Vio su oportunidad en un ritmo que cobraba esplendor. Tan bien le
fue al cultivarlo, que la denominarían la Emperatriz del Danzonete.
Iniciada oficialmente en la música en 1931 a través de la
Orquesta Elegante, aseguran quienes la escucharon cantar en vivo que
poseía excepcionales facultades vocales, magnífica cuadratura; así
como gran facilidad natural para hacer suya una obra famosa e
imprimirle su sello particular. Fue lo ocurrido, por ejemplo, con su
versión de El manisero, de Moisés Simmons.
Estudió solfeo, piano, teoría, canto y guitarra, en pos de pulir
su talento congénito. Alcanzó planos estelares de notoriedad, de tú
a tú con los principales astros de la época. Decir Paulina Álvarez
significaba sinónimo de lleno completo, y, además, público sin poder
entrar, en la plaza más exigente.
Estampó recordadas composiciones de piezas de distintas variantes
melódicas como No vale la pena, Mujer divina,
Obsesión, Mimosa, La violetera, Lágrimas negras,
Campanitas de cristal y su antonomásica Rompiendo la rutina
(ese danzonete precursor del matancero Aniceto Díaz que catapultó su
éxito en el género), entre muchísimas otras.
Luego de formar parte de varias agrupaciones de prestigio,
decidió formar en 1938 su propia orquesta, con el pianista Everardo
Ordaz, el güirero Gustavo Tamayo, el flautista Manolo Morales y el
violinista Luis Armando Ortega.
Pero las variantes danzoneras comienzan a declinar para entonces,
y luego integraría una nueva orquesta, esta en compañía de su
pareja, el violinista Ortega, de la anterior agrupación.
Un lustro antes de su muerte (ocurrida el 22 de julio de 1965, a
los 53 años), realizó su primer y único fonograma de larga duración,
con la orquesta de Rafael Somavilla. También con vistas a grabar,
emprendió aplaudida revisitación de su clásico Rompiendo la
rutina, con Gilberto Valdés y la Gran Orquesta Típica Nacional.
Tales hechos suceden en nuevos tiempos, ya distantes de la
eclosión del danzonete: aquella mezcla de danzón y son tan gustada
por muchos como rechazada por otros y de la cual no todos querían
escuchar ahora con los renovadores años 60 y sus aires de cambio en
la plataforma sonora mundial y nacional.
Paulina, —quien recibiera en 1957 el Premio al Mérito, conferido
por la Unión Sindical de Músicos de Cuba—, en virtud de su meritoria
trayectoria artística, tiene sin embargo el placer, ya en las
postrimerías de su carrera, de llevar por primera vez al auditorio
del teatro Amadeo Roldán a una agrupación de música popular, para
efectuar un recital de música cubana.
Contó tanto con el respeto como con el cariño de radioescuchas,
televidentes y espectadores de sus conciertos en vivo.
Fueron decenas de miles los admiradores de la emperatriz del
danzonete; además, cantante todoterreno a quien le iba lo mismo una
guaracha que un bolero o un cha cha chá. Siempre con igual fortuna,
como quedaría registrado en sus grabaciones.
Hija ilustre del panteón musical cubano, arribamos hoy al
centenario de su nacimiento.