García Frías, de quien se dice era uno de los hombres de tiro más
certero del Ejército Rebelde, es uno de los tres Comandantes de la
Revolución, galardón que descansa en una excepcional y ejemplar
trayectoria revolucionaria.
Nacido en el seno de una humilde familia campesina, en el barrio
El Plátano, Pilón, en la actual provincia de Granma, el 10 de
febrero de 1928, se unió a Fidel inmediatamente después del
desembarco del Granma, el 2 de diciembre de 1956. Su colaboración
fue decisiva en el reagrupamiento de la tropa dispersa, luego del
combate de Alegría de Pío. Por sus méritos y consagración a la
Patria, el hijo de Adrián y Elba muy pronto adquirió importantes
responsabilidades.
A finales de febrero de 1958 es nombrado segundo jefe de la
columna No. 3 Santiago de Cuba, que operaría en el territorio del
III Frente Mario Muñoz Monroy, fundado en los primeros días de marzo
del propio año.
Al fracasar la Huelga del 9 de Abril, el alto mando castrense del
régimen tiránico de Fulgencio Batista había declarado el inicio de
la Ofensiva de Verano para dar el "tiro de gracia" al movimiento
guerrillero en la Sierra Maestra. Fidel ordenó a las fuerzas bajo el
mando de Almeida que, organizada y rápidamente, se dirigieran a las
inmediaciones de la Comandancia General, como parte de la necesaria
reagrupación de tropas para resistir tan colosal embate.
Nuevamente García Frías se destacaría en acciones combativas de
gran envergadura, como la batalla de El Jigüe, la primera y segunda
batalla de Santo Domingo y en Las Mercedes. Ya lo había hecho, en el
primer año de la guerra, en La Plata, Arroyo del Infierno, Palma
Mocha, Uvero, Estrada Palma y Pino del Agua.
El 22 de julio de 1958, finalizada la batalla de El Jigüe, es
ascendido por Fidel, junto a Eduardo (Lalo) Sardiñas, al grado de
comandante.
Justamente el 5 de agosto, día en que concluyó la Ofensiva de
Verano, la tropa del comandante Guillermo se aprestó para retornar
al territorio próximo a la ciudad de Santiago de Cuba, hacia el
oeste y el noroeste, y el 18 la columna queda constituida por 88
combatientes.
Once días después, el 29, llega Guillermo con otros compañeros a
la comandancia de Almeida, en La Lata. Allí recibe nuevas misiones,
arribando el 1 de septiembre a Macustodia, próxima a la cual ya
operaban, o se incorporarían después a esta, algunos grupos de
escopeteros.
Muestra de una alta sensibilidad humana, el Comandante Guillermo
no olvida a ninguno de sus compañeros combatientes. Cuenta que se
llegaron después otros rebeldes entre los que sobresalen los nombres
de William Villarreal; Francisco Rodríguez Rey (Santiaguero);
Aleides García Arias; Bebo Prat; Juan Jane Luna Beatón; Juan Aguilar
Rodríguez; Reinaldo Carbonell (Macufendo); Joaquín Santos Santos;
Wilfredo Saborit Rodríguez; Orestes Ramajo Ballester; Jorge Luis
Viera Estrada y Yillo Borrero.
Ni tampoco a los lugareños. A su llegada a Macustodia rememora
que vivían en la zona, además, de la familia de los González; la de
los Zurita; los Perera; los Ge; los Hernández; los Braza; los
Torres. Destaca entre los colaboradores a María Antonia Pujol Bravo;
Irma Puentes Macías; Rogelio Zurita; Fernando Cámbara; Pablo Charón
Querao (Puchero); Enrique Dilú; Luis Rodríguez (El dentista) y Jesús
Álvarez (El galleguito).
Quien analice la topografía de aquel lugar, de elevaciones de
relativamente poca altura, laderas suaves, flanqueadas por valles
profundos y por ríos intermitentes y permanentes, como el de Cambute
y La Batalla (Guaninao), sin pasos como los de las faldas del
Turquino, quizás pensaría que pudo haber sido fácil, para las
fuerzas del Ejército batistiano desplegarse en ese teatro de
operaciones.
Sin embargo, la capacidad organizativa y la inteligencia del Jefe
guerrillero brilló en esos parajes. Entre los días 1 y 15 de
septiembre de 1958 ordenó el reconocimiento del terreno, contactar
con los posibles colaboradores, organizar las fuentes de
suministros, la incorporación de grupos de combatientes, la
ubicación de los distintos pelotones y postas en las principales
vías de acceso a la zona de operaciones, creándose una red de
información y un dispositivo defensivo, que convirtió en
inexpugnable el sitio.
Varias fueron las acciones armadas de esta columna, en el último
trimestre de la Guerra de Liberación Nacional, con el fin de
obstaculizar el tránsito por la Carretera Central, obtener
avituallamientos, tomar poblados y ciudades y dar el asalto final
sobre Santiago de Cuba. El Cruce de Gladys, Las Cruces, Aguacate,
Irijoa, Arroyo Blanco, Palma Soriano, Caney del Sitio, Dos Palmas,
San Ramón de Guaninao y El Paraná, entre otros, serían testigos del
heroico quehacer de sus miembros.
En Paraná, el 27 de septiembre de 1958, se produjo uno de los más
importantes combates protagonizado por los guerrilleros de esta zona
del III Frente, comandado por Juan Almeida. El enemigo sufrió unas
25 bajas, entre ellas la del teniente coronel Nelson Carrasco
Artiles, jefe del batallón 10, herido de gravedad y hecho
prisionero, convirtiéndose en el militar de más alta graduación
capturado por el Ejército Rebelde, durante la guerra.
En carta a Almeida, el Comandante en Jefe le expresa, el 8 de
octubre de 1958: "Te felicito por el golpe formidable del teniente
coronel. Recibí las estrellitas y el carnet (sic). Cuando esté bien
mándamelo para acá".
La tropa de Guillermo también sufrió, durante esa etapa, la
pérdida de valiosos compañeros, como la de los combatientes capitán
Roberto Ramírez Delgado, el teniente Eugenio González Montada, o la
de Julio Casamayor, quien tomó parte en las acciones del 30 de
Noviembre de 1956, en Santiago de Cuba. Su nombre, después del
triunfo de la Revolución, lo lleva la base campesina de Macustodia.
De las filas de aquella tropa saldrían varios cuadros que
ocuparon altos cargos en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, como
Ulises Rosales del Toro, Gustavo Chuí Beltrán, Jorge García Cartaya,
Roberto Viera Estrada, Lorenzo García Frías, Harold Ferrer Martínez
y Arnoldo Ferrer Martínez. Un lugar imborrable en la historia de la
Patria se ganó otro integrante de la comandancia de Macustodia, Juan
Vitalio Acuña Núñez, Vilo; el Joaquín de la Guerrilla del Che en
Bolivia. García Frías recuerda también a Miguel Espinosa, cuya vida
fue segada en el cobarde y vil atentado a un avión de Cubana, que se
precipitó al mar frente a las costas de Barbados, el 6 de octubre de
1976.
De su misión y de la del III Frente Mario Muñoz Monroy, en
testimonio ofrecido en el libro: III Frente: a las puertas de
Santiago de Cuba, expresó el comandante Guillermo: "El propio
desarrollo de las acciones guerrilleras demandaba extender la guerra
y ampliar la zona de operaciones del Ejército Rebelde hacia otros
territorios de la provincia de Oriente".
Y así lo hicieron, sus combatientes convirtieron aquella zona en
un bastión infranqueable para las tropas batistianas; les hicieron
inseguro y muy peligroso el tránsito en el tramo entre Palma Soriano
y Contramaestre, y fueron decisivos en el anillo que se tendió en
los finales de la guerra (toma de Maffo, Baire y Jiguaní), en
cooperación con otras fuerzas del III Frente y con las del Primero y
Segundo Frente, comandadas por Fidel y Raúl, para la rendición de la
fuerzas enemigas acantonadas en la capital oriental.
| Del combate de Paraná
El comandante Guillermo enfrentó aquel
combate con solo 50 de sus hombres, ante 300 efectivos, bien
armados del ejército de Batista. Comenta que la victoria
descansó en la astucia, valentía y alta moral de la tropa.
Todos sobresalieron, pero habría que
destacar a Echeverría con su calibre 30 y el coraje de Vilo
Acuña, quien resistió más de cuatro horas y preservó
nuestras posiciones, incluso no las abandonó aun cuando
quedó sin parque, expresó García Frías.
Tras casi 12 horas, la situación quedó bajo
control total de la Comandancia de Macustodia. "El
prisionero Carrasco Artiles, herido, lo llevamos hasta el
poblado de Avisinia. Tuvimos que ponerle escoltas, porque
allí los campesinos le gritaron ¡asesino! ¡asesino! querían
lincharlo. Expliqué que el Ejército Rebelde respetaba la
integridad de sus detenidos y que sería entregado al
comandante Almeida", expresó Guillermo.
Y concluyó: ¡Tengo que decir que Paraná fue
una victoria que le dio fortaleza y confianza a la población
campesina. Tuvieron, a partir de entonces, más fe y
convicción en nuestra victoria final, que se produciría unos
tres meses después". |