Entre sus recién estrenadas edificaciones, en una de las primeras
que se divisa tan pronto el ómnibus desmonta su preciada carga de
deportistas que regresan de los entrenamientos, está una gigantesca
Bandera de Cuba —majestuosa en su tono tricolor— cubriendo de norte
a sur casi toda la fachada del recinto.
Fue una agradable mañana olímpica. Cuando uno disfruta de un
panorama irrepetible como el de ver bailar en una misma plaza a
jóvenes de disímiles nacionalidades, razas y creencias, se pregunta:
¿Cómo es posible esta mágica unión entre los pueblos y ese mismo
mundo no sea capaz de vivir en un ambiente de paz y respeto mutuo?
Los
cubanos en la Villa hablan de sus deseos de entrar ya en la
competencia, de cómo han transcurrido estos días finales de la
preparación, de los minutos en los que conversaron por teléfono con
la familia. Entrenan, descansan, se ven alegres, trabando amistad
con un africano o un alemán. Son así, nobles, amistosos, y si la
diferencia de idiomas suele interponer una barrera al mutuo
conocimiento en otras esferas de la vida, aquí ese obstáculo pierde
su sentido.
No fueron muchos los atletas nuestros que pudimos entrevistar en
el horario del mediodía. Regresaban de sus entrenamientos y se
disponían a descansar, nada de andar merodeando por la plaza
internacional restándole minutos a la recuperación. El compromiso
con su pueblo es grande, y ellos vienen dispuestos a cumplirlo.