El 11 de septiembre de 1980 el terrorismo financiado por Estados
Unidos asesinó al diplomático cubano Félix García Rodríguez en plena
calle de Queens, Nueva York. La mano ejecutora fue la de Pedro Remón
Rodríguez, un terrorista norteamericano de origen cubano pagado por
Estados Unidos.
Félix García fue interceptado en su vehículo y baleado por el
sicario Remón, integrante del grupo contrarrevolucionario Omega-7.
Al estrellarse el auto de Félix contra un vehículo que transitaba en
dirección contraria, el asesino se bajó y volvió a dispararle.
Las denuncias del Gobierno cubano recalcaban entonces la
impunidad con que actuaban en suelo norteamericano los grupúsculos
contrarrevolucionarios, autores de numerosos atentados contra los
representantes de la Isla en la ONU. Es la misma impunidad con la
que hoy se pasean por las calles de aquel país.
Remón, con una extensa hoja de servicios en el terrorismo contra
Cuba, cómplice de Luis Posada Carriles en la preparación del
atentado contra el Comandante en Jefe Fidel Castro, en Panamá, el 18
de noviembre del 2000, detenido allí y luego indultado por la
expresidenta Mireya Moscoso, entre otras fechorías, es señalado
también como el asesino del joven de origen cubano, radicado en
Puerto Rico, Carlos Muñiz Varela, el 28 de abril de 1979, por sus
activas relaciones con Cuba.
A Félix se le recuerda por su sencillez, originalidad, simpatía
innata y desbordante, habilidades múltiples, desenfadado
desprendimiento y sentido de solidaridad humana.
Su masivo funeral en Cuba, además de reflejar el repudio de
nuestro pueblo a las cobardes agresiones que durante décadas han
realizado mercenarios al servicio del imperio, también conllevaba la
ira de todos los que lo conocieron.
Llevaba la Revolución en las venas y todo lo que hacía era regido
por los principios que había abrazado para toda la vida.
Ese es el ejemplo que Félix nos deja: de trabajador infatigable,
conducta vertical y combatividad permanente.