En algo más de cuatro décadas, entre todos suman 609 extracciones
efectuadas ante las más disímiles circunstancias, incluyendo una
transfusión brazo a brazo, para salvarle la vida a un compañero
herido en combate, durante la guerra por la liberación de Angola.
Cuentan que fue el llamado de Fidel, a raíz del violento
terremoto de Perú, en 1970, el hecho que marcó el inicio de esta
noble tradición familiar.
Entonces, Rey Lloret Cabana, el mayor, sin haber cumplido aún los
18 años, tras ver las imágenes del Comandante en Jefe donando su
propia sangre para ayudar a aliviar el sufrimiento del pueblo
peruano, decidió imitar su ejemplo.
Tal gesto influiría decisivamente en el resto de los hermanos,
incluyendo a María, la única mujer entre ellos.
"En la medida en que fuimos creciendo, todos decidimos seguir los
pasos de Rey. Es algo que impregnó en nosotros", confirma Martín (54
años y 101 donaciones).
Así sucedería incluso con Alberto (43 años y 87 donaciones), que
en aquel momento tenía apenas 12 meses de vida, y con Justo Luis (38
años y 41 extracciones), quien no había nacido aún.
Cada uno, sin embargo, iría labrando su propia historia. Alberto,
por ejemplo, recuerda que en 1987, mientras se encontraba en el
Servicio Militar, tuvo que ser operado de urgencia de apendicitis.
"Hacía falta sangre para la cirugía, y mis compañeros no dudaron en
dármela. Ello hizo que me sintiera comprometido, y en cuanto estuve
recuperado, me convertí en donante".
La primera experiencia de Roberto también tuvo lugar durante el
Servicio Militar, a los 19 años de edad.
"Un día nos mandaron a formar para comunicarnos que en el poblado
cercano a la unidad, había un niño muy enfermo, que necesitaba una
transfusión de un tipo de sangre poco común. Ahí me enteré de que
ese era también mi grupo sanguíneo", recuerda.
"A los pocos días el pequeño mejoró. La madre estaba muy
agradecida y quiso darme dinero, pero me negué a aceptar. Imagínese,
la vida no tiene precio.
"Comerciar con la sangre, aprovechando la necesidad ajena, es un
acto repugnante", señala Martín.
"Yo lo sufrí en carne propia, cuando mi esposa dio a luz. Fue un
parto complicado y se necesitaba una transfusión. Entonces se me
acercó un hombre desconocido y me dijo que si le pagaba, él estaba
dispuesto a dársela.
"Por supuesto que no acepté, y a partir de ahí, comencé a donar
regularmente. Ya lo he hecho en más de 100 oportunidades", asegura.
¡Quién sabe cuántas personas habrán recuperado su salud gracias a
este hermoso acto de humanismo que Jorge, Roberto y Rey, pusieron en
práctica incluso en Angola, para ayudar a varios compañeros heridos!
Sin embargo, en determinados momentos, los hermanos Lloret Cabana
también han recibido la solidaridad de los demás.
Uno de ellos fue en el año 2008. La esposa de Jorge ingresó en el
Hospital Abel Santamaría con una grave enfermedad. "Había que
transfundirla, y ponerle plasma casi todos los días. De modo que
para evitar que en el hospital fuera a escasear la sangre para los
demás pacientes, se hizo un llamado, solicitando ayuda".
En reciprocidad a lo que esta familia de Santa Lucía, municipio
de Minas de Matahambre, había hecho durante años, la respuesta de
los vecinos del Consejo Popular no se hizo esperar. "En total, se
recibieron más de 40 donaciones. Algunas hechas por gente que ni
siquiera conocíamos", rememora Jorge.
Con los recuerdos frescos en la memoria, el segundo de los
hermanos Lloret Cabana —quien a sus 55 años acumula 107
extracciones— advierte que "todos podemos necesitar un día la sangre
de otra persona. Por ello, mientras nos acompañe la salud, la
nuestra siempre estará a disposición del que la necesite".