Ruy y Ernán se hallaban inmersos por entonces en un fecundo
periodo de formación académica, pero ya se sabía que junto al
conocimiento y vocación por el lenguaje de los llamados clásicos,
ambos se perfilaban como promesas de la nueva cosecha del jazz
cubano.
Con los años, a fines de los 90, al saber a los dos jóvenes
hechos y derechos y en plena madurez, alguien se acercó al viejo
Leonel, en una de sus frecuentes visitas a la Casa de la Prensa y le
dijo: "Lo que es la vida, haz pasado a ser el padre de Ernán y Ruy
López-Nussa".
Ahora, con la familia ramificada en la cúspide del panorama
sonoro insular —Harold y Ruy Adrián, hijos de Ruy, figuran entre los
pianistas y percusionistas, respectivamente, de mayor pegada en la
generación emergente—, Wanda y Leonel, ausentes pero presentes,
recibieron el honor de la memoria enaltecida, durante un concierto
que reunió a su descendencia —con excepción de Ernán— en el
escenario de la sala Covarrubias del teatro Nacional.
Como pianista, Harold trata de no parecerse a nadie y muestra su
personalidad más convincente en la medida en que se aleja de los
tópicos del jazz a lo funky, cuerda en la que es brillante
(complementado por el trompetista Maykel González y el bajista
Gastón Joya), pero no tan original como cuando incursiona en otros
territorios, tales los casos de la sentida balada dedicada a su
madre, con frases de un transparente lirismo que cobra en intensidad
a medida que el tema se desarrolla, y sobre todo en Cimarrón,
impresionante despliegue de toda su potencialidad pianística, en
función de una expresión de resonancias telúricas, que halla su
necesario complemento en el virtuosismo de Ruy Adrián en el golpeo
del cajón, instrumento al que extrae secuencias y colores rítmicos
insospechados. Por su concepción e interpretación, Cimarrón
trasciende los tópicos del jazz para inscribirse como una pieza
medular de la música contemporánea cubana de concierto.
En el intermedio de la jornada, Ruy y Ruy Adrián encararon una
obra difícil pero sumamente atractiva para dos baterías, escrita por
el primero para ejercitar a su hijo en el instrumento en años de
aprendizaje. Solo que Ruy, al escribirla, olvidó felizmente que se
trataba de una pieza con intenciones pedagógicas y legó una
partitura exigente para cualquier ejecutante.
La otra mitad del concierto la cubrió Ruy López-Nussa —invitando,
claro está, a sus hijos— con su más reciente experiencia
profesional, el conjunto La Academia, en la que cuenta con ese
tremendo intérprete de la trompeta y el fliscorno que se llama
Roberto García y un grupo de talentosos músicos entre los que se
halla otro joven y adelantado pianista, Pachequito, y una pléyade de
maestros en la percusión afrocubana.
El valor del trabajo de La Academia radica en que ha tratado de
establecer una relación muy particular con las referencias
originales —cantos procedentes de las prácticas litúrgicas del
panteón yoruba y de otras etnias africanas transplantadas a Cuba—,
al margen de lo que han logrado otras agrupaciones lideradas
históricamente por los extraordinarios logros del Irakere de Chucho
Valdés. Una primera audición impide entrar en detalles específicos,
pero se aprecia un modo diferenciado de organizar el diálogo entre
la trama de la percusión y la de los restantes instrumentos.
Como complemento de la fiesta —porque esa fue la tónica de la
velada—, un invitado hizo las delicias del público: el trovador
Kelvis Ochoa. Primero con la formación de Harold y al final con La
Academia, patentizó su orgánica manera de tender puentes entre los
linajes de la trova, el son y el jazz afrocubano, hasta rematar con
su increíble, nocturnal y luminosa La conga se me sube a la
cabeza.