JOHANNESBURGO.— Salvo contadas y esporádicas excepciones, en Cuba
poco se conoce del formidable movimiento artístico africano
contemporáneo, inquietante paradoja si se tienen en cuenta los
fluidos vasos comunicantes identitarios entre las culturas de
nuestros pueblos.
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Salif Keita, de Mali. |
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Yvonne Chaka Chaka, de Sudáfrica.
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Al asistir a los eventos musicales que acompañaron la realización
en esta ciudad de la Primera Cumbre Global de la Diáspora Africana,
recordé algunos episodios aislados que demuestran la cercanía de la
sensibilidad cubana ante visibles demostraciones de las jerarquías
artísticas de este continente.
Miriam Makeba, la gran diva de la canción sudafricana nos sedujo
con su Pata pata; en tiempos de nuestra solidaridad combativa
con el pueblo angolano algunas canciones de aquel país se hicieron
populares en la Isla; y en fecha más reciente la conjunción de
Eliades Ochoa con músicos de Mali y el Congo le dio la vuelta al
mundo, como en décadas pasadas sucedió, en menor escala, con la
Orquesta Aragón al colaborar con Papá Wemba y otros cantores.
En los últimos años, el Premio Internacional Cubadisco ha
distinguido fonogramas de importantes exponentes de la canción
africana; y no falta devoción hacia una figura extraordinaria como
lo fue la caboverdiana Cesaria Évora.
Con quijotesco empeño, Guille Vilar sostiene la presencia de
músicos africanos en las emisiones de su programa de televisión
Música del mundo.
Algo se debe haber escapado en el recuerdo, pero no mucho más.
Todo esto viene a cuento por la pregunta que nos hicimos cuando
en el teatro del Centro de Convenciones de Sandton fuimos arrollados
por el sonido de altísimos valores de la música de Sudáfrica y Mali:
¿Cuánto ganarían los melómanos cubanos si escucharan por la radio y
vieran por la TV, con la frecuencia debida, las magníficas entregas
de Yvonne Chaka Chaka, Hugh Masekela, Sibongile Khumalo y Salif
Keita?
De Chaka Chaka teníamos la referencia de su fugaz presencia en el
programa cultural del Mundial de Fútbol. La Makeba dijo de ella:
"¡Esta es mi niña!". Nació en Soweto y contaba 11 años de edad
cuando aconteció el levantamiento popular criminalmente reprimido
por las fuerzas policiales del apartheid. La combinación de una
fuerza rítmica avasalladora y un melodismo que rebasa los parámetros
usuales del pop sustentan su proyección musical. Le llaman la
Princesa de África y temas suyos como Umbongothi, I cry for
freedom y Motherland forman parte del imaginario cultural
de varios países de la región.
Posiblemente Hugh Ramapolo Masekela clasifique, a los 73 años de
edad, como el ícono jazzístico por excelencia del África
subsahariana. Trompetista, compositor y cantante maduró
artísticamente a partir de 1961, cuando se instaló en Estados
Unidos. Allí su canción Grazing in the grass se convirtió en
una de las más populares de la escena norteamericana de 1968. Su
fama se acrecentó al participar en la gira mundial de Paul Simon,
Graceland y el mundo hizo suya la apelación lanzada en 1987 cuando
mediante Bring him back home reclamó la libertad de Nelson
Mandela.
Cuando el público cubano tenga la oportunidad de oír a Sibongile
Khumalo, advertirá la espléndida madurez de una cantante todoterreno,
que va del blues y el scat a las tradiciones populares sudafricanas,
pasando por la ópera y la música clásica. Ella hizo la Carmen,
de Bizet y el gran Yehudi Menuhin la fichó en 1995 para el elenco de
solistas del Mesías, de Handel.
Cada concierto y álbum de Salif Keita es un acontecimiento en
África y Europa. Nació en Mali en una familia de la nobleza local,
pero tuvo que luchar contra el estigma que rodea a los albinos, a
quienes creen portadores de mal agüero. Su talento lo salvó. Al
fusionar las tradiciones de los griots (juglares) con el pop/rock
occidental lo hizo con suma originalidad. Y se levantó como un mito
a partir de que Joe Zawinul lo llevara al seno de Weather Report en
1989.
Estas y otras muchísimas joyas del firmamento musical africano no
deben permanecer ajenas al gusto musical cubano. Va siendo hora.