De
cara a la promoción de las artes visuales, la Oncena Bienal de La
Habana —todavía hasta la primera decena de junio se pueden recorrer
las exposiciones— funciona como una carretera de doble vía. Una,
desde luego, transita hacia el conocimiento y reconocimiento de las
tendencias más dinámicas de la creación actual, con énfasis en las
prácticas imaginarias del arte contemporáneo, y otra apunta hacia la
validación de la producción nacional en el contexto internacional.
Esta última función es una de las razones del programa colateral.
Y es la motivación principal que animó al Fondo Cubano de Bienes
Culturales (FCBC), mediante su galería Collage Habana, a organizar
una acción de tan notables implicaciones como lo es AB et C,
visible en el Hotel Nacional de Cuba.
El equipo de curadores, encabezado por María Milián, explica en
la presentación, que eligieron "un camino y una concepción que reúne
a un considerable grupo de los más reconocidos y básicos artífices
de la plástica en el país, para establecer una propuesta destinada a
los fines de conocimiento y adquisición de coleccionistas,
galeristas, dealers y asesores de arte que asistan a ponerse
en contacto con esa gran amalgama de expresiones interraciales y
autóctonas integradas a la Oncena Bienal de La Habana".
No debe olvidarse que para ello el primer respaldo proviene de la
aceptación de las poéticas mostradas por parte del público y la
crítica nacionales, los cuales, ante el despliegue de una exposición
colectiva como esta, coinciden en apreciar y valorar la existencia
de una vanguardia plural y multigeneracional consolidada, cuyos
integrantes, en su inmensa mayoría, se formaron en el sistema de
enseñanza artística surgido después del 59.
No es toda la vanguardia, ni mucho menos un resumen de la
abarcadora y poliédrica actualidad de la creación visual en Cuba.
Veinticinco artistas dan la medida de la selección. Pero sí un
barómetro que mide las intensidades y gradaciones de recorridos
creacionales consistentes a lo largo del tiempo y vitales en su
actualidad.
El más veterano es el maestro Adigio Benítez (1924), que exhibe
un lienzo pletórico de frescura. Y luego, en sucesivas variaciones
de expresiones particulares, se despliega todo el potencial de
artistas a los que el apelativo de maestros les calza el estilo y la
obra, pues como se sabe, basta un golpe de ojo para advertir a
Mendive, Zaida, Nelson, Flora, Ever, Frómeta (en su vertiente
sígnico-abstracta), Eduardo Rubén, Abelita, García Peña, Aisar,
Lescay, López Oliva, Montoto, Moreira, Pedro Pablo, Cosme, Ángel
Ramírez, Choco, Bonachea, Rubén Rodríguez y Sosabravo.
Dejo tres nombres aparte porque lo que exhiben puede tomarse como
puntos de inflexión ascendentes en sus poéticas. Lesbia Vent Dumois,
siguiendo la línea inédita que nos descubriera en su muestra
personal Puntadas para el amor, relanza unos versos de amor
de Rubén Martínez Villena en un formato para nada convencional de
finísima elaboración y sentido lírico. Alicia Leal se redescubre en
la fotografía, arte que le es afín, con ingenio y sabiduría
minimal. Mientras Joel Jover, valiéndose de su experiencia
acumulada y sólido acervo intelectual, nos regala con Mujer con
turbante rojo, un ejercicio de concentradas formas y excelente
dibujo que recuerda que la pintura no tiene por qué ceder en
jerarquía ante la eclosión experimental de estos tiempos.
AB et C resulta, por tanto, un abanico de certezas. Se palpa
la vibración de expresiones artísticas que van desde puertos seguros
a nuevos destinos.
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Mujer de turbante rojo, de Joel Jover.
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La puerta, de Cosme Proenza. |
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Mambrú se fue a la guerra,
fotografía de Alicia Leal. |
Exaedro rosa, de Lesbia Vent Dumois. |