Una vez abierta la frontera, el movimiento de personas y tráfico
de automóviles y camiones de carga se vuelve intenso en ambas
direcciones. La zona es rica en el comercio de todo tipo de
productos. Durante lunes y viernes se convierte, además, en un
enorme mercado binacional.
Sin embargo, la corta distancia entre las naciones hace que
muchos crucen de manera clandestina las aguas del Masacre. A pie o
en canoa, según el caudal, también se intercambia la mercancía. Casi
200 años después de la descripción de José Martí en su diario de
Montecristi a Cabo Haitiano, la situación en la línea divisoria es
la misma: "el contrabando viene a ser amado y defendido, como la
verdadera justicia".
El río, de 55 kilómetros de longitud, abastece las necesidades
domésticas de miles de personas en Dajabón, comunidad dominicana, y
Ouanaminthe (Juana Méndez en español) de Haití. Su nombre hace
alusión a la matanza de haitianos ordenada en 1937 por Rafael
Leónidas Trujillo.
Importante fuente de alimentación para los sistemas de riego, el
Masacre —aunque cueste acotarlo—, es actualmente un territorio de
desperdicios y escombros.
Prácticas poco devotas con el medio ambiente como la tala masiva
de árboles y la extracción de arena del lecho han disminuido
igualmente el cauce. De la parte haitiana tampoco hay plantas, ni
flores, ni arbustos. El paisaje vive cara a cara con la tierra
desnuda y la corriente del agua.
La aglomeración en la frontera de Ouanaminthe atrae a vendedores,
ancianos y niños. Los primeros ofertan, los otros demandan. Pequeños
descalzos, con enormes camisetas sucias y tinas en la cabeza
extienden la mano de la miseria. En español o en creole, sin ninguna
timidez, reclaman la merced de la caridad. Allí, la vida es un
intento continuo por encontrar ese equilibrio tan inconsistente y
quebradizo entre supervivencia y destrucción.
En cambio, del otro lado del puente, a pocos minutos, todo es
distinto ¡Extraño contraste entre dos países tan unidos
geográficamente! Nadie reclama ni oferta. Aunque la distancia es
corta, las diferencias de sus calles, su vegetación, su
idiosincrasia y su gente son —incluso—, mucho más extensas que el
río que los divide.