El asesinato, en febrero pasado, de Trayvon Martin reavivó los
debates sobre el tema. En el 2011, los policías en Nueva York
detuvieron y revisaron a más de 684 mil personas; de estas el 85 %
eran negros o latinos. Según datos del FBI a los que BBC tuvo
acceso, cuatro de cada diez víctimas de asesinato lo fueron por
violencia racista; de 3 949 víctimas por delito de odio a una raza,
el 70 % murió a manos de delincuentes con sesgo antinegro.
El odio racial en Estados Unidos nació con el sistema esclavista
que prevaleció hasta la Guerra de Secesión. Según Howard Zinn en su
libro La otra historia de los Estados Unidos, es una falsedad
histórica decir que la Proclama de Emancipación de 1863 liberó a los
esclavos.
Después de la guerra, los que se quedaron en el sur siguieron
siendo oprimidos, pero con el nombre eufemista de obreros agrícolas,
y los negros "libres" del norte continuaron viviendo en la miseria.
Como los estados no podían eliminar los derechos de los negros,
que son garantizados en la constitución, se usó en su reemplazo la
"segregación", que fue legal por muchos años bajo la idea de
Separated but Equal (Separados pero Iguales). La idea era
que mientras las oportunidades otorgadas fueran iguales para ambas
razas, esto era legal. Pero las oportunidades nunca han sido para
todos.
El Código Negro de Mississippi condenaba a cadena perpetua al que
se casara o uniera en matrimonio libre con una persona de otra raza
hasta la tercera generación de mestizaje. El esclavo "liberado" no
podía tomar alcohol ni decir malas palabras ni insultar a nadie. El
color de la piel de las personas determinaba el lugar que debían
ocupar en un autobús, e incluso el sitio donde cada quien debía
miccionar. Los negros tuvieron derecho al voto después de 1965.
Un caso dramático fue el de la cantante negra Bessie Smith,
víctima de un accidente automovilístico. La ambulancia que la
trasladó había recorrido todos los hospitales de Mississippi en
busca de transfusión de sangre. En ninguno la dejaron entrar: eran
hospitales para blancos. Bessie Smith se desangró en la camilla.
Cuando el luchador por los derechos civiles de los negros Martin
Luther King fue asesinado, el entonces director del FBI, Edgar
Hoover, lo calificó sin tapujos como "el negro más peligroso en
América".
Las diferencias entre blancos y negros se ven claramente si
revisamos las tasas de pobreza, desempleo, encarcelamiento o
segregación en las escuelas.
Así, los estudiantes negros en Estados Unidos tienen tres veces
más probabilidades que los blancos de ser suspendidos o expulsados
de centros educacionales, y 14 de cada 20 alumnos arrestados son "afroamericanos",
según un informe del Departamento de Educación.
A estas alturas, nadie duda que si el huracán Katrina se hubiese
dirigido contra Houston y no Nueva Orleáns, todas las medidas de
emergencia habrían sido tomadas, y luego las compañías de seguros no
se habrían negado a indemnizar a los propietarios que perdieron sus
casas.
Ahora bien, ¿sería posible superar el racismo en Estados Unidos
sin romper con la ideología de potencia mundial? Grupos extremistas
como el Ku Klux Klan no han surgido de la nada. La ideología racista
nació orgánicamente vinculada a los sentimientos de superioridad de
ese país y, por lo tanto, a sus aspiraciones imperiales. Vencer el
odio racial requeriría, además de medidas específicas para eliminar
las desigualdades, de una profunda revolución cultural.