En el centenario del nacimiento de la Emperatriz del Danzonete

De cuando Paulina Álvarez rompió la rutina

JULIO MARTÍNEZ MOLINA

Paulina Álvarez se impuso en el escenario artístico de la Cuba seudorrepublicana, pese a ser negra, pobre y del interior. Era oriunda de Cienfuegos, donde nació el 29 de junio de 1912. Pero ella hizo el camino de tantos hacia la capital, para probar en grande las aptitudes musicales que, de niña y adolescente, manifestara.

Paulina Álvarez y Barbarito Diez en un dúo ocasional.

Vio su oportunidad en un ritmo que cobraba esplendor. Tan bien le fue al cultivarlo, que la denominarían la Emperatriz del Danzonete.

Iniciada oficialmente en la música en 1931 a través de la Orquesta Elegante, aseguran quienes la escucharon cantar en vivo que poseía excepcionales facultades vocales, magnífica cuadratura; así como gran facilidad natural para hacer suya una obra famosa e imprimirle su sello particular. Fue lo ocurrido, por ejemplo, con su versión de El manisero, de Moisés Simmons.

Estudió solfeo, piano, teoría, canto y guitarra, en pos de pulir su talento congénito. Alcanzó planos estelares de notoriedad, de tú a tú con los principales astros de la época. Decir Paulina Álvarez significaba sinónimo de lleno completo, y, además, público sin poder entrar, en la plaza más exigente.

Estampó recordadas composiciones de piezas de distintas variantes melódicas como No vale la pena, Mujer divina, Obsesión, Mimosa, La violetera, Lágrimas negras, Campanitas de cristal y su antonomásica Rompiendo la rutina (ese danzonete precursor del matancero Aniceto Díaz que catapultó su éxito en el género), entre muchísimas otras.

Luego de formar parte de varias agrupaciones de prestigio, decidió formar en 1938 su propia orquesta, con el pianista Everardo Ordaz, el güirero Gustavo Tamayo, el flautista Manolo Morales y el violinista Luis Armando Ortega.

Pero las variantes danzoneras comienzan a declinar para entonces, y luego integraría una nueva orquesta, esta en compañía de su pareja, el violinista Ortega, de la anterior agrupación.

Un lustro antes de su muerte (ocurrida el 22 de julio de 1965, a los 53 años), realizó su primer y único fonograma de larga duración, con la orquesta de Rafael Somavilla. También con vistas a grabar, emprendió aplaudida revisitación de su clásico Rompiendo la rutina, con Gilberto Valdés y la Gran Orquesta Típica Nacional.

Tales hechos suceden en nuevos tiempos, ya distantes de la eclosión del danzonete: aquella mezcla de danzón y son tan gustada por muchos como rechazada por otros y de la cual no todos querían escuchar ahora con los renovadores años 60 y sus aires de cambio en la plataforma sonora mundial y nacional.

Paulina, —quien recibiera en 1957 el Premio al Mérito, conferido por la Unión Sindical de Músicos de Cuba—, en virtud de su meritoria trayectoria artística, tiene sin embargo el placer, ya en las postrimerías de su carrera, de llevar por primera vez al auditorio del teatro Amadeo Roldán a una agrupación de música popular, para efectuar un recital de música cubana.

Contó tanto con el respeto como con el cariño de radioescuchas, televidentes y espectadores de sus conciertos en vivo.

Fueron decenas de miles los admiradores de la emperatriz del danzonete; además, cantante todoterreno a quien le iba lo mismo una guaracha que un bolero o un cha cha chá. Siempre con igual fortuna, como quedaría registrado en sus grabaciones.

Hija ilustre del panteón musical cubano, arribamos hoy al centenario de su nacimiento.

 

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