Las mujeres juegan pelota hace más tiempo del que imaginamos. De
hecho, estudios históricos ubican el origen de la práctica a
mediados del siglo XIX e, incluso, reseñan un momento excepcional en
el lejano 1931, cuando la lanzadora Jackie Mitchel, en un choque de
exhibición contra los poderosos Yankees de Nueva York, ponchó
sucesivamente a los míticos Babe Ruth y Lou Gerhig.
Pese a los intentos organizativos de ligas femeninas, sobre todo
en Estados Unidos, no fue hasta inicios de este siglo que lograron
concretarse torneos de calibre internacional como la Serie Mundial,
surgida a raíz de duelos de confrontación entre estadounidenses y
Japón, que motivaron a otras naciones a participar.
Sin embargo, la Federación Internacional de Béisbol tardó hasta
el 2002 en programar, como parte de su calendario, un certamen para
chicas, finalmente concretado en el 2004 en Edmonton, Canadá, donde
Estados Unidos impuso respeto, al igual que en la segunda edición en
Taipei de China, en ambas oportunidades con triunfos frente a Japón.
Precisamente las niponas, únicas medallistas en cada una de las
cuatro Copas del Mundo celebradas, asumieron el máximo escalón en el
2008 y el 2010, muestra evidente de su tremendo potencial, palpable
también en la presente lid, en la cual andan con cinco triunfos,
tres de ellos por la vía de la lechada.
En esta quinta versión, Canadá parece dispuesto a entrometerse en
el dominio establecido por Estados Unidos y Japón, y al menos
reeditar el segundo escaño cosechado en suelo nipón en el 2008.
Antes de cerrar la sexta fecha clasificatoria, marchaban invictas
merced de un escandaloso rendimiento ofensivo, con 65 anotaciones,
24 extrabases y un puesto asegurado en la discusión de las medallas,
que comenzará mañana entre las cuatro más fuertes.