El envés de la trama

FRANCISCO LÓPEZ SACHA

Con verdadero sigilo, casi en puntas de pie, me robo el magnífico título de Antón Arrufat para calificar el más reciente documental de Rebeca Chávez, Luneta no. 1, un prodigio de síntesis y dominio del tiempo, una propuesta audaz en términos de estructura, discurso y valores estéticos.

Rebeca Chávez, destacada documentalista cubana.

Luneta no. 1 nos invita, desde la intimidad y la cercanía del testimonio, a un recorrido en línea circular por los pasajes más sensibles de la política cultural cubana, a una mirada sutil y suficientemente abarcadora de sus quiebras, dificultades y retrocesos, y a una visión inédita, auténtica, explosiva, de la unidad política como fuente de poder y resistencia cultural. En esta evocación polémica que abarca más de 50 años sobresale la idea de un país y una revolución en constantes movimiento y cambio, que ahora mira hacia atrás y descubre de golpe otro pasado.

Se trata, en efecto, de un propósito muy vasto y no muy habitual en el género, conseguido, sin embargo, con los medios más precisos y efectivos: la entrevista personal y un intenso contrapunto con la época. Con verdadera pericia técnica, el documento histórico se interpola al testimonio de primera mano, y ambos realizan un tejido de tiempo para mostrarnos, como en secreto, lo que han significado los errores, los aciertos y los hallazgos de la política en la definición de una cultura y en el destino de un pueblo.

Por supuesto, estamos ante un documental de ideas que propone una reflexión, un análisis, a través de los recursos y del lenguaje del cine. Un documental que sugiere y no impone de manera evidente un punto de vista. Un registro visual y sonoro que se resiste a la manipulación y sigue las pautas del arte para enfrentar en su complejidad concepciones opuestas a lo largo de medio siglo de experiencias culturales y políticas adversas. Un filme, en suma, que prefiere documentar la unidad y las desavenencias por medio de entrevistas, más bien conversaciones, que emergen del pasado y que lo juzgan desde la más absoluta contemporaneidad.

En realidad, lo que se nos descubre de improviso es una hermosa sensación de linterna mágica, por donde pasan decenas de figuras en fugaces contrastes o detalles iluminadores de una época. En ese engarce con las palabras, el documental también nos muestra escenas históricas como la "confesión" de Heberto Padilla en la UNEAC en 1971 o el juicio al delator de Humboldt 7, para revelarnos en breves pinceladas la relación conflictiva y a veces dolorosa, entre la vida intelectual, la unidad política y el ejercicio del poder.

Estamos en el envés de la trama, en el cauce interior de algunos de los problemas no resueltos en la cultura o en la historia de Cuba. Esta mirada aleatoria, que se sirve excesivamente del contexto para hilar entre sí sucesos aislados en apariencia, implica un conocimiento de causa y un análisis puntual de un universo propio en el que el cine, las ideas y la cultura entran en relaciones visibles y ocultas con la política viviente.

De ahí que Luneta no. 1 nos ponga de testigos, porque lo merecemos, de observaciones críticas que muestran el coraje de admitir los errores, el valor para modificar un punto de vista, la honestidad para decir lo que se piensa o el desenfado para expresar una verdad. El documental nos coloca ante observaciones que reafirman, ante todo, la madurez alcanzada hoy y tal vez la derrota definitiva de los dogmas y las prevenciones que tanto daño pudieron hacer a la unidad de los revolucionarios.

Aquí radica el corazón de la tarea, la relación sutil, la mezcla en apariencia fortuita entre políticos y artistas. Bajo ese principio, podemos sentir propias las cálidas observaciones de Guillermo Jiménez, su recuento preciso y doloroso; la imagen de Julio Antonio Mella en las palabras de Alfredo Guevara y en el retrato de Cabrera Moreno; las incisivas valoraciones de Carlos Velasco y Elizabeth Mirabal o ese mar movible y azul ideado por Nelson y Liudmila que atraviesa la Plaza, Absolut Revolution, que repercute en cualquier rincón del mundo.

El hallazgo de un camino para mostrarlo todo, para hablar de política sin traicionar el arte, para remover las viejas ideas y constatar nuevas verdades, nos reafirma en el criterio de que este tipo de indagación puede situarnos ante un nuevo comienzo, ante una valoración sin cortapisas, de todo aquello que nos une o que nos divide, ante ese inicio sagrado.

 

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