nos invita,
desde la intimidad y la cercanía del testimonio, a un recorrido en
línea circular por los pasajes más sensibles de la política cultural
cubana, a una mirada sutil y suficientemente abarcadora de sus
quiebras, dificultades y retrocesos, y a una visión inédita,
auténtica, explosiva, de la unidad política como fuente de poder y
resistencia cultural. En esta evocación polémica que abarca más de
50 años sobresale la idea de un país y una revolución en constantes
movimiento y cambio, que ahora mira hacia atrás y descubre de golpe
otro pasado.
Se trata, en efecto, de un propósito muy vasto y no muy habitual
en el género, conseguido, sin embargo, con los medios más precisos y
efectivos: la entrevista personal y un intenso contrapunto con la
época. Con verdadera pericia técnica, el documento histórico se
interpola al testimonio de primera mano, y ambos realizan un tejido
de tiempo para mostrarnos, como en secreto, lo que han significado
los errores, los aciertos y los hallazgos de la política en la
definición de una cultura y en el destino de un pueblo.
Por supuesto, estamos ante un documental de ideas que propone una
reflexión, un análisis, a través de los recursos y del lenguaje del
cine. Un documental que sugiere y no impone de manera evidente un
punto de vista. Un registro visual y sonoro que se resiste a la
manipulación y sigue las pautas del arte para enfrentar en su
complejidad concepciones opuestas a lo largo de medio siglo de
experiencias culturales y políticas adversas. Un filme, en suma, que
prefiere documentar la unidad y las desavenencias por medio de
entrevistas, más bien conversaciones, que emergen del pasado y que
lo juzgan desde la más absoluta contemporaneidad.
En realidad, lo que se nos descubre de improviso es una hermosa
sensación de linterna mágica, por donde pasan decenas de figuras en
fugaces contrastes o detalles iluminadores de una época. En ese
engarce con las palabras, el documental también nos muestra escenas
históricas como la "confesión" de Heberto Padilla en la UNEAC en
1971 o el juicio al delator de Humboldt 7, para revelarnos en breves
pinceladas la relación conflictiva y a veces dolorosa, entre la vida
intelectual, la unidad política y el ejercicio del poder.
Estamos en el envés de la trama, en el cauce interior de algunos
de los problemas no resueltos en la cultura o en la historia de
Cuba. Esta mirada aleatoria, que se sirve excesivamente del contexto
para hilar entre sí sucesos aislados en apariencia, implica un
conocimiento de causa y un análisis puntual de un universo propio en
el que el cine, las ideas y la cultura entran en relaciones visibles
y ocultas con la política viviente.
De ahí que Luneta no. 1 nos ponga de testigos, porque lo
merecemos, de observaciones críticas que muestran el coraje de
admitir los errores, el valor para modificar un punto de vista, la
honestidad para decir lo que se piensa o el desenfado para expresar
una verdad. El documental nos coloca ante observaciones que
reafirman, ante todo, la madurez alcanzada hoy y tal vez la derrota
definitiva de los dogmas y las prevenciones que tanto daño pudieron
hacer a la unidad de los revolucionarios.
Aquí radica el corazón de la tarea, la relación sutil, la mezcla
en apariencia fortuita entre políticos y artistas. Bajo ese
principio, podemos sentir propias las cálidas observaciones de
Guillermo Jiménez, su recuento preciso y doloroso; la imagen de
Julio Antonio Mella en las palabras de Alfredo Guevara y en el
retrato de Cabrera Moreno; las incisivas valoraciones de Carlos
Velasco y Elizabeth Mirabal o ese mar movible y azul ideado por
Nelson y Liudmila que atraviesa la Plaza, Absolut Revolution,
que repercute en cualquier rincón del mundo.
El hallazgo de un camino para mostrarlo todo, para hablar de
política sin traicionar el arte, para remover las viejas ideas y
constatar nuevas verdades, nos reafirma en el criterio de que este
tipo de indagación puede situarnos ante un nuevo comienzo, ante una
valoración sin cortapisas, de todo aquello que nos une o que nos
divide, ante ese inicio sagrado.