Jessie o Amy, ¿una disyuntiva?

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Allí estuvo el día del adiós en el Estadio Olímpico de Londres, con su metro y tres cuartos de estatura que parecen mucho más por la elevación de sus tacones, enfundada en un mono color carne, y en determinado momento, nada menos que en un tú a tú en We will rock you, con Queen, tironeada por el fantasma de Freddie Mercury.

Jessie J en la despedida olímpica.

A sus 24 años de edad, Jessie J es el más reciente producto de la fábrica de ídolos pop de la industria británica del espectáculo. Nombre real: Jessica Ellen Cornish. Su historia personal interesa: hija de una maestra y un trabajador social en los barrios menos favorecidos y turísticos de la capital. Descubrió la música en plena adolescencia a raíz de un percance personal: la hospitalización por una enfermedad de pronta curación y la muerte pisándole los talones a un muchacho que agonizaba en la habitación de al lado. Entonces escribió su primera canción, Big White Room. Cuando se la escucha, se tiene la certeza de que Jessica tenía cosas que decir de un modo original.

Pero ese no era el camino. Ni el de los temas que puso en las voces de Chris Brown y Miles Cyrus. Ni el de la apropiación experimental del sonido de Detroit en sus días con la banda Soul Deep. No; el encuentro con la industria musical —léase Lava Records, Sony ATV y Universal— la convenció de que su talento debía responder a las exigencias de un mercado ávido de pura imagen y diversión.

Y así fue como a partir del 2010 llegó a las listas de éxitos con Who you are —tema que daría título a su primer álbum al año siguiente—, Nobody is perfect y Domino: que de telonera de Cyndi Lauper y Kate Perry pasara a ser estrella de sus propias giras; que se posicionara entre los 100 de Billboard en Estados Unidos, le llovieran premios de MTV y se convirtiera en una de las figuras más trajinadas en el tráfico del canal digital de videos YouTube.

Jessie J ya tiene su fama. Y no le disgusta para nada que la comparen con Rihanna y tangencialmente con Lady Gaga. Al fin y al cabo esa es una apuesta de ella misma y sus patrones.

Eso sí, no solo yo sino unos cuantos que vimos a Jessie J en los fastos de la despedida olímpica, evocamos, en contraposición, a una gran ausente: Amy Winehouse. Fallecida un año antes víctima de una sobredosis, parecía en aquel momento una de las voces más singulares y renovadoras del entorno de la música popular británica. La muerte, a una edad en la que no debía morir y por el morbo que los outsiders generan, ha envuelto en una aureola mítica la figura de Amy. Pero ella era, por sí misma, harina de otro costal. Y no por el hecho de ser mimada por los premios de la industria —su segundo álbum, Back the black, obtuvo en el 2008 cinco Grammy—, sino por la profundidad de su voz y la manera con que se las arreglaba para transitar del soul al ska, del blues al rock suave.

Lo sorprendente no fue lo que logró en su corta vida —los productores trataron de amoldar su proyección musical— sino lo que pudo lograr. A raíz de su muerte, su disquera reunió material inédito y de descarte en el álbum Tesoros escondidos —obviamente, viendo un filón comercial en el trágico final de la cantautora—, y de veras, allí se advierte una fuerza inusitada, un misterio sonoro difícil de explicar.

Pero Amy era impresentable, incorrecta, desmañada y fea. Y eso no es bueno para despedir una fiesta.

 

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