Su surgimiento no fue obra de la casualidad ni del puro
voluntarismo de los que se involucraron en la empresa. Había
tradición, talento y público. Por solo citar un dato, pocos meses
antes de la fundación del organismo, el Consejo Provincial de
Cultura de La Habana había auspiciado un suceso atronador con la
puesta en escena de la versión definitiva de Cecilia Valdés
en el teatro Payret, con el propio Gonzalo Roig al frente de la
orquesta. Se hallaban en plena madurez las voces de Alba Marina, Ana
Julia, Sara Escarpenter, Rosita Fornés, Miguel de Grandy, Humberto
Diez y junto a Roig brillaban las batutas de Félix Guerrero, Rodrigo
Prats, Manolo Dúchense Cuzán y Roberto Sánchez Ferrer.
Medio siglo ofrece mucha tela por donde cortar. ¿Balance entre
luces y sombras? Habrá que hacerlo con objetividad, altura y sin
prejuicios, tanto desde la propia entidad como por parte del Consejo
Nacional de las Artes Escénicas, el Instituto Cubano de la Música y
las instituciones de la enseñanza artística, piedras angulares
vinculadas al quehacer y los resultados del TLN y del resto de las
compañías que, afortunadamente, también merecen ser ovacionadas por
su sola presencia. Dicho sea esto último porque más que competencia,
debe tomarse como un logro que Pinar del Río cuente con una
agrupación tan esforzada, y con 50 años también de continuidad, que
Holguín no haya dejado caer la bandera del arte lírico musical en su
territorio; y que en la propia capital haya otra alternativa.
Esta nota persigue, sin embargo, otro propósito: llamar la
atención sobre las circunstancias y las coordenadas que gravitan
sobre el actual desempeño del TLN y sus perspectivas inmediatas.
La cultura audiovisual de nuestra época ha revolucionado en el
mundo la concepción de los espectáculos teatrales. El público cubano
no ha estado ajeno a ese influjo. Hoy día la puesta en escena de una
ópera, una opereta o una zarzuela, sin violar ciertos códigos
respetables, debe obedecer a esa dinámica si se quiere atraer a los
espectadores. Nuestro público también está mucho más informado que
50 años atrás. Basta con asomarse a las realizaciones que con ímpetu
quijotesco ha mantenido el maestro Ángel Vázquez Millares en su
programa de televisión Un palco en la ópera, o a las
frecuentes presentaciones del género en De la gran escena
para tener una idea de lo que se demanda en términos de visualidad.
Las exigencias de producción pueden espantar a cualquiera. Pero
debe tomarse en consideración el impacto de las tecnologías
escénicas que en muchos lugares del mundo se utilizan para abaratar
los costos.
Con cuatro, cinco o seis títulos en el repertorio operático y dos
o tres autores italianos y, si acaso uno o dos franceses, no se
amplían las posibilidades de disfrute y apreciación del género. Se
hace necesaria una política de repertorio que paulatina pero
sostenidamente ensanche el diapasón estético. Quizás esto sea más
complicado en el caso de las zarzuelas, pero muy bien podría
articularse una revisión crítica de la tradición. No es posible
olvidar que el primer acto del TLN, el 11 de septiembre de 1962, fue
la lectura de la zarzuela española Luisa Fernanda, que al ser
representada llegaría a nada menos que 160 funciones.
Un nuevo director tiene ahora el TLN, Eduardo Díaz, quien ha
demostrado no solo capacidad e inteligencia en el podio sino también
en la organización de la compañía. Alegra conocer sus ímpetus y
deseos para aglutinar a directores escénicos, musicales, cantantes y
promotores.
Tarea ardua pues debe luchar contra la mediocridad, los
compartimentos estancos, las parcelas y el conservadurismo. Él puede
marcar la pauta en la renovación, pero no es asunto de una sola
persona. Tendrá que recibir múltiples y sólidos apoyos. Y, sobre
todo, la comprensión institucional y social de que el TLN es un
organismo que debe estar a la vanguardia del arte lírico musical
cubano en los años por venir.