El economista John Maynard Keynes dio una conferencia en la
Residencia de Estudiantes en junio de 1930. Sus palabras mezclaron
el saber y los ejercicios proféticos. El insigne profesor del King’s
College de Cambridge habló sobre la posible situación económica de
nuestros nietos. La admiración esperanzada que debió sentir el
público se disuelve hoy en una sonrisa melancólica. Keynes anunciaba
una próxima jornada laboral de tres horas. No haría falta más en un
mundo de labores bien repartidas. Los grandes avances técnicos iban
a facilitar la producción y a dignificar el trabajo.
El fracaso de la profecía puede invitarnos a pensar en la
situación ridícula de muchos economistas contemporáneos que dan
consejos y dictan órdenes en nombre de la ciencia. No resulta muy
airoso aconsejar recortes sociales o rebaja de sueldos y exigir el
empobrecimiento de los ciudadanos cuando se es incapaz de ver,
denunciar y remediar estafas, crisis, quiebras y burbujas que
estallan a un metro de distancia. ¡Que vienen los economistas!
¡Todos al suelo! Colocados por la evolución de la sociedad en la
primera línea de la cultura, junto a los periodistas y los
científicos, sus fracasos espectaculares tienen una gran
responsabilidad en el descrédito generalizado de la autoridad
intelectual.
Pero la historia de la conferencia de Keynes es algo más que un
monumento a la ingenuidad. Sir George Grahame, embajador británico
en Madrid, fue el encargado de concretar los detalles del
acontecimiento en nombre del Comité Hispano-Inglés. En sus cartas al
economista pueden leerse algunos motivos de preocupación. Los
miembros de dicho comité, patrocinado por las subvenciones estatales
y los banqueros, temían que las opiniones de Keynes molestasen a los
intereses financieros de la dictadura o a los negocios de la banca.
Aunque se dedicó a la ciencia-ficción más que a un análisis sobre
España, la conferencia del economista sufrió cambios y censuras
cuando el comité la tradujo al español para disfrute de un público
respetable, pero poco respetado.
La sonrisa del lector se tiñe también aquí de melancolía. Si
hablamos desde un generoso punto de vista formal, España superó por
fin el problema de la dictadura, aunque para conseguirlo tuviese que
soportar el asalto militar a una República, una guerra civil, 40
años de dictadura y una Transición a la virulé. Pero los bancos
siguen ahí. Nos despertamos todos los días y siguen ahí, como el
dinosaurio de Monterroso. Y la verdad es que si los nietos de Keynes
no tienen una jornada laboral de lujo, gracias a los avances
tecnológicos, no se debe a la ingenuidad del sabio, sino al
minucioso trabajo de explotación de los bancos. Ellos, con la
colaboración imprescindible de sus políticos y sus economistas de
cámara, han conseguido que vivamos en un mundo en el que la
población empobrece de manera alarmante mientras las grandes
fortunas acumulan la riqueza. Un mundo que gasta todos los días 4
000 millones de dólares en armamento mientras mueren todos los días
60 mil personas de hambre.
Una de las grandes victorias de los especuladores es que han
conseguido dinamitar la esperanza y las ilusiones colectivas. Por
eso creo que ahora, en tiempos de desorientación, resulta más
importante la capacidad de admirar a la gente honrada que la
necesidad de criticar a los desalmados. Se merecen nuestro odio,
pero más necesario que odiar a los especuladores es admirar a las
personas que ofrecen alternativas. Así se titula, Hay
alternativas (Sequitur, 2011), el libro que, con prólogo de Noam
Chomsky, han publicado Vicenç Navarro, Juan Torres y Alberto Garzón.
Defienden una economía al servicio de las personas, explican las
grandes estafas de los bancos y exigen a los políticos que impongan
la legalidad sobre las finanzas y los financieros. Hay economistas
que no son sacerdotes del poder.
La hija de don Alberto Jiménez Fraud, director de la Residencia,
tenía un álbum de firmas. Keynes le escribió: "A Natalia, para
decirle que los colleges son la cosa mejor del mundo; así es que
vive en el núcleo creativo de lo más noble y codiciable que puede
ofrecer la civilización". Así que cuidado con los que nos están
enseñando a odiar. Cuidado con el descrédito de la educación y la
cultura. (Tomado de La realidad y el deseo, blog alojado en
Publico.es)