Crónica de un espectador

Poe, La colombiana y un singular Reino animal

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Varios estrenos en cines y salas de video esta semana dan de qué hablar. Hablaría Allan Poe al ver en qué lo convirtió el director James McTeigue, autor de un filme nada despreciable como V de venganza. Su coproducción de este mismo año (España, Hungría, Estados Unidos), titulada El enigma del cuervo (Yara y Acapulco) trata de captar el mundo tenebroso y desequilibrado del escritor y poeta a partir de la inspiración de varios de sus relatos, e imbricarlo en un thriller de ficción en el que John Cusack le da vida al primer maestro del relato corto, en especial de terror y misterio.

El enigma del cuervo.

A frotarse las manos entonces, pudieran pensar los seguidores de Poe, pero sucede que no calibrarán a Poe y su convulso mundo interno, tan retador para cualquier artista que hoy día pretenda desentrañarlo, sino un policiaco de asesino en serie que, aunque ubicado en el Baltimore del siglo XIX, deslizará las truculencias y resbalones hoy por hoy demasiado apreciables en el género, lo mismo en el cine que en la televisión.

Cierto que está de moda el lavado de cara o modernización de ciertos íconos de la cultura, pero Poe no es Sherlock Holmes y si resultó algo extraño tragarse (para después disfrutarlo, justo es reconocerlo) a este último en la piel de Robert Downey Jr, hay que ser un desconocedor absoluto de la obra del autor de El cuervo ("Una vez, en una aterradora medianoche, mientras yo reflexionaba, débil y cansado¼ ") para asimilarlo en la piel de un héroe de acción envuelto en una trama carente de fuerza.

Y con La colombiana Luc Besson reitera la escasa agua que le queda a su pozo creativo. Esta coproducción con Estados Unidos se inspira en un clásico del francés de 1991, Nikita, que tuvo un remake en los Estados Unidos. Pero Besson es ahora productor y le da la batuta a uno de sus discípulos, Olivier Megaton, con las instrucciones de convertir a la damita de turno en una vengadora latinoamericana pulida en las mañas asesinas asentadas en el norte. Promete el filme en sus inicios, pero ya cuando la niña salta por la ventana y escapa de los asesinos de sus padres (todos mafiosos vinculados con la droga) y corre por calles y azoteas convertida en una ninja incapturable, se barrunta, paso a paso, por dónde correrá la liebre fílmica.

Malos, muy malos sofritos a ratos en pinceladas de humor no salvan a este thriller copiador de fórmulas y casi de muñequitos, y la protagonista Zoë Saldana, tras el primer impacto que ejerce su grácil compostura, termina cansando, no por ella, sino por el guion.

Otra cosa es Animal Kingdom (Reino animal, 2010) que se exhibe en el multicine Infanta. Un título simbólico que hace referencia a la relación de una familia de delincuentes y criminales, cuyos integrantes se relacionan en buena medida mediante los instintos básicos de una selva. Ópera prima impactante y bien realizada por el australiano David Michôd, la historia se desarrolla en los tiempos actuales, pero se inspira en hechos reales que tuvieron lugar en la ciudad de Melbourne durante la década de los años ochenta, días en que, según parece, el enfrentamiento entre las bandas criminales y los escuadrones de la policía adquirieron las características de una guerra entre pandillas, incluidas las ejecuciones sin demasiado miramiento entre ambos bandos.

En el primer minuto se sabrá que el joven protagonista acaba de perder a su madre y sin saber qué hacer llama por teléfono a su abuela distante, que no es precisamente una abuelita a lo Caperucita roja. A partir de ese momento se asistirá a un despliegue de firmeza narrativa y profundidad dramática y psicológica. Tensión que se respira y manipulación de unos seres por otros que serán una constante en la trama. Sin olvidar el miedo que habita en cada uno de los personajes y, por ende, los demonios que llevan dentro, listos a arrasar con cuanta inocencia y honestidad encuentren a su paso sin dejar puerta abierta a la redención.

Excelente y dura película, sin animales aparentes.

 

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