Los gallísimos sueños de Mariano

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Dentro de los muchos pintores cubanos que se plantearon en la primera mitad del siglo XX la necesidad de expresar en sus telas y cartulinas los rasgos de la identidad nacional, uno de los más sobresalientes, por el modo orgánico de encarar el asunto y hacerlo sin concesiones populistas, dotado de un sentido auténtico y a partir de una asimilación crítica de las vanguardias europeas de la época y los hallazgos de la escuela mexicana, fue sin lugar a dudas Mariano Rodríguez.

Mariano Rodríguez junto al célebre compositor argentino de tangos Astor Piazzolla, durante una visita de este a La Habana.

Al conmemorarse este viernes 24 de agosto el centenario de su nacimiento en La Habana, su obra adquiere el relieve de la permanencia, con valores que se consolidan con el paso del tiempo.

Desde el punto de vista temático, esa cubanía se expresó en íconos por los cuales se suelen identificar prontamente las realizaciones de Mariano: guajiros, gallos, frutas, masas en movimiento. Sin embargo, cuando se observa detenidamente su producción y, sobre todo, cuando se tiene la oportunidad de observar la evolución del artista, saltan a la vista otros valores tan importantes o más en cuanto a la factura, la composición, el uso del color, y de modo muy particular, la aprehensión de las claves poéticas de una realidad que trascendió en sus figuraciones y fulguraciones.

Suele ubicarse a Mariano entre los pintores de la llamada segunda vanguardia cubana. Es decir, en el pelotón que siguió a Amelia, Abela, Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Pogolotti, Ponce, Gattornoy que se hace notar hacia el final de los años treinta. Ciertamente, entre Mariano, Cundo Bermúdez y Portocarrero puede establecerse en el punto de partida determinado parentesco, atribuido por el crítico José Veigas, a la manera en que ese grupo llegó a la modernidad.

Pero muy pronto Mariano perfila su propia personalidad artística, como también lo hicieron los más sobresalientes compañeros de generación. En su caso, ese salto comenzó a advertirse en los cuadros que exhibió en 1941 en la exposición colectiva del Capitolio, en su notable exposición personal del Lyceum en 1943, y en su participación en la significativa muestra Modern Cuban Painters, del Museo de Arte Moderno, de Nueva York, en 1944.

En esta pieza de la serie Frutas y realidades se revela la economía de medios del artista.

Los pescadores fueron reflejados por Mariano.

Fue una década pródiga para Mariano la de los años 40, pues, además, se vinculó con el grupo Orígenes y la revista homónima liderada por José Lezama Lima y Pepe Rodríguez Feo; realizó dos murales y luego dos vitrales para la iglesia de Bauta; expuso con éxito tres veces en la galería Feigl, de Nueva York; e ilustró poemarios que harían época en la literatura cubana, como Aventuras sigilosas, de Lezama, y En la Calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego, y una novela de su admirado Marcelo Pogolotti, Estrella Molina.

No resultó extraño verlo en la lista de participantes de la Antibienal de 1953, evento que reunió en el Lyceum a quienes rechazaron el contubernio del batistato y el franquismo en la II Bienal Hispanoamericana de Arte. Mariano siempre tuvo una vocación justiciera que derivó en posiciones radicalmente revolucionarias. Antes, no olvidar que se involucró con la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) durante su estancia en México hacia 1937.

Profesionalmente 1956 pudiera considerarse un año afortunado para el artista. Gana el concurso para la realización de un mural en el edificio del Retiro Médico, en La Habana, y el Museo Nacional lo distingue con un premio que consistió en la adquisición de la obra por un precio jugoso para la época y las circunstancias cubanas.

La obra de los tempranos cuarenta: Mujer con frutas, óleo de 1943.

El gallo fue una presencia constante en una zona de la creación de Mariano.

Pero desde el punto de vista humano, Mariano no se sintió a plenitud hasta que en 1959 triunfó la Revolución. Entonces se entregó a las tareas de los nuevos tiempos y halló en su pintura nuevos motivos e ímpetus.

En cuanto a su participación en la vida cultural del país, esta se hizo más intensa, representando a Cuba en diversas latitudes y aportando energías, primero, junto a Nicolás Guillén, a la fundación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y luego, en compañía de Haydée Santamaría, a la Casa de las Américas, donde fomentó su Departamento de Artes Plásticas, fundó la Galería Latinoamericana y llegó a ser presidente de la institución.

Algunos de sus cuadros reflejaron la realidad revolucionaria de la época; eso sí, a la manera de Mariano, con la impronta de una abstracción quintaesenciada y un tremendo sentido de la economía de medios expresivos. En todo lo que pintaba o dibujaba el Mariano de la segunda mitad del siglo pasado se observaba un sugerente equilibrio de las formas y una sutil relación entre lo figurativo y lo abstracto. Pero sobre todo, una explosión de intensidad lírica.

Quien vio más hondo ese estado de gracia con el que transitó por su vida, en especial durante las últimas décadas fue el poeta Mario Benedetti, quien con imágenes poderosas describió así la faena del artista: "Cada jornada o etapa de su obra incluye una alegría temprana, como un gallo, una alegría que a veces puede venir maniatada y convicta, pero Mariano supo siempre cómo desatarla, intuyó que en el nuevo amanecer volverían a cantar los gallísimos sueños".

 

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