"La muerte de un niño por hambre es un asesinato", afirma Jean
Ziegler, exrelator especial de la ONU para el Derecho a la
Alimentación. Culpa de ello a los especuladores, a quienes se
refiere como "criminales legales" por comerciar con el precio de los
alimentos para generar fortunas en las cuentas de beneficios de
grandes empresas. También acusa a los bancos y a los Gobiernos
occidentales de "cómplices" porque no ponen los medios para acabar
con la especulación alimentaria.
El profesor de la Universidad de Ginebra ha calificado de
"vergüenza intolerable" que en un país "poderoso" y "democrático"
como España un solo niño pase hambre, después de conocer las cifras
publicadas por UNICEF y en las que se advierte de que unos 2,2
millones de menores viven por debajo del umbral de la pobreza.
Con motivo de la presentación de su nuevo libro Destrucción
Masiva. Geopolítica del hambre, de la Editorial Península,
Ziegler ha explicado que un niño que es subalimentado durante meses
está "condenado de por vida", aunque su situación social mejore con
los años, porque no se va a desarrollar de forma correcta, al ser la
infancia "el periodo en el que las neuronas se desarrollan y
necesitan mayor cantidad de nutrientes".
Alerta de que "el hambre hace imposible la construcción de una
sociedad pacificada" y señala que la crisis en el sur de Europa
"puede acabar con la paz social". En este conflicto, Ziegler ha
querido diferenciar las víctimas de los verdugos. Así se refiere al
Fondo Monetario Internacional (FMI), a la Organización Mundial del
Comercio (OMC) y al Banco Mundial, como "los jinetes del
Apocalipsis".
Cada día mueren de hambre 57 mil personas, un niño menor de diez
años cada cinco segundos. Esta es la situación absurda. Vivimos en
un orden mundial criminal y caníbal, con 500 multinacionales que
controlan el 52 % de la riqueza mundial, afirma Ziegler quien ha
añadido que 1 000 millones de personas viven en una situación de
subalimentación grave y permanente. En este punto, se ha referido a
los Objetivos de Desarrollo del Milenio y ha acusado a los jefes de
Gobierno de una "hipocresía total" por no llevar a cabo las medidas
necesarias para "combatir la especulación, acabar con el robo de las
tierras, eliminar los agro carburantes y, en definitiva, hacer
frente a las oligarquías financieras".
Sostiene que las oligarquías del capital financiero deciden quién
va a morir de hambre y quién no. Por tanto, estos especuladores
financieros deben ser juzgados y condenados, reeditando una especie
de Tribunal de Nuremberg.
Sin embargo, es llamativo que no denuncie la explosión
demográfica como una de las primeras causas de este crecimiento
exponencial del hambre y de sus secuelas. No son más que datos
objetivos y contrastables: en 1914, cuando el desastre de Sarajevo
que dio origen a la Gran Guerra, se estima que la población del
mundo no sobrepasaba los 1 200 millones de personas. En ese mismo
siglo, en 1991, y en Sarajevo, el secretario general de la ONU, Kofi
Annan, sostenía en sus manos al recién nacido que simbólicamente
hacía el número 6 000 millones de habitantes. En menos de un siglo,
la población mundial se incrementó en casi 5 000 millones de seres
humanos.
En solo una década, la población mundial se ha disparado hasta 7
000 millones de habitantes. Con sus consecuencias de hambre,
enfermedad, desnutrición, deterioro del medioambiente, agotamiento
de los bienes naturales, desertización, erosiones irreparables. Y
una sensación, cada vez más incontrolable, de desesperanza y de una
razón para un vivir que tenga el menor sentido. No sin causa, el
número de suicidios no hace más que incrementarse de forma
galopante.
Ante esta bomba de destrucción masiva que es la explosión
demográfica no hay otro camino que la educación pública y gratuita.
Lo demuestra que, en todos los países miembros de la OCDE, en donde
las mujeres tienen el mismo acceso a la educación y a los puestos de
trabajo que los hombres, no existe explosión demográfica. Al
contrario, el más grave problema es el envejecimiento de la
población que, en menos de 20 años, será superior al número de
población activa. De cada cinco ciudadanos, solo cerca de dos
trabajarán.
La clave no está solo en distribuir más y mejor los alimentos
sino en crear un nuevo orden social más justo y solidario. Crear
condiciones de vida para comunidades capaces de vivir con dignidad.