"Las
calles de Puerto Príncipe jamás han perdido la esperanza a pesar de
los disparos que perforan el vientre de la noche, del hedor de la
lluvia, los neumáticos quemados. Los pies miden la longitud de un
quizás, sondean las profundidades de la vida y apuestan por la
energía de la fe".
Sumido
en estos pensamientos sobre el estado espiritual de la geografía
haitiana, Fanfán, uno de los personajes de la novela Réquiem por
María Soledad (Editorial Arte y Literatura), del escritor
guadalupeño Ernest Pepin —quien se encuentra por estos días en La
Habana para presentar su obra hoy en el Sábado del Libro, de la
Plaza de Armas— deja entrever, a pesar del trágico argumento que
vertebra la historia, ese hálito de ilusión del que precisa el ser
humano para no morir del todo, aun cuando "la desgracia abre sus
fauces de caimán".
Concebido como un momento de encuentro con el escritor, previo a
la introducción del título, tuvo lugar un panel, integrado por Nancy
Morejón, presidenta de la Asociación de Escritores de la UNEAC;
Lourdes Arencibia, traductora de la novela, y Roberto Zurbano,
director del Fondo Editorial Casa de las Américas, en el capitalino
Centro Dulce María Loynaz, para acompañar a Pepin en una disertación
que, tomando como referentes la factura cultural de este autor
—reconocido como uno de los intelectuales emblemáticos del Caribe
actual— y los móviles a los que agradecemos ahora su visita, resultó
ser mucho más que una charla a propósito de la nueva entrega.
El secuestro de que es víctima la joven Regina —hija de María
Soledad, una hermosa negra haitiana que la tuvo con un hombre
blanco—, suceso tristemente cotidiano en ese país carcomido por el
infortunio, da cuerpo a la trágica trama, definida por su autor como
una meditación y descrita en 150 páginas que alcanzan
suficientemente para retratar, a la vez que denunciar, una realidad
harto lacerante estigmatizada por la injusticia social y la muerte.
"En realidad hacía falta recurrir a una poética para lograr decir
todo esto y equilibrar entre tragedia, sueño y relato," comentó el
autor de Remolino de palabras libres, aludiendo a la fuerte
carga lírica de la que, al decir de Zurbano, "no pueden
desentenderse los poetas que escriben novelas" y que, engalanando
momentos climáticos de la narración, "alivia", de algún modo, la
laceración de los pasajes esbozados.
Haber situado su novela en "la tierra madre de Haití" es, en
palabras de Morejón, uno de los más grandes méritos de la obra.
"Haití me llegó, explicó Pepin, por Aimé Cesaire. Sus obras, su
tragedia, sus escritos sobre Louverture, me inspiraron la pasión por
este país. Este libro es mi homenaje a Haití, a su épica y a las
tragedias que lo siguen marcando y que deben acabar".
"Cierro la novela con la predicción de que Haití no morirá,
puesta en la boca de María Soledad, quien lucha con todas sus
fuerzas para salvar a su hija y esa lucha que ella lleva a cabo
simboliza la lucha de esa nación."
La frase "Los pueblos son estrellas" asoma, con la fuerza de un
aforismo en estas páginas sobre Haití, escritas en Guadalupe y
traducidas para orgullo de su autor en La Habana.
En un aparte, indagamos acerca de su juicio sobre el pueblo
haitiano:
"Yo vivo el Caribe como el inicio de una noche muy profunda
—comentó a Granma Pepin. La historia de nuestros pueblos, que
fue de dominación y deshumanización, por muy difícil que haya sido,
es un milagro. En ese sentido hablo del brillo y de la luz. Creo que
hemos logrado hacer una rehumanización, hemos reinventado la música,
la cocina, la danza, todo lo que forma parte de nuestra cultura. Ese
brillo es lo que nos ha permitido sobrepasar todos los obstáculos
que nos han impuesto para ejercer una verdadera dimensión humana".