CIEGO
DE ÁVILA.— Pocos esperaban una victoria tan contundente de Ciego de
Ávila sobre Industriales en el play off de la recién concluida Serie
Nacional de Béisbol. Aunque de ese triunfo sí estaban seguros los
jugadores de los Tigres y Roger Machado, el mentor que siempre dijo
que este año iba a ser diferente.
Es cierto que el terreno dice la última palabra, pero la historia
pesa y cuando los Tigres iniciaron el play off frente a los azules
no pocos pensaron en el embrujo de que siempre perdían el bueno.
No era descabellado presagiar que las dos victorias en el estadio
Latinoamericano podría ser solo un amago; pero no, fue el zarpazo
del cual los leones jamás pudieron recuperarse, a pesar de que
algunos piensen que otra hubiera sido la historia si el receptor
Lisbán Correa no comete los dos passed balls que sepultaron
la esperanza azul en el primer juego.
Tampoco debemos demeritar el triunfo (4-3) de los Leones en el
tercer partido, en el José Ramón Cepero, porque Yorelvis Charles
tiró ¿a quién? en el quinto episodio y permitió una anotación, o
porque Yoelvis Fiss envió la Mizuno 200 desviada y anotó Rudy Reyes
en un corrido suicida; o porque en la oncena entrada Rusney Castillo
lanzó perfecto al plato, Lisdey Díaz no retuvo la pelota y Juan
Carlos Torriente entró con la carrera decisiva. Todo es parte de la
magia dentro de un estadio.
Lo cierto es que estos Tigres crecieron. No son los mismos de
años atrás y se han convertido en un conjunto con madurez
competitiva que superó los traumas de otras temporadas.
Cuando aún los avileños no tenían tanta fuerza, el primer papel
de victimario correspondió a Camagüey (¿recuerdan el famoso juego
del 29 de marzo de 1998, que perdieron los avileños dos carreras a
tres?), después a Santiago de Cuba y Villa Clara, hasta que el 25 de
abril del 2006 Lázaro Santana puso punto y aparte a una cadena que
se extendió a nueve derrotas seguidas en play off.
Siempre hubo una explicación, un por qué ante el fracaso, desde
un fallido squeeze play que todavía recuerdo con
encono, hasta lo que muchos denominaron "El Síndrome Naranja", en
tanto en reiteradas ocasiones los villaclareños impedían el avance.
El maleficio mayor que superó esta generación, que resurgió justo
en el momento que más lo necesitaban sus seguidores, fue haber
vencido a Villa Clara en la pasada Serie de Oro, con un Vladimir
García inmenso, capaz de ganar un juego memorable, ¡tres! a Granma y
otro a Pinar del Río. Fue entonces que comenzaron a ser Tigres con
garras.
Y lo escribo, porque ahora es fácil decir otra cosa, pero previo
a aquella victoria una carrera por cero ante las huestes de Eduardo
Martín, hacía tres años y cuatro días que no le ganaban dos juegos
seguidos a los villaclareños.
Luego de pasar sobre ese "síndrome", los Tigres se descubrieron a
sí mismos y en lo adelante fueron un equipo de mayor abolengo,
diferente, más concentrado en el juego diario. Esa es la realidad y
por eso hoy acarician el trono.
Las victorias no son huérfanas y en los deportes colectivos casi
siempre dependen de varias figuras. Además de Vladimir, qué decir de
Yander Guevara; de Osmar Carrero y Lázaro Santana, que hicieron
recordar a sus padres; de Mayito Vega, el que jamás se rinde; de
Isaac Martínez, siempre peligroso madero en ristre; de Yorelvis, el
único con doble corona (también fue campeón nacional juvenil); de
Rusney Castillo, el pelotero silencioso de talento desbordado; de
Yoelvis Fiss, el que parecía que no, pero sí; de Bordón, quién entró
a la gloria sin proponérselo¼ En fin, todos, hasta los que dieron
aliento desde el banco.
A Roger Machado y su cuerpo de dirección esta vez casi todo les
salió bien, con la evaluación oportuna de los errores, el análisis
del contrario de turno, de los aciertos y desaciertos. Ningún otro
mentor avileño ha cumplido como él. Por eso ya es dueño del trono. Y
como el vencedor no da explicaciones¼ ganaron el campeonato que le
debían a sus seguidores y se debían ellos mismos.