue el gran mérito de Shomura—, en tanto no solo se trata de aprehender y comunicar las claves rodriguianas sino también el sentido del material original utilizado por el compositor, las danzas de Gaspar Sanz concebidas para la guitarra barroca en el siglo XVII.

Shin Ishi Fukuda situó al auditorio en el territorio del Rodrigo más frecuentado, el del Concierto de Aranjuez. El segundo movimiento, el adagio, clasifica, como es sabido, entre las melodías más versionadas en el mundo. Pero el concierto es mucho más que ese movimiento y demanda, como lo hizo Fukuda, maestría y gracia en cada uno de sus pasajes para trasmitir la atmósfera que Rodrigo evocó y precisó con inequívocas palabras: "Yo quería que el instrumento y la orquesta reflejaran los finales del siglo XVIII y los comienzos del XIX, las cortes de Carlos IV y Fernando VII, en un ambiente sutilmente estilizado de majas y toreros, de sones españoles devueltos de América".

La jornada había sido abierta con una mirada más al sur: Suzuki y Ohagi en la Tango suite, del argentino Astor Piazzolla, en una interpretación virtuosa y atenta a las sutilezas de la expresión.

No debo poner punto final a esta nota sin resaltar la labor de Fukumura en el podio de la OSN, al lograr un acompañamiento cómplice en las partituras orquestales.

 

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