Ciertas manías de lector nos hacen ver en la poesía de Rolando
Escardó (1925-1960) el resumen de una existencia afanosa, tronchada
en su cénit. Puede que tengamos razón, pues ese concepto, el autor,
es algo demasiado fuerte como para ser desvinculado con facilidad
del texto, aun cuando este sea de ficción. Isla y otros poemas, un
compendio de Juan Nicolás Padrón, reúne buena parte de una obra cuya
coherencia parece atizada por el presentimiento. Dividido en cinco
secciones, son casi doscientas páginas que aglutinan un pensamiento
hermoso, algo que digo, por fin, con alivio. Escardó, quien fue
autodidacto, modeló su coloquialismo con más de una peculiaridad. Se
sabe que leyó a César Vallejo y a Vladimir Maiakovski, y también que
tenía interés por la espeleología y por algunas asignaturas del
Medioevo.
No lo traigo a colación a modo de parábola, sino para reiterar mi
respeto por esas determinadas dislocaciones que me apresuro a ver en
su conversacionalismo. Su discurso es más bien humilde. Dice su
experiencia desde una tácita fragilidad como individuo, para
inmediatamente superarla en el lenguaje. Su paradoja es la grandeza
de la finitud humana, si no es demasiada mi impertinencia. Como al
tanto de que no dispone de mucho tiempo, sus poemas son a veces la
anotación de un desarrollo, de sentimientos en camino. Es sensible y
descreído. Un simple conteo deja ver su preferencia por dos ideas:
la muerte y la luz.
Sus dos libros de versos, Libro de Rolando y Las
ráfagas, son póstumos, ambos de 1961. Su muerte produjo un
torrente de artículos, testimonios, crónicas, de colegas tan
diversos como Fina García Marruz, Antón Arrufat, Ambrosio Fornet,
Calvert Casey o Virgilio Piñera. Era teniente del Ejército Rebelde.
Isla y otros poemas, una antología que quizás Letras Cubanas
retuvo demasiado, es un recordatorio de buena poesía.