Las peticiones de Hábeas Corpus a favor de los Cinco cubanos
condenados injustamente en Estados Unidos y especialmente la
declaración jurada de Martin Garbus, abogado de Gerardo, tienen como
foco central el papel desempeñado por "periodistas" que, pagados por
el Gobierno norteamericano, crearon un ambiente de histeria y odio
irracional que atemorizó al jurado hasta declararlos culpables pese
a que la Fiscalía no presentó prueba alguna y, peor aún, reconoció
que no podía sostener su principal acusación.
No se trata, sin embargo, de un enfrentamiento de
los Cinco y sus defensores con el periodismo y los periodistas.
Es más bien todo lo contrario.
La operación montada en Miami por la Fiscalía, además de violar
la Constitución y las reglas del debido proceso, fue también un
insulto a un oficio que merece respeto. Fue un diario de Miami —The
Miami Herald— quien primero reveló la existencia de esa operación
secreta en la que participaron algunos de sus redactores a quienes,
por cierto, despidió por lo que su editor consideró una violación de
la ética periodística.
El autor de la revelación, Oscar Corral, pagó caro su apego a las
normas de la profesión. En vez de recibir un premio por su labor
investigativa fue objeto, según sus propias palabras, de "una
campaña orquestada para intimidar, hostigar y silenciar. Fue un
fuego artillero concentrado. Algunas amenazas fueron muy específicas
y mencionaban a mi familia" lo cual hizo que sus editores los
mudaran a vivir a un lugar seguro.
El periodismo verdadero fue también víctima de la prevaricación
gubernamental.
Pero ¿quiénes eran los "periodistas" pagados por el Gobierno y
por qué fueron contratados para hacer lo que hicieron?
Todos, sin excepción, eran miembros o estaban estrechamente
vinculados a organizaciones que en Miami cultivan la violencia y el
terrorismo y algunos son, ellos mismos, terroristas convictos y
confesos; algunos habían ejercido funciones periodísticas con
anterioridad y son capaces de redactar, más o menos, un par de
cuartillas, otros no habrían pasado el examen de admisión a ninguna
escuela de periodismo; todos tienen larga experiencia como
provocadores y participan asiduamente en programas radiales y
televisivos caracterizados por la procacidad y la estridencia en los
que se aboga, sin tapujos, por el uso de la fuerza contra Cuba.
Todos reunían las cualidades para ser contratados por Washington
para el cumplimiento de una labor clandestina. En otras palabras,
eran gente de confianza y por eso les encargaron el trabajo y les
pagaron generosamente, pues, después de todo, no usaron el dinero de
sus bolsillos sino el de los contribuyentes.
Todo se pagó con cargo a los presupuestos de radio y TV Martí,
que son empresas del Gobierno, financiadas por el presupuesto
federal que se nutre de los impuestos y otros aportes que hace el
público, o sea, los ciudadanos y los residentes en Estados Unidos.
Pero estos, quienes, sin saberlo, la pagaban, nada supieron de esta
operación encubierta.
Por eso la declaración de Garbus destaca que estamos ante un
asunto de importancia excepcional. Ante todo para los Cinco
compatriotas que pronto cumplirán catorce años privados de su
libertad. Pero es importante también, y mucho, para quienes no están
encarcelados.
Lo es, especialmente, para los periodistas verdaderos, sin
comillas, los que ejercen honestamente una profesión que otros
prostituyeron y la convirtieron en instrumento para secuestrar a
cinco inocentes.
Al final de su declaración Garbus menciona al Fiscal General de
Estados Unidos: "El Fiscal General Eric Holder Jr. no fue
responsable por este caso cuando comenzó. Pero lo es ahora".
Los profesionales del periodismo y los medios de prensa más allá
de Miami no fueron responsables de este crimen cuando se produjo.
Pero ahora que ya saben lo que ocurrió no pueden evadir su
responsabilidad. El silencio ahora sería complicidad. (Tomado de
antiterroristas.cu)