En el cincuentenario del Teatro Lírico Nacional

La hora de la renovación

PEDRO DE LA HOZ

El Teatro Lírico Nacional (TLN) cumple 50 años. El solo hecho de existir merece el aplauso a la resistencia, la constancia y la pertinencia de un proyecto que se forjó al calor de las transformaciones revolucionarias en el ámbito de la cultura en los años inmediatamente posteriores al triunfo de Enero, reflejado en la creación de un sistema institucional cuyas bases fundamentales siguen en pie y en pleno desarrollo.

Cecilia Valdés, pilar del repertorio lírico cubano.

Su surgimiento no fue obra de la casualidad ni del puro voluntarismo de los que se involucraron en la empresa. Había tradición, talento y público. Por solo citar un dato, pocos meses antes de la fundación del organismo, el Consejo Provincial de Cultura de La Habana había auspiciado un suceso atronador con la puesta en escena de la versión definitiva de Cecilia Valdés en el teatro Payret, con el propio Gonzalo Roig al frente de la orquesta. Se hallaban en plena madurez las voces de Alba Marina, Ana Julia, Sara Escarpenter, Rosita Fornés, Miguel de Grandy, Humberto Diez y junto a Roig brillaban las batutas de Félix Guerrero, Rodrigo Prats, Manolo Dúchense Cuzán y Roberto Sánchez Ferrer.

Medio siglo ofrece mucha tela por donde cortar. ¿Balance entre luces y sombras? Habrá que hacerlo con objetividad, altura y sin prejuicios, tanto desde la propia entidad como por parte del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, el Instituto Cubano de la Música y las instituciones de la enseñanza artística, piedras angulares vinculadas al quehacer y los resultados del TLN y del resto de las compañías que, afortunadamente, también merecen ser ovacionadas por su sola presencia. Dicho sea esto último porque más que competencia, debe tomarse como un logro que Pinar del Río cuente con una agrupación tan esforzada, y con 50 años también de continuidad, que Holguín no haya dejado caer la bandera del arte lírico musical en su territorio; y que en la propia capital haya otra alternativa.

Esta nota persigue, sin embargo, otro propósito: llamar la atención sobre las circunstancias y las coordenadas que gravitan sobre el actual desempeño del TLN y sus perspectivas inmediatas.

La cultura audiovisual de nuestra época ha revolucionado en el mundo la concepción de los espectáculos teatrales. El público cubano no ha estado ajeno a ese influjo. Hoy día la puesta en escena de una ópera, una opereta o una zarzuela, sin violar ciertos códigos respetables, debe obedecer a esa dinámica si se quiere atraer a los espectadores. Nuestro público también está mucho más informado que 50 años atrás. Basta con asomarse a las realizaciones que con ímpetu quijotesco ha mantenido el maestro Ángel Vázquez Millares en su programa de televisión Un palco en la ópera, o a las frecuentes presentaciones del género en De la gran escena para tener una idea de lo que se demanda en términos de visualidad.

Las exigencias de producción pueden espantar a cualquiera. Pero debe tomarse en consideración el impacto de las tecnologías escénicas que en muchos lugares del mundo se utilizan para abaratar los costos.

Con cuatro, cinco o seis títulos en el repertorio operático y dos o tres autores italianos y, si acaso uno o dos franceses, no se amplían las posibilidades de disfrute y apreciación del género. Se hace necesaria una política de repertorio que paulatina pero sostenidamente ensanche el diapasón estético. Quizás esto sea más complicado en el caso de las zarzuelas, pero muy bien podría articularse una revisión crítica de la tradición. No es posible olvidar que el primer acto del TLN, el 11 de septiembre de 1962, fue la lectura de la zarzuela española Luisa Fernanda, que al ser representada llegaría a nada menos que 160 funciones.

Un nuevo director tiene ahora el TLN, Eduardo Díaz, quien ha demostrado no solo capacidad e inteligencia en el podio sino también en la organización de la compañía. Alegra conocer sus ímpetus y deseos para aglutinar a directores escénicos, musicales, cantantes y promotores.

Tarea ardua pues debe luchar contra la mediocridad, los compartimentos estancos, las parcelas y el conservadurismo. Él puede marcar la pauta en la renovación, pero no es asunto de una sola persona. Tendrá que recibir múltiples y sólidos apoyos. Y, sobre todo, la comprensión institucional y social de que el TLN es un organismo que debe estar a la vanguardia del arte lírico musical cubano en los años por venir.

 

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