Cuando volví a visitar el Partenón, la segunda semana de junio,
encontré cerca del teatro de Dionisios, pensativo, a mi amigo
Sócrates.
—¿Cómo van las cosas por Grecia?, le pregunté.
—Perdimos la sabiduría, querido mío. Urge reencontrar la lámpara
de Diógenes para proyectar luz al final del túnel. Por suerte en las
elecciones del 17 de junio los partidos xenófobos no alcanzaron la
mayoría. Y la izquierda quedó en segundo lugar, con buena
representación en el parlamento.
—-Como turista accidental vi que muchos griegos temían lo peor,
le comenté. En la semana anterior a las elecciones había colas para
sacar dinero de los bancos y muchas familias almacenaban alimentos.
—Nosotros mismos nos metidos en el apuro, observó el viejo
filósofo. Somos una nación de once millones de habitantes. Según
Pitágoras, que entiende de números, Grecia no debiera haber
abandonado el dracma y adoptado el euro. El Reino Unido y la
República Checa conservaron sus monedas y han sido menos vulnerables
a la crisis. Ahora es tarde. Somos irremediablemente rehenes de los
bancos. Tanto que al préstamo ahora se le llama rescate.
—¿Y a qué atribuye esta crisis estructural que asola a Europa?
—A la obsesión neoliberal por el consumismo. En los últimos
veinte años disfrutamos de un patrón de vida ecológicamente nocivo y
éticamente ofensivo para el resto del mundo.
—¿Cree usted que la crisis refuerza el neonazismo, representado
por el partido Aurora Dorada?
—La gente prefiere seguridad a libertad, lamentó Sócrates. La
xenofobia se extiende. Hoy tenemos 1 millón 400 mil inmigrantes, o
sea, más del 10 % de nuestra población. Gente en busca de empleos
que nos hacen falta a nosotros.
—Hipócrates me dijo que los neonazis amenazan con expulsar a los
inmigrantes de los hospitales.
—Fíjese hasta qué punto hemos llegado, exclamó el filósofo.
Nuestro sistema de salud colapsó. Faltan médicos, aparatos
quirúrgicos, medicinas. El problema no son los inmigrantes, que
ahora se juntan en bandas, por miedo a las agresiones. La causa de
la crisis es más profunda. Si no se da un cambio de paradigma de
desarrollo, Europa y el mundo no tendrán futuro.
—Según su parecer, ¿cuál sería la salida?
—Ayer hablé con Platón. Ya sabe cómo es, puesto que los
idealistas se recubren de optimismo. Él cree que gracias a los
préstamos garantizados por Alemania saldremos del agujero.
—¿Y Aristóteles está de acuerdo?
—Ari es más pragmático. Él hizo notar que el problema no es solo
griego. Es global. España, Italia, Portugal, Irlanda también van
camino del agujero. Los EE.UU. están en recesión. Y la tabla de
salvación lanzada por el neoliberalismo está más que agujereada:
apretarse el cinturón. Incluso parece que las medidas de austeridad
hubieran sido dictadas por Antístenes. En verdad lo que quieren
salvar son los bancos, no las personas.
—Habría que seguir el ejemplo de Islandia —opiné—, afectada
duramente por la crisis del 2008. Aflojó el cinturón sin pedirles a
los bancos y así consiguió superar las dificultades sin endeudarse.
—O el ejemplo del Brasil, replicó Sócrates. Ustedes rompieron con
el FMI y estimularon el consumo interno, aumentando el salario
mínimo, facilitando el crédito y combatiendo la inflación.
—Es cierto. Sin embargo, como todavía somos una economía
periférica, la espada de Damocles de la crisis sigue amenazándonos.
Aún no hemos llevado a cabo reformas estructurales y mantenemos una
economía muy dependiente de las exportaciones.
—Hoy el mundo depende de las finanzas. Ya no hay filosofía,
comentó Sócrates. La gente ya no quiere un sentido para sus vidas,
sino solo ganancias. Aquí en Grecia hemos cambiado el Areópago por
el Banco Central Europeo. La política es ahora rehén de la economía.
Y no hay quien controle a la economía, excepto el interés egoísta de
acumulación privada de la riqueza. Estoy a punto de tomar la cicuta
de nuevo.
Me disponía a dejar el Areópago mientras Sócrates contemplaba el
Partenón. Pero lo vi tan pensativo que dispuse regresar.
—Maestro, ¿qué es lo que le preocupa tanto?
—Miro esta maravilla, el Partenón, y algo me incomoda. Las
pinturas que decoraban este monumento de valor universal se
encuentran ahora en el Museo Británico. Y el marido de Isabel II, el
príncipe Felipe, es griego, nacido en la isla de Corfú. Quizás él
podría devolvernos lo que nos pertenece.