Honores y desafíos

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Las funciones de gala dedicadas el último fin de semana en la sala García Lorca a celebrar el cincuentenario de la creación del Teatro Lírico Nacional, cumplieron doblemente su cometido: honrar a quienes desde muy diversas aristas contribuyeron a fundar y desarrollar no solo la compañía, sino el movimiento lírico musical a lo largo del país después del triunfo revolucionario, y evidenciar las posibilidades por explorar y los desafíos que se deben vencer para que esa manifestación alcance el nivel cualitativo que el público merece apreciar.

Foto: Yander Zamora El cuadro de La viuda alegre, momento de audacia.

A nadie escapó el simbolismo del primer acto de estas jornadas: la cancelación de una emisión postal conmemorativa, la condecoración a las sopranos Gladys Puig y Ana Menéndez, al barítono Ángel Menéndez y al director escénico Juan Rodolfo Amán con la Medalla Alejo Carpentier, que confiere el Consejo de Estado, de manos de Rafael Bernal, ministro de Cultura; la entrega de reconocimientos a la compañía y a las también cincuentenarias Ernesto Lecuona, de Pinar del Río, y Rodrigo Prats, de Holguín, y la valoración de la tradición y continuidad del arte lírico entre nosotros realizada por Miguel Barnet, hicieron justicia a una memoria sobre la cual habrá de fundamentarse las cosechas futuras.

Idéntico sentido tuvo la entrega, durante la segunda función, de diplomas a cantantes, profesores, técnicos, promotores y críticos que han acompañado al TLN en diversas etapas a lo largo de sus cinco décadas de existencia.

No puede obviarse tampoco la presencia el sábado de glorias del canto que, con su ejemplo y experiencia, pueden insuflar aliento a los aires de renovación. Siempre serán referenciales figuras como Yolanda Hernández, Marta Cardona, Mario Travieso, Humberto Lara (simpatiquísimo en el Don Sebastián de La verbena de la paloma que nos recordó al entrañable Antonio Palacios), Nelson Ayoub, María Eugenia Barrios y Ramón Zamorano. Junto a ellos, dos pianistas que marcan pautas en el acompañamiento pianístico: Pura Ortiz y Juanito Espinosa.

La selección temática resultó variada, con momentos significativos consagrados a dos de los pilares del teatro musical cubano, Gonzalo Roig y Ernesto Lecuona. Lamentablemente, en las dos primeras funciones no se tomó en consideración a Rodrigo Prats y su imprescindible Amalia Batista.

Sobre la escena hubo una fotografía bastante cercana a los valores actuales que posee la compañía y también a los vacíos que debe llenar. Entre los primeros, jóvenes tenores que destacan por la musicalidad y el deseo de trascender los términos de contar con una voz más o menos hermosa, tales los casos de Bryan López, Saheed Mohamed Valdés y Ernesto Cabrera; una soprano como Milagros de los Ángeles, esmerada y convincente; un coro con una buena inyección de sangre fresca; y dos directores orquestales, Eduardo Díaz y Giovanni Duarte, en pleno ascenso y con conocimiento de causa.

La voluntad integradora de los espectáculos, dirigidos por el maestro Alberto Méndez, también se hizo sentir, mediante la colaboración del Ballet de la TV Cubana, la compañía folclórica JJ y la flamante compañía de Irene Rodríguez.

Sin embargo, hay que trabajar por dejar atrás ciertos lastres, amén de enfatizar en el completamiento equilibrado de todos los registros vocales masculinos y femeninos. También se observaron tendencias al encartonamiento escénico y a la sobrevaloración de las posibilidades técnico-expresivas de algunos solistas.

Preocupan determinadas reacciones de sectores del público. No es prodigando bravos a troche moche que se estimulan los desempeños artísticos, pues solo consiguen acentuar favoritismos mal fundados.

La audacia merece un premio. Y esa sí fue una justa retribución a la puesta en escena del septimino de La viuda alegre, de Lehar, por su linaje desprejuiciado y paródico, y a La donna e mobile, del Rigoletto, de Verdi, compartida por los tenores Saheed Mohamed, Bryan López y Ernesto Cabrera con desenfado posmoderno.

No se trata de que todo tenga que estar en esa línea. Ciertos códigos establecidos, cuando se asumen con altura, funcionan y se agradecen, como fueron los casos del cuadro del cabildo de María la O, o el Va pensiero, del Tabuco verdiano, o la Mazurca de las sombrillas, de la Luisa Fernanda, de Moreno Torroba. Pero también hace falta un sacudón para salir de caminos trillados.

 

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