Usted
conoce el cono abizcochado del helado: se coloca la bola encima y
cuando se derrite se derrama un poco del helado por la parte
inferior. Al comer el final del cono la punta inferior suele estar
seca, sin helado.
Pues algo parecido es la distribución de la riqueza en el mundo,
según la ONU: un 20 % de la población mundial, el equivalente a 1
320 millones de personas, concentran en sus manos el 82 % de la
riqueza mundial. Se hartan con la bola del helado. Y en la punta
estrecha inferior del cono los más pobres —mil millones de personas—
sobreviven con apenas el 1,4 % de la riqueza mundial.
El indicador de la riqueza de una economía se mide por el PIB
(Producto Interno Bruto). Cuanto mayor sea el PIB, mayor es el
crecimiento de un país. Tanto que el Gobierno de Lula lanzó el PAC
(Programa de Aceleración del Crecimiento), aunque debiera haberse
lanzado el PADS (Programa de Aceleración del Desarrollo
Sustentable).
Un país crece cuando su economía total se engrosa con más cifras.
Lo que no significa que cumplió su cometido, o sea que imprimió más
calidad de vida y de felicidad a su población. El crecimiento tiene
que ver con la producción agropecuaria, industrial y la expansión de
la red de servicios. Desarrollo implica escolaridad, salud,
saneamiento, vivienda, cultura y preservación del medio ambiente.
El economista Ladislao Dowbor, de la PUC-SP, tiene un buen
ejemplo para demostrar la diferencia: la Pastoral de la Niñez
favorece, con su red de 450 mil voluntarios, a miles de niños hasta
los seis años. Por lo que contribuye a la reducción del 50 % de los
índices de mortalidad infantil y al 80 % de las hospitalizaciones.
Cuantos menos niños enferman, menos medicinas se compran, menos
servicios hospitalarios se utilizan y las familias viven más
felices.
¿Estupendo, no? No para el gobierno ni para los economistas
fanáticos del PIB. Afirma Dowbor que "el resultado, desde el punto
de vista de las cuentas económicas, es completamente diferente: al
bajar el consumo de medicamentos, el de ambulancias, el uso de
hospitales y de horas trabajadas por los médicos, también se reduce
el PIB". Al obtener salud con un gasto de apenas 0,80 dólares por
niño/mes, la Pastoral de la Niñez hace caer el PIB, aunque sube la
felicidad de la nación.
Alegrarnos por el crecimiento del PIB no significa que el país
vaya en la dirección correcta. Vea por ejemplo la China, cuyo PIB es
el que más crece en el mundo. Ni por eso nos causa envidia la
calidad de vida de su población. Si el despalamiento de la Amazonía
—pelada ahora en un 17 % de su área total— aumenta, más se
introducirán allí el agronegocio y rebaños inmensos, lo que haría
crecer el PIB, así como reducir el equilibrio ambiental y nuestra
calidad de vida.
El problema número uno del mundo no es económico, es ético.
Perdimos la visión del bien común, de pueblo, de nación, de
civilización. El capitalismo nos ha infundido la noción perversa de
que la acumulación de riqueza es un derecho y que el consumo de lo
superfluo es una necesidad.
Compare estos datos: según la ONU, para facilitar la educación
básica a todos los niños del mundo sería preciso invertir, hoy, 6
mil millones de dólares. Y solo en los EE.UU. gastan cada año en
cosméticos 8 mil millones.
El agua y el alcantarillado básico de toda la población mundial
quedarían garantizados con una inversión de 9 mil millones de
dólares. El consumo de helados por año en Europa representa el
desembolso de 11 mil millones de dólares.
Habría salud elemental y buena nutrición de los niños de los
países en desarrollo si se invirtieran 13 mil millones de dólares.
Pero en EE.UU. y Europa se gastan cada año en alimentos para perros
y gatos 17 mil millones; 50 mil millones en tabaco en Europa; 105
mil millones en bebidas alcohólicas en Europa; 400 mil millones en
estupefacientes en todo el mundo; y más de un millón de millones en
armas y equipamientos bélicos en el mundo.
El mundo y la crisis que le afecta sí tienen solución. Siempre
que los países fueran gobernados por políticos centrados en otros
paradigmas que huyan del casino global de la acumulación privada y
de la incontenible espiral del lucro. Paradigmas altruistas,
centrados en la distribución de la riqueza, en la preservación
ambiental y en el compartimiento de los bienes de la Tierra y de los
frutos del trabajo humano.
Ponga mucha atención a los candidatos que este año merecerán su
voto para alcaldes y concejales. Investigue su pasado para saber con
quién se va a comprometer de hecho.
Ah, ¿que a usted no le gusta la política? No sea ingenuo: quien
se aparta de la política será gobernado por aquellos a quienes sí
les gusta. Precisamente lo que los políticos corruptos desean es que
la omisión de usted asegure la perpetuación de ellos en el poder.
(Tomado de Adital)