Un hombre más para cantar

ROGELIO RIVERÓN

Hace más de veinte años, engarcé en un sinuoso relato un fragmento de un poema sin título de Rolando Escardó. "Mudo. No me encuentro a nadie que me salude ni me diga nada. Soy un extraño en mi ciudad", dicen los versos de lo que me parece una de las piezas más logradas del estilo coloquial que defendió la señalada Generación de los Años Cincuenta. No recuerdo cuántas veces más releí ese texto, pero ahora atisbo en Isla y otros poemas (Letras Cubanas, 2010) una parecida sensación de totalidad y de movimiento.

El poeta Rolando Escardó.

Ciertas manías de lector nos hacen ver en la poesía de Rolando Escardó (1925-1960) el resumen de una existencia afanosa, tronchada en su cénit. Puede que tengamos razón, pues ese concepto, el autor, es algo demasiado fuerte como para ser desvinculado con facilidad del texto, aun cuando este sea de ficción. Isla y otros poemas, un compendio de Juan Nicolás Padrón, reúne buena parte de una obra cuya coherencia parece atizada por el presentimiento. Dividido en cinco secciones, son casi doscientas páginas que aglutinan un pensamiento hermoso, algo que digo, por fin, con alivio. Escardó, quien fue autodidacto, modeló su coloquialismo con más de una peculiaridad. Se sabe que leyó a César Vallejo y a Vladimir Maiakovski, y también que tenía interés por la espeleología y por algunas asignaturas del Medioevo.

No lo traigo a colación a modo de parábola, sino para reiterar mi respeto por esas determinadas dislocaciones que me apresuro a ver en su conversacionalismo. Su discurso es más bien humilde. Dice su experiencia desde una tácita fragilidad como individuo, para inmediatamente superarla en el lenguaje. Su paradoja es la grandeza de la finitud humana, si no es demasiada mi impertinencia. Como al tanto de que no dispone de mucho tiempo, sus poemas son a veces la anotación de un desarrollo, de sentimientos en camino. Es sensible y descreído. Un simple conteo deja ver su preferencia por dos ideas: la muerte y la luz.

Sus dos libros de versos, Libro de Rolando y Las ráfagas, son póstumos, ambos de 1961. Su muerte produjo un torrente de artículos, testimonios, crónicas, de colegas tan diversos como Fina García Marruz, Antón Arrufat, Ambrosio Fornet, Calvert Casey o Virgilio Piñera. Era teniente del Ejército Rebelde. Isla y otros poemas, una antología que quizás Letras Cubanas retuvo demasiado, es un recordatorio de buena poesía.

 

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