SANTIAGO
DE CUBA.—"Nunca me he ido de aquí, mi alma siempre ha estado en
Santiago de Cuba", dijo con los ojos humedecidos por la emoción Luis
Mariano Carbonell, al descender del escenario desde el cual actuó la
noche del miércoles en el Parque Céspedes.
A punto de cumplir 89 años —"mira tú en qué fecha, un 26 de julio
mucho antes de que esa cifra fuese la que es"—, Luis fue arropado
por miles de coterráneos suyos que durante algo más de una hora
gozaron con las estampas dichas por el maestro con gracia singular,
y se estremecieron al escucharle unos versos rebeldes que aprendió,
como explicó, "en los días más terribles de esta ciudad, cuando la
vida de la juventud nada valía, en tiempos de la dictadura
batistiana".
Todos entendieron la dimensión de un magisterio que se mantiene
incólume. El Luis de ahora, sentado en un butacón que convierte en
trono, se vale de la voz y una mínima gestualidad para imantar al
auditorio. Cada verso, cada línea, sale del estudio minucioso del
estilo literario, el conocimiento del autor, el contexto en que
nació la producción literaria y la plena interiorización del texto.
En propiedad, Luis no es un recitador. No declama poesía, sino la
trasmite con intensidad. Es un juglar sobre la escena, un juglar que
se define a sí mismo como un cubano.
"He viajado a muchas partes y he sabido sembrar cariño —dijo a
este cronista—; pude haberme quedado en España, Venezuela, Puerto
Rico, incluso en Estados Unidos, pero siempre supe que me iba a
faltar el aire. Aquí lo tengo todo". Al decir aquí, incluye tanto a
Cuba como a Santiago: "Cierro los ojos y me veo estudiando piano en
casa, conversando de música en la familia, en el piano de una
emisora de radio donde me inculcaron el amor por educar y enseñar.
Eso nació aquí, cómo lo voy a olvidar".
Sobre el escenario del Parque Céspedes, jóvenes soneros,
bailarines y cantores, completaron el espectáculo. Y al final, una
lluvia de fuegos de artificio en el cielo nocturno. "Yo los abrazo a
todos. Doy gracias a Santiago por existir".