La piscina y el cine de autor

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Hace más de 50 años, siendo un muchacho, leí una entrevista con un director de nombre irrecordable que aseguraba tajante: no hago películas con argumentos que pudiera ver con tan solo abrir la ventana de mi casa.

Imaginemos: se pone una cámara en la ventana, se capta a un vendedor de pan intercambiando unas palabras con una mujer que, a su vez, saluda a un hombre que llega, y ambos se quedan mirando a un escolar simpático que les hace un guiño y corre rumbo a la escuela, porque se le hizo tarde... No dicen mucho los personajes, pero la atmósfera que se teje (miradas, reticencias, luces, ángulos de la cámara) resulta sugerente para cuestionarse quiénes son en realidad esos seres, qué esperan de la vida, sus amores y frustraciones; asuntos nada remarcados en el guion, por supuesto, solo sugerencias mínimas dirigidas a inquietar a un espectador inteligente que puede, si quiere, terminar de armar el rompecabezas en su cabeza.

¿Pudiera interesarle la película a alguien?

Depende de quién la filme y quién la vea y, así y todo, las apuestas de posibles audiencias siempre estarían por lo bajo.

Está claro que cuando aquel director hablaba de no filmar nada que pudiera verse desde su ventana, se referiría a llevar a las pantallas historias singulares y de definición dramática, historias fuera de lo común, o de puro espectáculo, ese que en buena medida hace que, ahora mismo, el 80 % de las películas exhibidas en el mundo provenga del cine norteamericano y, por consecuencia, el concepto del cine como creación personal (recordando a los muchachos de la Nueva Ola francesa) sea, cada vez más, una rara avis.

Se necesita el cine de simple entretenimiento, hasta pudiera considerarse vital, pero él solo no hace el cine.

Cuando a principios de 1960 se estrenó en Cuba La isla desnuda, del japonés Kaneto Shindo ( aún en activo al fallecer a los 100 años, el pasado mes de mayo), la crítica y los espectadores avezados aplaudieron el drama en blanco y negro contado solo mediante imagen y sonido y, si mal no recuerdo, sin diálogos, o muy pocos. Un estilo reposado y austero para referirse a cuatro personajes que trabajan en una islita desierta. Nada de argumento, solo presencia humana buscando conectarse con un espectador capaz de apreciar el sentido espiritual de lo que el maestro Kaneto Shindo ––como si abriera la ventana de su casa y observara–– le narraba.

Unos se quedaban en el cine y aplaudían, otros se largaban aduciendo que no habían pagado la entrada para "ver eso".

Ambas reacciones —aceptar la propuesta o fugarse–– se han repetido a lo largo de los años con películas experimentales o de autor, buenas y malas, y las volví a apreciar viendo La piscina, ópera prima del cubano Carlos Machado Quintela, con guion de Abel Arcos y una fotografía de Raúl Rodríguez, decisiva para una historia de climas, como es el caso.

Varios jóvenes discapacitados dentro y fuera del agua y un instructor que parece más bien un amigo. Pocos diálogos, silencios y vacíos durante un día que transcurre hasta llegar las primeras sombras de la tarde. Y, sin embargo, un espectador que no le pida al filme más de lo que se le pretende mostrar mediante un lenguaje bien definido, encontrará aquí una manera tan sutil como reposada de asomarse a 100 ventanas especulativas sin traspasar una sola puerta.

Cierto que se requiere un estado de ánimo y una conexión con el tono.

Algunos no comprenden y se van, mientras otros sonríen, agradecen y hasta disfrutan el reto artístico.

El cine ––aunque no para todos–– también puede ser La piscina.

 

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