Para
Abelardo Estorino no fue difícil meterse bajo la piel de Juan Rulfo
y respirar el aire irrepetible de ese pueblo maldito y mágico donde
suceden los avatares de la novela Pedro Páramo.
"Lo verdaderamente complicado y desafiante —explica— estuvo en
tratar de transformar ese dislocamiento del tiempo y el espacio que
recorre la narración en una obra que obedezca a los principios de la
representación teatral".
Ecos y murmullos de Comala acaba de ser estrenada en la sala
Hubert de Blanck por la compañía teatral de igual nombre y ocupará,
por lo pronto, el escenario de Calzada entre A y B este fin de
semana, con funciones nocturnas viernes y sábado y el domingo a las
5:00 p.m.
Se trata de la más reciente obra de Estorino, dirigida por el
propio autor.
"Décadas atrás —confiesa— había leído y disfrutado mucho la
novela, la única que se conoce del escritor mexicano, a quien todos
sabemos un maestro del cuento, como lo demostró con El llano en
llamas. La vivencia de la primera lectura dejó un sedimento que
me compulsó a releer hará un par de años sus páginas. Entonces
decidí traducir el mundo de Rulfo a la escena. Hice anotaciones y de
pronto fue creciendo un libreto para la escena. La novela es un
punto de partida, lo que sucede en la obra teatral va por mi cuenta
y riesgo. Eso sí, he tratado de ser fiel a Rulfo".
Pedro Páramo transcurre en un pueblo fantasmal, donde el
único ser vivo, Juan Preciado, se encuentra con los muertos. Esa
atmósfera reverberante, en la que la realidad es subvertida por la
representación mítica, constituye el núcleo de la versión de
Estorino.
"A medida que fui avanzando en la escritura —explica el maestro—,
me di cuenta de que la tarea no era ajena a mí. Encontré puntos de
contacto con la manera en que afronté La dolorosa historia del
amor secreto de José Jacinto Milanés y luego Vagos rumores,
en cuanto al diálogo entre las realidades de la vida y la muerte".
No es esta, Ecos y murmullos¼
la primera vez que la literatura de otros anima el quehacer teatral
del autor. Recuérdese Parece blanca (1994), cuyo personaje
protagónico es Cecilia Valdés. También en 1962 adaptó para la escena
la novela Las impuras, de Miguel de Carrión.
"Quiero decirte que la mejor manera de llevar la narrativa a la
escena es instalarse en la cabeza del escritor. Sobre Rulfo llegué a
saber más que de mí mismo. Leí una y otra vez la novela y cuanto
texto estuviera a mi alcance sobre Pedro Páramo y Rulfo".
No deja de sorprender la vitalidad de Estorino, quien a los 87
años de edad —"no te preocupes, no voy a vivir 120", acota
bromeando— dirige sus propias obras.
"Dirigir me gusta, mucho más mis piezas. Pero me fatiga vérmelas
con un elenco tan grande, diecisiete actrices y actores, que vienen
a los ensayos y a las funciones con sus problemas. Creo que esta vez
será la última que me enfrento a una obra con un elenco tan nutrido.
No voy a renunciar a esta faena; solo que en lo adelante, cuando
dirija, lo haré en piezas a lo sumo de dos o tres personajes".
Sin embargo, encuentra compensación en la reacción del público.
"Los espectadores no han sido muy numerosos en esta temporada de
estreno. Yo digo jugando que en vez de Ecos y murmullos...,
la obra debía llamarse Truenos y relámpagos..., porque la lluvia ha
acompañado casi todas las funciones y eso ha limitado la afluencia
del público. Pero estoy satisfecho con la acogida de los que han ido
a la sala. Han entendido un juego dramático lleno de sugerencias,
donde la actuación es decisiva, puesto que a mí no me gustan las
complejidades escenográficas. El peso de la historia lo llevan los
actores".
Laureado doblemente con el Premio Nacional de Literatura en 1992
y el Nacional de Teatro en el 2002, a Estorino le alegraría que
algún director pusiera en escena una obra suya todavía no
representada, como El tiempo de la plaga, una recreación del
clásico Edipo rey, y espera a que, al fin, en la próxima
Feria Internacional del Libro de La Habana vea la luz su Teatro
completo, al cuidado del crítico y teatrólogo Omar Valiño Cedré,
aunque aclara: "Va a ser incompleto, dado que faltará Ecos y
murmullos¼ y lo demás que seguramente
iré escribiendo hasta que me alcancen las fuerzas".
Al repasar retrospectivamente su compromiso con la escena cubana,
Estorino presenta un saldo de muchas más satisfacciones que
carencias.
"Vivo el teatro. Mi encuentro con Raúl (Martínez, el gran pintor
cubano), con Virgilio (Piñera), con el ambiente de la creación,
cambió mi vida. Di tú, ahora sería un dentista retirado, porque ese
iba a ser mi destino. Por cierto, encuentro muy bien el programa
conmemorativo del centenario de Virgilio. Fuimos amigos, aun con las
cosas de Virgilio. Él, para fastidiarme, decía que como dramaturgo
yo trascendería por La cucarachita Martina, por una versión
que hice de esa obrita".
Un solo reparo pone a la puesta en escena de Ecos y murmullos¼
: "Es algo insalvable, la ausencia de Adria Santana. Extraño sus
aportes, su inteligencia, su agudeza, su humanidad. Su pérdida me
dolerá siempre. Era como de la familia¼
".