En
la historia de la sociedad humana siempre existieron abominables
diferencias sociales hasta que irrumpió el socialismo real.
Pero las que se viven en España, a medida que avanza el siglo XXI
son, además de abominables, escandalosas y mueven a la sublevación.
Aparentando hacer justicia a los ladrones de lo público, si esos
individuos son condenados y llegan a pasar cortos espacios de tiempo
en la cárcel, no se sabe de ninguno que haya devuelto ni un solo
euro de los millones que se apropió.
Dejando a un lado a estos personajes despreciables, las
diferencias y el escándalo, sobre todo, lo ponen de manifiesto esas
jubilaciones millonarias de rufianes que no hicieron otra cosa que
parloteo gestionando bancos que han acabado en la ruina por su
incompetencia o su malicia, frente a cada día más centenares de
miles, si no millones, de personas y de familias que viven en la
calle o de la filantropía.
Es decir, en lugar de avanzar, la justicia social con el paso del
tiempo retrocede a condiciones medievales. Condiciones en cierto
modo peores, pues no es lo mismo el hambre con la conciencia
domeñada por la resignación y frenada por el temor a Dios y otras
zarandajas, que la miseria lúcida del siglo XXI rodeada de la
riqueza de otros, de espejuelos y del mantra de una libertad inútil
si no va unida a una digna vida material.
Lo cierto es que entre quienes detentan el poder en sus diversas
formas, nadie tiene verdadero interés en remediar la situación. Se
atacan algunos efectos, pero para dejar intactas las causas. Sin
embargo, Deuda, préstamo y rédito, la columna vertebral del sistema
capitalista, están doblando precisamente el espinazo de toda la
sociedad española.
Pero los dos partidos que en lo esencial son partido único, se
dedican solo a retoques superficiales del sistema; ni siquiera
debaten las reformas estructurales necesarias para sacar al país del
marasmo en que se encuentra. La vergüenza que arroja semejante
situación traspasa fronteras, y el país en conjunto empieza a verse
como a otro del tercer mundo. El panorama político, económico y
social es patético, dramático y desolador.
El caso es que hasta los más grandes pensadores están atrapados
por el espíritu de la época o por la falta de conciencia suficiente.
Quizá es esa la explicación de que dijera Goethe: "Prefiero la
injusticia al desorden". Yo, y me atrevo a decir que millones,
prefiero el desorden a la injusticia, pues no hay mayor y más grave
desorden que el que encierra y genera la injusticia, y porque la
injusticia es en sí misma desorden.
En todo caso lo que dijo Goethe es lo que llevan a la práctica
los gobiernos. Las palabras orden y desorden, como todo concepto
abstracto, admiten varios sentidos. Pero la única acepción que
entienden y manejan tanto Goethe como los responsables públicos y
los que quieren protección para su bienestar teniéndolo todo, es el
de orden y desorden en la calle. Ni se les ocurre pensar en el
desorden infame y la violencia moral promovidos desde los despachos,
desde el parlamento y desde el aparato de la justicia con sus
omisiones, complicidades y decretos que repercuten en el desorden y
la violencia material.
Y es que puesto que las ideas son más fuertes que los hombres
porque mientras estos mueren aquellas permanecen inmortales, la
frase de Goethe ha hecho mucho daño. Téngase en cuenta que Goethe,
en palabras de George Eliot es "el más grande hombre de letras
alemán... y el último verdadero hombre universal que caminó sobre la
tierra". Esa frase la dijo siendo canciller de la república de
Weimar. Un pensamiento miserable que no se corresponde con el del
genio.
En cualquier caso, la política y la justicia de este país, y
especialmente la justicia social, lejos de ir mejorando y pulirse
con el paso del tiempo, van de mal en peor. Por eso poco importa que
cunda el desorden en la calle y en las plazas, si con ello se fuerza
a que se haga la justicia social desde siempre pendiente.