La
gran ironía del caso de
los Cinco parece ser su relación con los medios de comunicación.
En Miami el caso tuvo una cobertura desmesurada y los
"periodistas" y medios locales fueron instrumentos claves para crear
un ambiente de odio irracional que condicionaría un resultado
preestablecido por el gobierno. Los supuestos profesionales de la
prensa distorsionaron los hechos, mintieron y fabricaron una imagen
que mostraba a los acusados como amenazas inminentes para la
comunidad. En su condición de asalariados encubiertos del gobierno,
los tales "periodistas" cumplieron con lo que orientó quien les
pagaba.
Coordinaron su actividad con la Fiscalía y con los grupos
terroristas desde la fase de selección del jurado y lo hicieron
especialmente para introducir, más de siete meses después del
arresto, una nueva y totalmente inventada acusación de "conspiración
para cometer asesinato". Alrededor de esta infame calumnia giró la
mayor parte del juicio y de la atención mediática. El jurado se vio
asediado constantemente por entrevistas y conferencias de prensa de
colegas y familiares de las víctimas, realizadas ante ellos a la
entrada y a la salida del tribunal. Después volverían a encontrarlos
en sus casas por la radio y la televisión. En sus propios hogares
podían además verse a sí mismos perseguidos por cámaras y micrófonos
cuando abandonaban la sede de la Corte.
Más allá de Miami el proceso de los Cinco no atrajo el interés de
las grandes corporaciones de la información. Del caso no se habló en
los despachos de las agencias cablegráficas, no apareció en las
publicaciones impresas ni en la radio y la televisión fuera de la
Florida. No encontró espacio una sola vez ni en los canales de
televisión dedicados exclusivamente a los tribunales que transmiten
veinticuatro horas diarias en Estados Unidos.
¿Cómo explicar ese desinterés? Era, entonces, el juicio más
prolongado en la historia de Estados Unidos; en él comparecieron,
como testigos, generales, coroneles y altos oficiales y expertos
militares, un almirante y un asesor del Presidente de la República;
desfilaron ante la Corte connotados terroristas, que se
identificaron como tales, algunos ostentando indumentaria guerrera¸
se trataba de un pleito que implicaba las relaciones internacionales
y cuestiones vinculadas, real o supuestamente, con la seguridad
nacional y el terrorismo, tópicos predilectos de los grandes medios.
Pero nadie dijo nada más allá de la prensa local, para el resto de
la gente el juicio sencillamente no existió.
Ignoraron el tema fuera de Miami, aunque sus corresponsales y
emisoras filiales en ese lugar lo reportaron todos los días y
participaron con entusiasmo en el frenesí mediático que inundó la
ciudad.
La férrea censura impuesta a este caso permitió la asombrosa
impunidad con la que las autoridades protegieron a los terroristas y
castigaron injusta y cruelmente a cinco hombres que los enfrentaron
heroicamente, desarmados, sin emplear la violencia, sin hacer daño a
nadie. La Fiscalía nunca escondió que ese era su propósito. Lo dijo
con todas las letras, muchas veces, como consta en las actas del
proceso, sin preocupación alguna porque confiaba en el riguroso
silencio de los grandes medios, porque sabía que el público
normalmente no lee las transcripciones oficiales ni asiste a las
sesiones del tribunal y se entera de lo que allí ocurre por las
versiones periodísticas.
Los jurados, por su parte, veían cada día, durante más de medio
año, cómo en la sala del tribunal los fiscales charlaban
amistosamente con testigos que alardeaban de su militancia violenta
y su trayectoria terrorista, escuchaban las encendidas arengas de
unos y las amenazantes peroratas de los otros.
Al regresar a casa con sus familias y sus vecinos, las mismas
imágenes los acosaban. Eran rostros y voces conocidas.
Poco antes habían surgido por los mismos medios cuando
secuestraron a un niño de seis años, Elián González, desafiaron al
gobierno federal y a sus jueces, crearon el caos en la ciudad y
amenazaron con incendiarla. Recordaban que nadie fue castigado ni
enviado ante ningún tribunal. Los jurados, habían sido testigos de
aquella insólita impunidad y temían que se repitiese y se volviera
ahora contra ellos si no entregaban el veredicto exigido por la
turba y así lo habían confesado muchas veces cuando se les
entrevistó durante el proceso de selección del jurado. Tenían miedo.
Y el miedo aumentó después, según pasaban aquellos largos meses y
crecía, cada vez, más cuando los "periodistas" los perseguían con
sus luces y sus micrófonos. Muchas veces se quejaron y la Jueza les
dio la razón. Pero todo siguió igual.
Los fiscales, por su parte, les repetían hasta el cansancio que
ellos, los jurados, tenían una grave responsabilidad, de ellos
dependía, nada más y nada menos, que la supervivencia de los Estados
Unidos y de esa comunidad que los estaba mirando.
Tenían miedo y se sentían abandonados. Ni una sola voz se alzó en
los medios locales para defenderlos y llamar al sosiego y la
prudencia. Querían sobre todo terminar con aquel maldito juicio,
regresar a casa y ser olvidados.
Les tomó poco tiempo decidirse. El juicio más largo de la
Historia concluyó con el veredicto más rápido. Pero eso, tampoco fue
noticia.