A sus 24 años de edad, Jessie J es el más reciente producto de la
fábrica de ídolos pop de la industria británica del espectáculo.
Nombre real: Jessica Ellen Cornish. Su historia personal interesa:
hija de una maestra y un trabajador social en los barrios menos
favorecidos y turísticos de la capital. Descubrió la música en plena
adolescencia a raíz de un percance personal: la hospitalización por
una enfermedad de pronta curación y la muerte pisándole los talones
a un muchacho que agonizaba en la habitación de al lado. Entonces
escribió su primera canción, Big White Room. Cuando se la
escucha, se tiene la certeza de que Jessica tenía cosas que decir de
un modo original.
Pero ese no era el camino. Ni el de los temas que puso en las
voces de Chris Brown y Miles Cyrus. Ni el de la apropiación
experimental del sonido de Detroit en sus días con la banda Soul
Deep. No; el encuentro con la industria musical —léase Lava Records,
Sony ATV y Universal— la convenció de que su talento debía responder
a las exigencias de un mercado ávido de pura imagen y diversión.
Y así fue como a partir del 2010 llegó a las listas de éxitos con
Who you are —tema que daría título a su primer álbum al año
siguiente—, Nobody is perfect y Domino: que de
telonera de Cyndi Lauper y Kate Perry pasara a ser estrella de sus
propias giras; que se posicionara entre los 100 de Billboard en
Estados Unidos, le llovieran premios de MTV y se convirtiera en una
de las figuras más trajinadas en el tráfico del canal digital de
videos YouTube.
Jessie J ya tiene su fama. Y no le disgusta para nada que la
comparen con Rihanna y tangencialmente con Lady Gaga. Al fin y al
cabo esa es una apuesta de ella misma y sus patrones.
Eso sí, no solo yo sino unos cuantos que vimos a Jessie J en los
fastos de la despedida olímpica, evocamos, en contraposición, a una
gran ausente: Amy Winehouse. Fallecida un año antes víctima de una
sobredosis, parecía en aquel momento una de las voces más singulares
y renovadoras del entorno de la música popular británica. La muerte,
a una edad en la que no debía morir y por el morbo que los
outsiders generan, ha envuelto en una aureola mítica la figura
de Amy. Pero ella era, por sí misma, harina de otro costal. Y no por
el hecho de ser mimada por los premios de la industria —su segundo
álbum, Back the black, obtuvo en el 2008 cinco Grammy—, sino
por la profundidad de su voz y la manera con que se las arreglaba
para transitar del soul al ska, del blues al rock suave.
Lo sorprendente no fue lo que logró en su corta vida —los
productores trataron de amoldar su proyección musical— sino lo que
pudo lograr. A raíz de su muerte, su disquera reunió material
inédito y de descarte en el álbum Tesoros escondidos
—obviamente, viendo un filón comercial en el trágico final de la
cantautora—, y de veras, allí se advierte una fuerza inusitada, un
misterio sonoro difícil de explicar.
Pero Amy era impresentable, incorrecta, desmañada y fea. Y eso no
es bueno para despedir una fiesta.