Hace
más de 50 años, siendo un muchacho, leí una entrevista con un
director de nombre irrecordable que aseguraba tajante: no hago
películas con argumentos que pudiera ver con tan solo abrir la
ventana de mi casa.
Imaginemos: se pone una cámara en la ventana, se capta a un
vendedor de pan intercambiando unas palabras con una mujer que, a su
vez, saluda a un hombre que llega, y ambos se quedan mirando a un
escolar simpático que les hace un guiño y corre rumbo a la escuela,
porque se le hizo tarde... No dicen mucho los personajes, pero la
atmósfera que se teje (miradas, reticencias, luces, ángulos de la
cámara) resulta sugerente para cuestionarse quiénes son en realidad
esos seres, qué esperan de la vida, sus amores y frustraciones;
asuntos nada remarcados en el guion, por supuesto, solo sugerencias
mínimas dirigidas a inquietar a un espectador inteligente que puede,
si quiere, terminar de armar el rompecabezas en su cabeza.
¿Pudiera interesarle la película a alguien?
Depende de quién la filme y quién la vea y, así y todo, las
apuestas de posibles audiencias siempre estarían por lo bajo.
Está claro que cuando aquel director hablaba de no filmar nada
que pudiera verse desde su ventana, se referiría a llevar a las
pantallas historias singulares y de definición dramática, historias
fuera de lo común, o de puro espectáculo, ese que en buena medida
hace que, ahora mismo, el 80 % de las películas exhibidas en el
mundo provenga del cine norteamericano y, por consecuencia, el
concepto del cine como creación personal (recordando a los muchachos
de la Nueva Ola francesa) sea, cada vez más, una rara avis.
Se necesita el cine de simple entretenimiento, hasta pudiera
considerarse vital, pero él solo no hace el cine.
Cuando a principios de 1960 se estrenó en Cuba La isla desnuda,
del japonés Kaneto Shindo ( aún en activo al fallecer a los 100
años, el pasado mes de mayo), la crítica y los espectadores avezados
aplaudieron el drama en blanco y negro contado solo mediante imagen
y sonido y, si mal no recuerdo, sin diálogos, o muy pocos. Un estilo
reposado y austero para referirse a cuatro personajes que trabajan
en una islita desierta. Nada de argumento, solo presencia humana
buscando conectarse con un espectador capaz de apreciar el sentido
espiritual de lo que el maestro Kaneto Shindo ––como si abriera la
ventana de su casa y observara–– le narraba.
Unos se quedaban en el cine y aplaudían, otros se largaban
aduciendo que no habían pagado la entrada para "ver eso".
Ambas reacciones —aceptar la propuesta o fugarse–– se han
repetido a lo largo de los años con películas experimentales o de
autor, buenas y malas, y las volví a apreciar viendo La piscina,
ópera prima del cubano Carlos Machado Quintela, con guion de Abel
Arcos y una fotografía de Raúl Rodríguez, decisiva para una historia
de climas, como es el caso.
Varios jóvenes discapacitados dentro y fuera del agua y un
instructor que parece más bien un amigo. Pocos diálogos, silencios y
vacíos durante un día que transcurre hasta llegar las primeras
sombras de la tarde. Y, sin embargo, un espectador que no le pida al
filme más de lo que se le pretende mostrar mediante un lenguaje bien
definido, encontrará aquí una manera tan sutil como reposada de
asomarse a 100 ventanas especulativas sin traspasar una sola puerta.
Cierto que se requiere un estado de ánimo y una conexión con el
tono.
Algunos no comprenden y se van, mientras otros sonríen, agradecen
y hasta disfrutan el reto artístico.
El cine ––aunque no para todos–– también puede ser La piscina.