A nadie escapó el simbolismo del primer acto de estas jornadas:
la cancelación de una emisión postal conmemorativa, la condecoración
a las sopranos Gladys Puig y Ana Menéndez, al barítono Ángel
Menéndez y al director escénico Juan Rodolfo Amán con la Medalla
Alejo Carpentier, que confiere el Consejo de Estado, de manos de
Rafael Bernal, ministro de Cultura; la entrega de reconocimientos a
la compañía y a las también cincuentenarias Ernesto Lecuona, de
Pinar del Río, y Rodrigo Prats, de Holguín, y la valoración de la
tradición y continuidad del arte lírico entre nosotros realizada por
Miguel Barnet, hicieron justicia a una memoria sobre la cual habrá
de fundamentarse las cosechas futuras.
Idéntico sentido tuvo la entrega, durante la segunda función, de
diplomas a cantantes, profesores, técnicos, promotores y críticos
que han acompañado al TLN en diversas etapas a lo largo de sus cinco
décadas de existencia.
No puede obviarse tampoco la presencia el sábado de glorias del
canto que, con su ejemplo y experiencia, pueden insuflar aliento a
los aires de renovación. Siempre serán referenciales figuras como
Yolanda Hernández, Marta Cardona, Mario Travieso, Humberto Lara
(simpatiquísimo en el Don Sebastián de La verbena de la paloma
que nos recordó al entrañable Antonio Palacios), Nelson Ayoub,
María Eugenia Barrios y Ramón Zamorano. Junto a ellos, dos pianistas
que marcan pautas en el acompañamiento pianístico: Pura Ortiz y
Juanito Espinosa.
La selección temática resultó variada, con momentos
significativos consagrados a dos de los pilares del teatro musical
cubano, Gonzalo Roig y Ernesto Lecuona. Lamentablemente, en las dos
primeras funciones no se tomó en consideración a Rodrigo Prats y su
imprescindible Amalia Batista.
Sobre la escena hubo una fotografía bastante cercana a los
valores actuales que posee la compañía y también a los vacíos que
debe llenar. Entre los primeros, jóvenes tenores que destacan por la
musicalidad y el deseo de trascender los términos de contar con una
voz más o menos hermosa, tales los casos de Bryan López, Saheed
Mohamed Valdés y Ernesto Cabrera; una soprano como Milagros de los
Ángeles, esmerada y convincente; un coro con una buena inyección de
sangre fresca; y dos directores orquestales, Eduardo Díaz y Giovanni
Duarte, en pleno ascenso y con conocimiento de causa.
La voluntad integradora de los espectáculos, dirigidos por el
maestro Alberto Méndez, también se hizo sentir, mediante la
colaboración del Ballet de la TV Cubana, la compañía folclórica JJ y
la flamante compañía de Irene Rodríguez.
Sin embargo, hay que trabajar por dejar atrás ciertos lastres,
amén de enfatizar en el completamiento equilibrado de todos los
registros vocales masculinos y femeninos. También se observaron
tendencias al encartonamiento escénico y a la sobrevaloración de las
posibilidades técnico-expresivas de algunos solistas.
Preocupan determinadas reacciones de sectores del público. No es
prodigando bravos a troche moche que se estimulan los desempeños
artísticos, pues solo consiguen acentuar favoritismos mal fundados.
La audacia merece un premio. Y esa sí fue una justa retribución a
la puesta en escena del septimino de La viuda alegre, de
Lehar, por su linaje desprejuiciado y paródico, y a La donna e
mobile, del Rigoletto, de Verdi, compartida por los
tenores Saheed Mohamed, Bryan López y Ernesto Cabrera con desenfado
posmoderno.
No se trata de que todo tenga que estar en esa línea. Ciertos
códigos establecidos, cuando se asumen con altura, funcionan y se
agradecen, como fueron los casos del cuadro del cabildo de María
la O, o el Va pensiero, del Tabuco verdiano, o la
Mazurca de las sombrillas, de la Luisa Fernanda, de
Moreno Torroba. Pero también hace falta un sacudón para salir de
caminos trillados.