"Compilación sin pruritos de antología" llama Virgilio López
Lemus a la generosa selección de la poesía de José Ángel Buesa que
preparó para Letras Cubanas. Alude a la intención —más bien
necesidad— de ofrecer en principio al lector cubano una muestra lo
suficientemente amplia de una obra que muchos conocemos, sobre todo,
a través del prejuicio.
Razonemos. Los límites de esa poesía sensorial parecen
encontrarse en la intención de hacernos creer que toda la
importancia de la vida se concentra en las relaciones sentimentales,
y que fuera de ese espacio no vale la pena ninguna especulación. No
es raro que quien acierte a rebasar ese supuesto —hacia adelante:
Guillén; o hacia atrás: Martí, pues la poesía no es la historia de
la poesía, en esa engañosa derivación ascendente— se resista a lo
que con probabilidad considerará un mero desfile de emociones. Pues
bien, un mérito básico de Nadie sabe por qué¼
(2011) radica en mostrarnos a un poeta capaz de dar lustre a los
lugares comunes de la pasión afectiva, y que trasciende como el
ejemplo más rutilante de un neorromanticismo que, según recuerda
López Lemus, representa la sensibilidad de un sector de la población
cubana.
A propósito del mote de cursi que en ocasiones le acomoda a José
Ángel Buesa (1910 -1982), no sería menos cursi venir a esta obra con
aires indulgentes. Conociendo los modos que ha elegido, parece más
útil constatar que como poeta Buesa alcanzó a pulir un estilo
rotundo y vibrante, con estudiados recursos para eso que los malos
reseñistas expresan con la frase "atrapar al lector". Y los atrapa,
sin duda, sobre todo porque supo apostarse en territorio de lectores
eventualmente cándidos, a quienes presta sus versos en actitud
confidente. Cápsulas que acomodan a una u otra congoja, elaboradas
con sutil minuciosidad. Es motivo de interés —insisto— el hecho de
que el villareño no considerara necesario penetrar en otros temas,
lo que lo coloca en desventaja respecto a colegas afines al tono
elegíaco, o simplemente pasional.
En contraste con el fervor de sus composiciones, Buesa dispone de
una lucidez casi abusiva para trazarse estrategias en ese único
tema: el amor. Él mismo lo proclama, y se sabe un triunfador, aunque
el afán con que habla de su ventaja sobre los adeptos a una poesía
sin duda más esencial, parece un recurso defensivo. Digo "más
esencial", no porque el amor y su exploración en estado poético
merezcan menosprecio, sino porque encerrarse casi a cal y canto en
ese asunto y, aún más, en sus formas clásicas, con rima, metro
impecable y aquella elocuente musicalidad, tiene algo de
artificioso.
Manifiesto, es obvio, la opinión de otro tipo de lector. Para
precisar, de aquellos que se entienden más a sí mismos leyendo a
Fedor Sologub (1863-1927) o a Ángel Escobar (1957-1997), pero tal
vez estas lecturas sean las que ayuden a comprender, por contraste o
complementariedad, la pertinencia de una obra como la de José Ángel
Buesa, aun si no tuviéramos la entereza mínima para departir con
ella. Muchos la tendrán, y con derecho. Sería interesante verificar
también qué acogida les darán esas generaciones pasadas por el
reguetón, dicho sin desdén. De momento, estamos frente a la más
completa selección de esos versos hecha en Cuba, gracias al
conocimiento equilibrado de Virgilio López Lemus.