La propiedad colectiva está en la lógica de las cosas

Francisco Umpiérrez Sánchez

Entre mis tareas como intelectual destaco la de recolectar ideas. Pero no las meto a todas en el mismo saco. Las clasifico por esferas de saber. Pero también las distingo por su envergadura y profundidad. Otras las distingo por su utilidad. Otras porque muestran lo más evidente e inmediato. Y otras por venir de determinadas personalidades de la cultura y del pensamiento.

Hay veces que las ideas que recolecto ya son conocidas, pero a lo mejor están dichas de tal modo y en tal contexto que mejoran la percepción que tengo del problema. Soy amante del arte de la repetición. Todas las actividades, tanto las teóricas como las prácticas, tienen en la repetición regular y sistemática uno de los grandes fundamentos de su eficacia y rendimiento. Mal intelectual es aquel que cree que una idea se sabe de una vez y para siempre. En primer lugar, porque nunca se conocen todos los aspectos que definen una idea ni tampoco las ideas con la que aquella está interconectada; y en segundo lugar, como el mundo no cesa de cambiar, las ideas necesitan de continua renovación.

Les citaré una idea que he recolectado del libro de John K. Galbraith titulado Introducción a la economía, editado por Biblioteca de Bolsillo en el 2001. En la página 105 Nicole Salinger pregunta: "¿Cree usted que el debate sobre las nacionalizaciones es excesivo en Francia?" Y esta fue la respuesta de Galbraith: "Puede ser, pero yo estoy abierto a cualquier discusión. Incluso si no aporta grandes cambios, la propiedad colectiva está en la lógica de las cosas. Nadie puede pretender que la gran empresa privada de hoy, ese Estado dentro del Estado, sea el último estadio de perfección. Pero puede suceder que me equivoque. Muchos siguen creyéndolo así...".

Primero hay que destacar que es un representante teórico del capitalismo quien hace estas afirmaciones. Y esto tiene un gran valor bajo el punto de vista de la táctica de la lucha política de la izquierda radical. Pero el sectario, y mientras la izquierda radical siga siendo pequeña el sectario predominará, solo ve que Galbraith es un capitalista y, por consiguiente, debe ser tratado como lo que es: un enemigo de clase. Pero al contrario del sectario, seamos abiertos y pensemos como espíritus libres. Es fundamental y de un valor político incalculable la afirmación de Galbraith de que la propiedad colectiva está en la lógica de las cosas. Destierra así la idea de que la propiedad colectiva es una obsesión y un sueño subjetivo de la izquierda radical. Galbraith fue un economista con un profundo y dilatado conocimiento de la economía capitalista; y si él afirma que la propiedad colectiva está en la lógica de las cosas, indica con ello el carácter objetivamente necesario de la propiedad colectiva.

Pero va más lejos aún en su crítica a los límites del capitalismo. En primer lugar, al afirmar que la gran empresa privada es un Estado dentro del Estado. No duda Galbraith en plantear el gran poder no solo económico sino también político que tiene la gran empresa privada. La llama Estado; y no está nada mal esta denominación. Ya que los liberales luchan con denuedo porque haya el menor Estado posible, ya que ven en las injerencias estatales uno de los mayores peligros contra las libertades individuales, deberían en consecuencia oponerse con el mismo denuedo a la existencia de las grandes empresas privadas, puesto que tal y como afirma Galbraith es un Estado dentro del Estado. Pero hay más: ya que los liberales no cesan de declamar que son unos grandes patriotas, deberían en consecuencia estar igualmente en contra de las grandes empresas privadas, puesto que son las que más minan la soberanía de los Estados nacionales.

Hay una última idea de Galbraith también muy interesante. Mira el capitalismo con perspectiva histórica, parece no considerarlo como un régimen eterno, sobre todo cuando dice que nadie puede pretender que la gran empresa privada de hoy sea el último estadio de perfección. Admite así la necesidad de que la sociedad tiene que seguir avanzando. Y en principio da a entender que ese estadio más avanzado puede ser la propiedad colectiva. No obstante, unos párrafos más adelante dice que las empresas públicas no deberían sacrificar su rentabilidad para salvaguardar el nivel de empleo. Y esto tiene todo su sentido. En el periodo de transición que nos lleve del capitalismo al socialismo debemos luchar por una empresa pública rentable. Si no lo hiciéramos así, le estaríamos dando la oportunidad a los neoliberales para justificar y fundamentar la necesidad de la privatización de las empresas públicas. No debemos olvidar que durante el largo y complicado proceso de transición del capitalismo al socialismo la riqueza se tendrá que seguir produciendo como mercancía y la ley del valor debe ser respetada. Y si respetamos la ley del valor, debemos respetar todas sus manifestaciones, incluidas la necesidad de que las empresas públicas sean rentables.

La falta de sentido táctico que tanto ha dominado y domina el pensamiento de la izquierda radical debe ser superada. Marx nos demostró cómo en la esfera de la economía el capitalismo creaba los gérmenes del socialismo, pero nosotros debemos ver cómo en plano de la ideología este hecho también se produce. Del propio seno de la ideología burguesa, como ocurre por medio de uno de sus más insignes representantes teóricos, hablamos de John Galbraith, surgen ideas socialistas. Y las vuelvo a enumerar: una, la propiedad colectiva está en la lógica de las cosas; dos, la gran empresa privada es un Estado dentro del Estado; y tres, nadie puede pretender que la gran empresa privada de hoy sea el último estadio de perfección.

Espero que los miembros más insignes de la izquierda radical tengan oídos para estas palabras de Galbraith. Representan un anuncio de los límites del capitalismo oligopolista y la necesidad de su superación. (Tomado de Rebelión)

 

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