El capitalismo neoliberal, con sede en los Estados Unidos, domina
el mundo actual, unipolar, a pesar de fuertes resistencias. No
satisfecha, la voracidad estadounidense mira al espacio cósmico. La
historia del imperialismo se basó en incursiones por tierra (los
romanos y Alejandro Magno), mar (España y Portugal) y ahora aire.
Después de pisar la luna y plantar en su suelo la bandera de los
EE.UU. (si tuviera más sentido, la Casa Blanca debería haber llevado
la de la ONU), la NASA hace aterrizar en Marte el robot Curiosity,
después de viajar 570 millones de kilómetros en poco más de ocho
meses, con un costo de 2 500 millones de dólares.
Sé por fuentes fidedignas cómo fue recibido el Curiosity por los
marcianos.
—¿Qué diablos cayó en nuestro territorio?, preguntó Elysium a su
mujer Memnonia.
—Por su aspecto parece basura del planeta Agua.
—¿Aquel azul?
—Sí, cuyos habitantes denominan equivocadamente Tierra, aunque
esté compuesto de un 70 % de agua.
—Pero no me parece que sea basura, Memnonia. Mira, es un aparato
articulado.
—Quizás haya venido a espiar nuestra civilización, respondió la
mujer.
—Eso no me preocupa. ¿Recuerdas cuando, en la década de 1950,
nuestros platillos voladores fueron hasta allá?
—Sí, Elysium, fue una decepción. Las imágenes de la TV captadas
por nuestras naves demostraron que allí no había vida inteligente.
—De hecho, en materia de ciencia y tecnología los terrícolas
estaban muy atrasados. Sus aeronaves todavía copiaban el formato de
los pájaros, y hoy sus naves espaciales tienen aspecto bélico y
gastan mucho combustible para atravesar la atmósfera.
—Lo que me impresionó —observó Memnonia— fue el contraste entre
la sofisticación de ciertos equipos y la miseria en que vivía tanta
gente. Mientras algunos viajaban en vehículos de lujo, otros vagaban
por las calles suplicando comida. ¿Cómo es posible una civilización
que no prioriza la vida de sus semejantes?
—¿Recuerdas que comentamos que, al contrario de lo que sucede con
nosotros, ellos son visibles unos a otros? No tenían el don de la
invisibilidad, como lo tenemos nosotros. Todavía viven muy apegados
a los sentidos y a la razón. No han ingresado a la esfera de la
espiritualidad.
—Elysium, si este aparato vino a espiarnos, no va a obtener mucho
más allá de las propiedades de nuestro suelo y de nuestro clima. No
podrá captar el avance de nuestra civilización.
—Pero admito que me gustaría exponerles a los terrícolas un poco
de nuestra historia; quizás eso les ayudara a evolucionar.
—Pero sabemos, Memnonia, que hay entre ellos no pocas personas
que también enseñan lo que nuestros patriarcas dijeron, aunque por
desgracia la mayoría no les para mientes.
—Serían más felices —enfatizó la mujer— si cambiaran la
devastación ambiental por la preservación; la apropiación privada
por el compartir; la guerra por la paz; las armas por herramientas;
la opresión por la justicia.
—¡Qué positivo fue para nosotros el recorrer ese camino de
sabiduría! Hoy, el alto grado de amorización de nuestro pueblo nos
permite una transparencia tal, que tanto nuestro pueblo como nuestra
naturaleza son invisibles a los ojos ajenos.
—¿Tú crees que debiéramos arrojar al espacio ese raro aparato?
—Mejor no, Elysium. Preservemos nuestra identidad y la paz con
los vecinos. No olvides lo que hicieron los terrícolas
cuando descubrieron un nuevo mundo repleto de pueblos indígenas.
Nuestra invisibilidad nos dará protección. Mejor dejemos esa
maquinita rodando por ahí. Será divertido verla restringida a los
aspectos geológicos y climáticos de nuestro planeta.
—Tienes razón, Memnonia. El amor que nos une y nos hace felices
no podrá ser captado, puesto que los terrícolas todavía tendrán que
hacer un largo viaje hasta conquistar la globoamorización que reina
entre nosotros.