Basilia y la suerte de ser nuestra

MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ

Siendo julio, los amigos de Basilia Papastamatíu prefirieron, antes de ir a la playa, sumarse al homenaje que se le dedicara en el espacio El Autor y su Obra a la poetisa, crítica y promotora cultural que "pertenece a esa generación latinoamericana que sintió el estremecimiento de la Revolución Cubana y que identificamos como una sustancia rara, pero siempre aportadora, dentro de nuestro mundo intelectual", en palabras de Edel Morales, vicepresidente del Instituto Cubano del Libro.

Foto: Anabel Díaz MenaBasilia, al centro, rodeada de colegas que valoraron sus aportes y pertenencia a la cultura literaria cubana.

Para ofrendarle la gratitud de la palabra y en presencia de Zuleica Romay, presidenta del ICL, y los respectivos embajadores de Argentina y de Grecia, Juliana Marino y Pantélis Carcabassis, la acompañó un panel que integraron junto a Morales, los poetas César López; Caridad Atencio, Tony Armenteros y el escritor Alberto Garrandés, quien agradeció "la suerte de merecer su oficio" y de que ella "haya alentado en nosotros la idea de la lealtad a la literatura y a la poesía, que es una forma de ser leal a la libertad de la creación".

"Me he preguntado muchas veces —comentó Garrandés con el acierto que aprueban los que también se lo cuestionan— cuáles son los fundamentos de la articulación que se produce entre su personalidad inquieta, vivaz, y su escritura asentada, cimentada con severidad y con una singular prudencia estilística, que vemos en libros suyos como Espectáculo privado y Cuando ya el paisaje es otro (Premio de la crítica 2009)".

Las más añejas anécdotas que compartieron con el público sus colegas se remontaron a los primeros años en que Basilia se incorpora a la polémica vida cultural del país, cuando aprovechó para reunir en casa de Pablo Armando Fernández a un grupo de intelectuales, entre los que se encontraba César —quien nos lo cuenta— y presentarles a su amigo Julio Cortázar, uno de los más importantes narradores de Latinoamérica y de nuestra lengua, o cuando representando al periódico Juventud Rebelde, donde desplegara una encomiable labor a favor de la poesía, fuera a las Olimpiadas de Moscú’ 80 para reportar las actividades culturales efectuadas a propósito de la cita.

Sobre su ejercicio lírico apuntó: "Basilia nunca deja de ser poeta, trabaja la poesía buscando la profundidad de la cultura y del conocimiento. Vive en los pronombres, pero asimilando la historia del diálogo, del tú y del yo".

Su obra tiene como principal virtud —reconoció Atencio— la de no parecerse a otra y ser a primera vista rara y difícil de aprehender. Y acotó cómo ella, fiel a su misión, no abandona jamás "esa laboriosidad constante en su afán por promover la poesía joven en la isla" que acoge en su ya vieja tertulia Aire de luz, "que es como la mamá de otros espacios similares".

Bien adentro de sus poemas hurgó Armenteros para explicar, entre muchos otros apuntes, el modo en que "el yo lírico de su poesía —que no se puede comprender por lo que es, sino por lo que será— se divide en más personas, más bien en personajes y cómo en ellos persiste un optimismo que masacra la negatividad".

Referencias particulares de los panelistas a su labor como subdirectora de la revista literaria La Letra del Escriba, en la preparación de varias antologías de literatura cubana y su papel fundamental como coordinadora del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, que se celebra anualmente en el país, justifican con creces las palabras epilogales de Armenteros:

"Basilia dejó de ser griega por información genética; argentina por nacimiento; francesa por formación; al fin ya es cubana por decisión literaria irrevocable".

 

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