Al conmemorarse este viernes 24 de agosto el centenario de su
nacimiento en La Habana, su obra adquiere el relieve de la
permanencia, con valores que se consolidan con el paso del tiempo.
Desde el punto de vista temático, esa cubanía se expresó en
íconos por los cuales se suelen identificar prontamente las
realizaciones de Mariano: guajiros, gallos, frutas, masas en
movimiento. Sin embargo, cuando se observa detenidamente su
producción y, sobre todo, cuando se tiene la oportunidad de observar
la evolución del artista, saltan a la vista otros valores tan
importantes o más en cuanto a la factura, la composición, el uso del
color, y de modo muy particular, la aprehensión de las claves
poéticas de una realidad que trascendió en sus figuraciones y
fulguraciones.
Suele ubicarse a Mariano entre los pintores de la llamada segunda
vanguardia cubana. Es decir, en el pelotón que siguió a Amelia,
Abela, Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Pogolotti, Ponce, Gattornoy
que se hace notar hacia el final de los años treinta. Ciertamente,
entre Mariano, Cundo Bermúdez y Portocarrero puede establecerse en
el punto de partida determinado parentesco, atribuido por el crítico
José Veigas, a la manera en que ese grupo llegó a la modernidad.
Pero muy pronto Mariano perfila su propia personalidad artística,
como también lo hicieron los más sobresalientes compañeros de
generación. En su caso, ese salto comenzó a advertirse en los
cuadros que exhibió en 1941 en la exposición colectiva del
Capitolio, en su notable exposición personal del Lyceum en 1943, y
en su participación en la significativa muestra Modern
Cuban Painters, del Museo de Arte Moderno, de Nueva York, en
1944.
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En esta pieza de la
serie Frutas y realidades se revela la economía de medios
del artista. |
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Los pescadores fueron reflejados
por Mariano. |
Fue una década pródiga para Mariano la de los años 40, pues,
además, se vinculó con el grupo Orígenes y la revista homónima
liderada por José Lezama Lima y Pepe Rodríguez Feo; realizó dos
murales y luego dos vitrales para la iglesia de Bauta; expuso con
éxito tres veces en la galería Feigl, de Nueva York; e ilustró
poemarios que harían época en la literatura cubana, como
Aventuras sigilosas, de Lezama, y En la Calzada de Jesús del
Monte, de Eliseo Diego, y una novela de su admirado Marcelo
Pogolotti, Estrella Molina.
No resultó extraño verlo en la lista de participantes de la
Antibienal de 1953, evento que reunió en el Lyceum a quienes
rechazaron el contubernio del batistato y el franquismo en la II
Bienal Hispanoamericana de Arte. Mariano siempre tuvo una vocación
justiciera que derivó en posiciones radicalmente revolucionarias.
Antes, no olvidar que se involucró con la Liga de Escritores y
Artistas Revolucionarios (LEAR) durante su estancia en México hacia
1937.
Profesionalmente 1956 pudiera considerarse un año afortunado para
el artista. Gana el concurso para la realización de un mural en el
edificio del Retiro Médico, en La Habana, y el Museo Nacional lo
distingue con un premio que consistió en la adquisición de la obra
por un precio jugoso para la época y las circunstancias cubanas.
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La obra de los tempranos cuarenta: Mujer
con frutas, óleo de 1943. |
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El gallo fue una presencia
constante en una zona de la creación de Mariano. |
Pero desde el punto de vista humano, Mariano no se sintió a
plenitud hasta que en 1959 triunfó la Revolución. Entonces se
entregó a las tareas de los nuevos tiempos y halló en su pintura
nuevos motivos e ímpetus.
En cuanto a su participación en la vida cultural del país, esta
se hizo más intensa, representando a Cuba en diversas latitudes y
aportando energías, primero, junto a Nicolás Guillén, a la fundación
de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y luego, en
compañía de Haydée Santamaría, a la Casa de las Américas, donde
fomentó su Departamento de Artes Plásticas, fundó la Galería
Latinoamericana y llegó a ser presidente de la institución.
Algunos de sus cuadros reflejaron la realidad revolucionaria de
la época; eso sí, a la manera de Mariano, con la impronta de una
abstracción quintaesenciada y un tremendo sentido de la economía de
medios expresivos. En todo lo que pintaba o dibujaba el Mariano de
la segunda mitad del siglo pasado se observaba un sugerente
equilibrio de las formas y una sutil relación entre lo figurativo y
lo abstracto. Pero sobre todo, una explosión de intensidad lírica.
Quien vio más hondo ese estado de gracia con el que transitó por
su vida, en especial durante las últimas décadas fue el poeta Mario
Benedetti, quien con imágenes poderosas describió así la faena del
artista: "Cada jornada o etapa de su obra incluye una alegría
temprana, como un gallo, una alegría que a veces puede venir
maniatada y convicta, pero Mariano supo siempre cómo desatarla,
intuyó que en el nuevo amanecer volverían a cantar los gallísimos
sueños".